Darwin tenía razón...El descubrimiento del código genético y su significación

CUADERNOS DE ÉTICA, Vol. 24, Nº 37, 2009

 

 

Cognitivismo moral vs. realismo moral.

Un análisis crítico

desde el punto de vista de la ética del discurso *

 

Santiago N. Prono **

 

0. Introducción.

El presente artículo pretende tomar parte del debate en torno a la cuestión del realismo moral en el contexto de la ética del discurso. Se trata de una discusión originada por C. Lafont y a la que se han sumado voces a favor y en contra de considerar a esta teoría ética desde este punto de vista como condición necesaria para sostener coherentemente su esencial carácter cognitivo. Esta es la postura asumida por la filósofa española, que en los últimos años viene planteado uno de los cuestionamientos críticos más significativos a la concepción habermasiana de la ética del discurso debido a su interpretación de la misma en términos cognitivistas, rechazando todo posible acercamiento al realismo moral[1][2]. Si bien este tema ha sido recientemente analizado por algunos comentaristas[3], en tales observaciones, sean estas a favor o en contra de la conexión en cuestión, aún no se ha tematizado adecuadamente el problema porque ellas parecen pasar por alto uno de los aspectos constitutivos fundamentales sobre los que se asienta esta teoría ética desde un punto de vista conceptual, y que estriba en su carácter procedimental de fundamentación de la corrección de las normas morales como el ámbito adecuado para toda posible constitución de sentido y racionalidad, y que no depende de la correspondencia con ningún tipo de hecho o entidad.

En este sentido, este artículo examina la objeción de Lafont a partir de los presupuestos filosóficos sobre los que se apoya la ética del discurso, intentando mostrar que no hay contradicción en la propuesta de Habermas, consistente en subrayar la dimensión cognitiva de la ética del discurso pero rechazando toda connotación realista de la moral.

A fin de cumplir con el mencionado objetivo, el trabajo comienza con una presentación general de la ética del discurso de acuerdo con los planteos de Apel y de Habermas, y junto con una breve reseña de algunos de sus conceptos más importantes (1.). Luego se expone la objeción que la citada autora señala (2.), en confrontación con los presupuestos sobre los que se basa la ética del discurso. De este modo espero poder justificar por qué debemos considerar el cognitivismo moral de esta teoría ética desde un punto de vista excluyente respecto del realismo moral (3.). Las consideraciones finales (4.) sólo explicitan los resultados alcanzados en base a los argumentos expuestos.

 

 

1. Ética del discurso. Una introducción.

La ética del discurso como propuesta teórica de fundamentación racional de las normas morales tiene su origen, fundamentalmente, en los trabajos de los filósofos alemanes K.-O. Apel y J. Habermas en la pasada década de 1970. Básicamente se tata de una teoría que adopta una perspectiva de fundamentación procedimental e intersubjetiva para la justificación de la validez de las normas morales, y que incorpora desde sus propios presupuestos filosóficos las implicancias conceptuales del giro lingüístico, pragmático y hermenéutico de la filosofía contemporánea[4]. Sobre esta base la ética discursiva plantea la necesidad de recurrir al punto de vista de la intersubjetividad comunicativa como condición de posibilidad de la constitución válida de sentido, porque representa el marco en el cual es posible justificar toda pretensión de validez para intentar superar los conflictos mediante la interacción social orientada a la obtención de consensos. En efecto, la justificación del juicio y la fundamentación de los principios normativos resultan de procedimientos que no pueden basarse en la subjetividad o en el carácter monológico y solipsista que la misma implica, sino que se constituye intersubjetivamente a través del discurso argumentativo en el marco del cual puedan exponerse y discutirse las razones que los interlocutores involucrados expongan públicamente a la consideración crítica de los demás[5]. En este punto se explicita el concepto de discurso práctico, que debe entenderse en el sentido de una forma de diálogo en la que se cuestionan pretensiones de validez, y en la que sólo se emplean argumentos y contraargumentos racionales[6].

En su versión apeliana, esta teoría ética tiene como punto de partida el análisis reconstructivo de la pragmática trascendental del lenguaje. Sobre esta base propuso Apel lo que hace ya tiempo denominó como “fundamentación última” (Letzbegründung), aludiendo a los presupuestos que no pueden ser cuestionados sin autocontradicción performativa, ni fundamentarse deductivamente sin comisión de petitio principii. Este tipo de contradicción se entiende si se toma en cuenta la dimensión pragmática del lenguaje. Semejante contradicción, a diferencia de una contradicción semántica entre dos proposiciones (en la cual el predicado de una niega lo que afirma el de la otra), se comete con una sola proposición, pero en la cual se niega precisamente lo que está implícitamente afirmado en el acto comunicativo por el cual dicha proposición se expresa, o bien se afirma lo que en tal acto se niega. Se trata, pues, de una contradicción que consiste en el hecho de apelar a aquello que se pretende criticar para poder formular el tipo de objeción que se quiere plantear. Lo así fundamentado, en este caso es el discurso argumentativo, resulta irrebasable (nichthintergebahr), pero no porque sus pretensiones de validez provengan dogmáticamente de una autoridad absoluta, o porque se sustraigan a la crítica, sino porque sólo podrían objetarse por medio de la argumentación, pero resulta que toda argumentación lo presupone[7]. En este punto Apel sitúa su programa de transformación semiótica de la filosofía trascendental que comporta un nuevo paradigma de filosofía primera (en el sentido de la indagación filosófica radical sobre el fundamento), y que estriba en la reflexión estricta sobre los presupuestos ya siempre asumidos en el acto de argumentar como su condición de posibilidad. De este modo la pragmática trascendental pretende descubrir y explicitar ciertos universales pragmáticos que son constitutivos de todo entendimiento intersubjetivo como condiciones trascendentales de toda validez racional de los enunciados filosóficos, o de las ciencias, y también de aquellos de carácter normativo pertenecientes a otros ámbitos, como la moral, el derecho o la política[8].

El punto de partida de esta teoría ética, tanto en su versión apeliana como habermasiana, lo constituye entonces el análisis reconstructivo de las condiciones de posibilidad de la argumentación que implica una reflexión pragmático-trascendental (Apel), o pragmático-universal (Habermas), que se propone reconstruir los presupuestos que resultan inherentes al uso que los hablantes hacen del lenguaje, y que son condición de posibilidad (Bedingung der Möglichkeit) del planteo de argumentos con sentido y de los que necesariamente nos valemos para la elevar pretensiones de validez[9]. Tales pretensiones, que resultan inherentes al planteo de todo argumento (cuál tiene primacía es algo que depende del tema de que se trate), tienen que ver con la inteligibilidad, por la cual el hablante se esfuerza en expresarse de modo tal que sus interlocutores puedan comprender lo que él quiere expresar, la veracidad, con la que pretende resultar creíble, en el sentido de que sus afirmaciones se corresponden realmente con lo que piensa y quiere dar a entender, la verdad, que expresa un hecho que se corresponde con un estado de cosas en el mundo, y la rectitud normativa, por la cual el hablante en cuestión se compromete a respetar y reconocer los criterios normativos, por todos aceptados, que regulan y posibilitan la interacción comunicativa mediante discursos argumentativos. A su vez, estas pretensiones sólo pueden elevarse en el medio que representa el discurso argumentativo si son satisfechas ciertas condiciones que lo posibilitan, las cuales en general estriban en el respeto recíproco y reglas de simetría que presuponen la inclusión plena de todos los afectados, el reparto igualitario de derechos y deberes de la argumentación, la actitud orientada al entendimiento de los participantes, y que la situación comunicativa esté libre de toda coacción[10].

Este enfoque reconstructivo de la ética del discurso evidencia el carácter intersubjetivo y comunicativo de, la racionalidad, y por lo tanto de toda posible justificación de normas. En este sentido se explicita el nivel postmetafísico de fundamentación que señala Habermas, que implica el reconocimiento de que en el ámbito de las diferentes formas culturales de vida ya no se sostiene ninguna concepción omnicomprensiva del bien que todos los miembros compartan, y que da lugar a un impulso renovado de reflexión que suscribe la necesidad de adoptar un enfoque procedimental de entendimiento intersubjetivo. En este sentido afirma el filósofo que “la propuesta comunicativa para la deliberación y la fundamentación de enunciados en disputa se adapta a esta idea depurada, postradicional [de fundamentación imparcial de normas], y que después del derrumbe de las éticas y de las imágenes del mundo omnicomprensivas que en parte se debe a la desvalorización del basamento religioso de validez de la moral, sólo puede articularse ya formalmente como la imparcialidad de la formación de la opinión y la voluntad de una comunidad inclusiva de justificación”[11]. En esta situación la filosofía moral está obligada a un nivel de fundamentación postmetafísico, lo cual significa que debe justificar el sentido de validez cognitivo de los juicios morales prescindiendo del punto de vista de Dios, que sería el único recurso para juzgar la exactitud de la correspondencia entre el pensamiento y la realidad en sí. Este antiguo recurso ya no está disponible, o no es suficiente para la justificación de pretensiones de validez universal, y es preciso atenerse a las consecuencias asumiendo un procedimiento intersubjetivo y deliberativo de confrontación de argumentos movilizados por una racionalidad consenso-comunicativa.[12]

Este, podemos decir, y a grandes rasgos porque luego volveremos sobre él, es el trasfondo filosófico que presupone esta idea postradicional de fundamentación, equiparable en este punto a la transformación semiótica de la filosofía primera que propone Apel. En ambos casos, como señalamos, se subraya el punto de vista discursivo y procedimental como instancia necesaria para toda posible justificación de normas. Por esta razón es posible atribuir una perspectiva cognitivista al punto de vista de la moral que concibe la ética del discurso, y ello por sobre toda connotación ontológico-realista que al respecto pretenda plantearse, como propone Lafont. De esto nos ocupamos a continuación.

 

 

2. Ética del discurso y realismo moral. La perspectiva crítica de C. Lafont.

La ética del discurso, casi desde su mismo origen, viene siendo cuestionada desde diversos enfoques teóricos[13]. Ahora bien, en esta ocasión no pretendo abordar el problema de qué respuestas pueden brindarse a las objeciones externas[14]. Lo que quisiera es analizar una lectura crítica de la ética del discurso que se plantea, si se quiere, desde una perspectiva interna a este enfoque teórico y que, al parecer, no tiene en cuenta adecuadamente algunas de las tesis básicas de la teoría, ni tampoco los presupuestos conceptuales respecto de la racionalidad sobre los que esta se basa. Se trata de la interpretación que propone C. Lafont del enfoque habermasiano de la ética del discurso que subraya el punto de vista cognitivista prescindiendo de la perspectiva del realismo moral, y que por este motivo ella encuentra problemático.

Como sabemos, en los últimos años esta filósofa ha iniciado un debate con J. Habermas en torno a su modo de concebir la ética del discurso, y del que han tomado parte algunos autores que desde entonces vienen analizando el tema del lugar que, si acaso, cabe asignarle al realismo moral en el contexto de esta teoría ética[15].

En su libro Verdad y justificación Habermas ha introducido un cambio de perspectiva respecto de los fundamentos epistemológicos de la ética del discurso. Mientras que antes no planteaba una clara diferenciación entre realismo y cognitivismo moral[16], a partir de esta obra introdujo un cambio en su postura al adoptar una posición cognitivista de la ética del discurso que explícitamente rechaza toda pretensión de realismo moral[17]. Como adelantamos, este cambio de perspectiva no es aceptado por Lafont, para quien sólo una interpretación realista de la ética del discurso permite fundamentar su pretensión cognitiva. A su entender, esto permitiría determinar la naturaleza exacta de la conexión interna entre condiciones discursivas y corrección moral; de otro modo, sostiene la autora, se destruye el núcleo mismo de la ética del discurso, que estriba precisamente en el cognitivismo moral. Para justificar esta tesis que viene sosteniendo en algunos de sus trabajos sobre la ética del discurso desde fines de la década del ’90, Lafont presenta los siguientes argumentos.

En opinión de la filósofa, la justificación de las normas depende de ciertas propiedades que trascienden nuestras justificaciones y que en cierto sentido las posibilitan. Se trata de ciertos intereses comunes de todos los afectados que, en la medida en que sean satisfechos, permiten que una norma sea considerada como una “norma justa”. De este modo tales intereses son anteriores a los procedimientos discursivos, y además permitirían conectar la razón teórica con la razón práctica:

 

“Nuestro conocimiento relativo a la verdad de los enunciados depende de la existencia de los estados de cosas afirmados en el mundo objetivo. Dependiendo de lo que sea el caso, un enunciado sólo pude ser verdadero o falso. De modo similar, nuestro conocimiento acerca de la corrección moral de las normas depende de la existencia de intereses comunes entre todos los individuos pertenecientes al mundo social. [Por esto,] En virtud de lo que resulten ser lo intereses generalizables entre todos los seres humanos, una norma sólo puede ser justa o injusta[18].

 

Esta interpretación realista de la moral que la ética del discurso debería admitir, la lleva a Lafont a sostener que si las cuestiones morales son realmente cognitivas, “sólo debe admitirse ‘una única respuesta correcta’, exactamente como se supone que es el caso para las cuestiones acerca de la verdad”, y dado que, afirma, la corrección moral de las normas no es función exclusiva de nuestras creencias y actitudes, es necesario adoptar una estrategia realista como condición previa para poder dar cuenta de la corrección de las normas morales, a las cuales les atribuye además un carácter fijo, en el sentido de que no admiten cambios en el tiempo”. Aquí ya se evidencia que para esta autora el rechazo del realismo moral implica adoptar una postura relativista, puesto que todo intento de pretender justificar tal clase de corrección dependería de nuestras subjetivas creencias al respecto, que por supuesto anularía esta pretensión.

En opinión de esta autora, el realismo moral que la ética del discurso debería reconocer determina la corrección de las normas morales y depende de una instancia extradiscursiva: “sólo si hay algo que conocer acerca de las cuestiones morales tendría sentido preguntar por el modo más racional de descubrir la respuesta correcta a dichas cuestiones”[19].

La necesidad de adoptar una posición realista en la ética del discurso como fundamento de la pretensión de corrección de su procedimiento de fundamentación racional, también se evidencia en algunos de los estritos posteriores de esta autora. En tal sentido, y para sostener esta interpretación Lafont ha argumentado que la validez de lo fundamentado mediante un procedimiento discursivo depende de la satisfacción, por parte del procedimiento en cuestión, respecto de los intereses comunes que lo motivan, y no del procedimiento mismo solamente ya que siempre puede cuestionarse el resultado consensuado de un discurso práctico; esto implica, nuevamente, que la corrección moral trasciende la justificación[20]. Este es también el argumento de algunos comentaristas que últimamente han publicado trabajos apoyando, en contra de Habermas, la tesis del realismo moral en la ética del discurso que propone la filósofa española. En este sentido se afirma en un artículo reciente que “en la medida en que [Habermas] no admite un criterio independiente al procedimiento discursivo frente a conflictos normativos, su propuesta parece colapsar la distinción entre los acuerdos concretos, la aceptabilidad racional, y la justicia”. La idea aquí es que si no asume un punto de vista realista, “la ética del discurso tendrá obvias consecuencias relativistas o decisionistas”[21].

En otro de sus trabajos publicados sobre este tema Lafont también ha sostenido esta pretensión de ligar la ética del discurso al realismo moral como condición necesaria para fundamentar su procedimiento de justificación. En efecto, en un artículo en el que pretende conciliar el realismo moral con el constructivismo kantiano la autora retoma su discusión con Habermas (aunque en un breve pasaje) refiriendo nuevamente a la cuestión de los intereses generalizables como criterio para señalar el realismo inherente a la ética del discurso. De acuerdo con esto da cuenta de la definición del principio de universalización que señala el filósofo, y sostiene respecto de tal clase de intereses que “parece obvio que ellos difícilmente podrían ser resultado de discursos morales, si no existieran en absoluto”[22]. A partir de esta lectura no procedimental del principio habermasiano en cuestión, Lafont entiende la corrección normativa de un modo que precede a la justificación argumentativa, pues una norma correcta lo es si está en interés de todos[23].

Ahora bien, en mi opinión los argumentos que esta autora expone pueden ser sometidos a ciertos cuestionamientos críticos, ya que no parecen comprender con exactitud algunos de los aspectos distintivos básicos que se expresan en los presupuestos conceptuales sobre los cuales se poya la ética del discurso, tanto en su versión apeliana como habermasiana.

A fin de poder justificar este enunciado procedo a continuación a analizar estos pasajes citados teniendo en cuenta los presupuestos procedimentales y reconstructivos de la ética del discurso antes señalados, y que dan cuenta del punto de vista cognitivo (no realista) por el que se caracteriza esta teoría ética.

 

 

3. Ética del discurso y cognitivismo moral

Si las entiendo bien, las objeciones de Lafont a la concepción habermasiana del cognitivismo con el cual este concibe a la ética del discurso, presuponen que es necesario adoptar una perspectiva realista de la moral como respaldo al carácter racional de las normas (morales) para que sea posible dar cuenta de la validez normativa mediante el procedimiento intersubjetivo de deliberación. Sin embargo, esta presuposición revela una serie de malentendidos. Los siguientes son los argumentos que propongo para justificar esta observación, orientados a ampliar la explicitación de los presupuestos filosóficos sobre los que se apoya la ética del discurso señalados al comienzo.

Lafont opina, con razón, que si sostenemos que la pretendida corrección de las normas morales es nada más que una consecuencia del ejercicio de nuestras particulares y subjetivas creencias y actitudes epistémicas, esto nos llevaría directamente a una posición decisionista, y por lo tanto también relativista. Así planteada la cuestión, afirma, se corre el riesgo de incurrir en el error de creer que las normas morales son válidas debido únicamente a que fueron acordadas de ese modo[24]. Si bien estoy de acuerdo con este rechazo al relativismo moral[25], el problema es que también esta es la razón por la cual esta autora sostiene que una estrategia adecuada, y necesaria, para hacer plausible el significado cognitivo de la ética del discurso, es realizar una lectura realista de esta teoría. Y se trata de un problema porque de este modo podemos vernos obligados a admitir una serie de cuestiones que no se condicen con las tesis básicas de esta teoría ética.

Vimos antes que en opinión de esta filósofa si las cuestiones morales son realmente cognitivas, entonces sólo debería admitirse “una única respuesta correcta”, tal como sucede en las cuestiones acerca de la verdad. Ahora bien, esto presupone la introducción de un principio de bivalencia (verdadero - falso) que remite a una explicación en términos referenciales, con lo cual habría que aceptar entonces la existencia de “hechos” morales. Dos son los problemas que a partir de aquí pueden señalarse.

1- Vimos antes que la perspectiva cognitivista de la ética del discurso se adapta a una idea postradicional de justificación, en el marco de la cual ya no puede admitirse que la corrección normativa de las normas morales dependa de la correspondencia del procedimiento deliberativo con algo ya dado de antemano, y cuya existencia deba presuponer. Al contrario, es en tal procedimiento en donde los involucrados, al confrontar sus razones y deliberar acerca de la corrección o no de las mismas sobre la base del reconocimiento de la “suave coacción” que representan las inevitables presuposiciones de la argumentación, pueden luego alcanzar un acuerdo acerca de la corrección en cuestión. No hay que perder de vista que un planteo básico de la ética del discurso es que la justificación de las normas necesariamente requiere del intercambio y confrontación crítica de argumentos que por supuesto implica un procedimiento intersubjetivo de deliberación. Y esta “búsqueda” cooperativa de la respuesta correcta al problema de que se trate implica, por definición, que nadie puede conocerla de antemano[26]. Es cierto que Lafont reconoce la necesidad de la deliberación para justificar normas, pero si bien esta se lleva a cabo en busca de un objetivo, que, vale aclarar, puede cambiar en el transcurso de la discusión, esto no significa que porque los interlocutores involucrados en el procedimiento en cierto sentido “conozcan lo que buscan”, pueda afirmarse que tal objetivo ya está determinado y constituido como tal. Por supuesto que los afectados por un problema específico pueden discutir con perfecta conciencia de lo que pretenden lograr, pero el cómo esto pueda conseguirse, la manera concreta que permita alcanzar tal objetivo, nunca puede ser anterior al procedimiento de discusión. De otro modo no se explica por qué embarcarse en un procedimiento deliberativo para alcanzar tal respuesta. Decir en este contexto que en cierto sentido ya “se conoce” lo que se busca no es presuponer algo ya dado[27]. Plantear una perspectiva realista implica un salto demasiado grande que no parece poder justificarse.

Lo importante entonces aquí es el procedimiento y las virtudes epistémicas que permite explotar, ya que es como resultado del mismo que se justifica, o no, la corrección de una norma. Por esta razón afirma Habermas que “sin un punto de referencia trascendente de justificación, las condiciones de validez se satisfacen en el discurso práctico, en donde las razones tienen la última palabra. Ahora bien, hay mejores o peores razones, nunca la ‘única razón correcta’”[28]. Si no se reconoce esto, como en el caso de la autora que estamos analizando, se puede incurrir en el error de atribuirles a las normas un carácter fijo, y rígido, que no admite cambios en el tiempo ni da lugar a valoraciones diferentes a partir de la hermenéutica de las situaciones de acción[29].

La reflexión ético-filosófica de la ética discursiva está orientada a la determinación del alcance y los límites de las pretensiones racionales de validez que mediante argumentos se eleven en el contexto de las formas de vida y de los valores morales existenciales diversos y divergentes. La justificación de la corrección moral de las normas no depende entonces de un “descubrimiento” que deba realizar el proceso deliberativo respecto de algo ya constituido, sino, y fundamentalmente, de la justificación que en el contexto del mismo establezcan interlocutores discursivos que confrontan críticamente sus diversos puntos de vista. Si la discusión, y por lo tanto la corrección moral de las normas, dependiese de la existencia previa y a nivel universal de tal clase de intereses de los individuos pertenecientes al mundo social, entonces el procedimiento de la ética del discurso para la justificación de tales normas ya estaría previamente determinado pues sólo debería corresponderse con ellos. En este sentido, y como ya ha señalado Habermas, esto sólo puede establecerse como consecuencia del procedimiento de deliberación y confrontación de argumentos racionales, “pues la explicación [, por ejemplo] de la justicia como igual consideración de los intereses de todos no se establece al comienzo, sino al final”[30]. La corrección de las normas morales proviene de una reflexión moral intersubjetiva que examina la legitimidad de la pretensión de validez de las mismas. Esto se determina mediante los discursos prácticos, cuyas “coacciones” ejercidas por sus inevitables presuposiciones exige de los interlocutores involucrados en la deliberación la confrontación crítica de argumentos como condición de posibilidad de toda justificación de pretensiones de validez.

 

2- El segundo tipo de problema que puede señalarse a partir de admitir “una única respuesta correcta”, y que introduciría tal principio de bivalencia para las cuestiones morales, tiene que ver con lo siguiente. En efecto, cabe señalar que asumir una perspectiva realista de la ética del discurso como la que se propone, que ya resulta problemática porque implica una consideración instrumental del lenguaje al concebirlo como medio para expresar intereses que se generarían individualmente en la subjetiva mente de los interlocutores y que implica un retorno al momento pre-giro lingüístico característico de la filosofía moderna, también implica una alteración de la estructura conceptual de la teoría. La razón es que una tal concepción del realismo afecta la autocompensión de los participantes en el proceso deliberativo, pues cuando un interlocutor discursivo participa de tal procedimiento, no pretende “descubrir” nada ya previamente constituido, sino que formula y analiza argumentos con el fin de establecer o constituir cooperativamente la corrección moral de una norma, por ejemplo. Pretender que el procedimiento de deliberación intersubjetiva se orienta a “descubrir” intereses universales presupone en los participantes la actitud de sujetos teóricos en donde la corrección de sus pretensiones depende de la correspondencia con un estado de cosas que por supuesto es independiente del proceso argumentativo[31]. Sin embargo, y como sabemos, tanto en la versión de Apel como en la de Habermas la ética del discurso se enmarca en el nuevo paradigma de la filosofía del lenguaje, que estriba en una ampliación del logos lingüístico y subraya la dimensión esencialmente comunicativa e intersubjetiva que resulta inherente al leguaje, pero también a toda constitución de sentido, y que precisamente se expresa en el procedimiento de fundamentación racional que esta teoría ética señala.

 

 

Ahora bien, veamos más de cerca el procedimiento de fundamentación de la ética del discurso a fin de clarificar estas presuposiciones que acabamos de señalar.

¿Qué quiere decir que una norma es moralmente correcta?, ¿cómo podemos conocer esto, es decir, predicar con fundamento las correspondientes pretensiones de validez que determinen de este modo a una norma en cuestión? El procedimiento discursivo, en este caso aplicado al ámbito de la moral, y que hace ya tiempo ha sido analizado con resultados interesantes también por autores anglosajones, como el caso B. Ackerman[32], no se presenta como una serie de comportamientos repetidos, acompañados de reacciones frente a desviaciones, ni como disposiciones de carácter subjetivo, sino como una actividad que consiste en ofrecer argumentos a favor o en contra de ciertas conductas o pretensiones que deben basarse en razones públicamente susceptibles de justificarse. Y aquí es donde Habermas diferencia la corrección normativa de la verdad: “a las pretensiones morales de validez les falta la característica referencia al mundo de las pretensiones de verdad. ‘Verdad’ es un concepto trascendente de justificación que […] en cierto sentido debe ser satisfecho por la realidad. Por el contrario, el concepto de ‘corrección’ trata sobre la aceptabilidad de justificación ideal. A la satisfacción de las condiciones de validez de los juicios morales y de las normas nosotros contribuimos con la construcción de relaciones interpersonales”[33]. En la medida en que Lafont presupone que existen ciertos intereses comunes que son universales y anteceden a los discursos en los que tales intereses se hacen valer, la autora parece concebir a la corrección normativa independientemente de las condiciones procedimentales de justificación intersubjetiva, ya que estas sólo serían un medio para “acomodar” o “coordinar” los intereses en juego, y no una condición esencialmente constitutiva de (y que da lugar a) la corrección normativa. Por el contrario a estas consideraciones, y como afirma Habermas, “el concepto de argumento es de por sí de naturaleza pragmática: qué sea una ‘buena razón’ es algo que sólo se muestra en el papel que esa razón ha desempeñado dentro de un juego argumentativo, es decir, en la aportación que conforme a las reglas de ese juego argumentativo esa razón ha hecho en orden a decidir si una pretensión de validez controvertida debe aceptarse o no”. Por esto mismo, “la cuestión de si determinadas normas y valores podrían alcanzar el asentimiento racionalmente motivado de todos los afectaros, es algo que sólo cabe enjuiciar desde una perspectiva intersubjetivamente ampliada de primera persona del plural que asuma en sí, sin coerciones y sin recortes, las perspectivas de la comprensión que de sí y del mundo tienen todos los participantes. Para tal asunción ideal de rol, practicada en común y generalizada, se ofrece la práctica de la argumentación”, que se distingue por la completa reversibilidad de todas las perspectivas puestas en juego en el procedimiento en cuestión deslimitando la intersubjetividad que constituye el colectivo deliberante[34]. Esto permite comprender la imposibilidad teórica de pretender restringir el dinamismo y fluidez que el discurso comporta, qua instancia ineludible para la constitución intersubjetiva de sentido, asignándole la función instrumental de explicitar intereses que lo trascienden para la justificación de pretensiones de validez.

Contrariamente a lo que sostiene Lafont, e invirtiendo el orden de prioridades que propone, no es que una norma está justificada si de hecho es moralmente correcta[35]. Como hemos venido sosteniendo, la justificación de una norma no refiere a un hecho previo al discurso con el cual este deba “corresponderse”, ni depende de presupuestos que quepa ontologizar, sino que la corrección moral en cuestión sólo puede determinarse, y por lo tanto constituirse como tal, como resultado de un proceso deliberativo en el que hayan tenido vigencia discursos prácticos, los cuales su vez permiten despejar toda duda y previenen del error de atribuir un rasgo desicionista y relativista a la ética del discurso por no adherir a los presupuestos del realismo moral (como es el caso de la autora que nos ocupa). La aceptabilidad racional que se establece por medio de tales discursos otorga una contribución constitutiva de la validez de las normas morales[36].

El rasgo cognitivista de la ética del discurso, que constituye su característica básica y esencialmente constitutiva, permite comprender el procedimiento de fundamentación racional que propone, y que no se deriva de otras presuposiciones, como por ejemplo de tipo realistas, porque entonces habría que justificarlas con un argumento. Esto se condice con el método postmetafísico de fundamentación racional en que se basa la ética del discurso, que es el de la confrontación crítica de discursos argumentativos en pos de lograr consensos racionalmente motivados. Claro que, a propósito de tales presupuestos, alguien (Lafont) todavía podría decir que “al afirmar esto ya estamos reconociendo implícitamente todo lo que se que necesita para justificar una estrategia realista”. Sin embargo, si reflexionamos estrictamente sobre lo que estamos haciendo al formular tal afirmación, en el sentido de reconstruir y hacer explícito el saber performativo del que nos valemos para ello, podemos reconocer que una tal estrategia sólo puede explicitarse con sentido y tomar forma en el medio que representa el discurso práctico, que se caracteriza fundamentalmente por su dimensión procedimental-cognitiva, no realista. A diferencia de lo que propone Lafont, el rechazo habermasiano del realismo moral no implica una caída en posturas relativistas de ningún tipo, destruyendo el núcleo conceptual sobre el que se sostiene la ética del discurso, sino que es coherente con el mismo.

 

4. Conclusiones.

La dimensión intersubjetiva de fundamentación racional de las normas morales que señala la ética del discurso no se basa, ni en la perspectiva del sujeto, ni en algún supuesto hecho con el cual deba corresponderse el procedimiento intersubjetivo de deliberación. Esto significa que esta teoría ética asume un carácter esencialmente procedimental que impide, hablar de una verdad objetiva única de las normas morales, y también atribuirles un carácter fijo de una vez y para siempre a la corrección de tales normas. La corrección normativa no viene dada de antemano, sino que se constituye intersubjetivamente en el medio que representa el procedimiento intersubjetivo de deliberación racional. En consecuencia, tampoco resulta plausible una equiparación estructural entre el discurso teórico y el discurso práctico como propone Lafont.

Lo que este tipo de crítica denota, pues, es una falta de comprensión del estatuto epistemológico de la ética del discurso, y que se clarifica a partir de reconstruir las presuposiciones asumidas por un interlocutor discursivo cuando hace uso del discurso práctico para la solución de un problema filosófico, como por ejemplo el de la corrección normativa, y que implica la propuesta y evaluación de argumentos racionales presentados en el contexto de un procedimiento intersubjetivo de resolución discursiva de pretensiones de validez[37]. Por esto, si lo que se pretende es dar una explicación acerca del sentido de aquellos enunciados morales que pueden ser considerados como razones para aceptar la validez de una norma moral, lo que se precisa es centrar la atención en el procedimiento mismo de fundamentación, y los correspondientes resultados a que ha dado lugar la confrontación crítica de los argumentos expuestos.

Por supuesto, el tema es complejo y admite la posibilidad de problematizar las tesis aquí planteadas, pero para probar la incorrección de las mismas, y esto es posible porque ellas no pretenden comportar verdades definitivas, se requiere del planteo y confrontación de argumentos que no extraen su legitimidad y validez de un hecho previo que ellos deban reflejar, sino del rendimiento que en el proceso deliberativo hayan tenido aportando las mejores razones.

 

 

 

Entregado 20-3-2009

Aceptado   18-5-2009

 

 

 

 

Resumen.

El objetivo central del presente artículo es intentar dar respuesta a la objeción que formula Cristina Lafont a la concepción habermasiana de la ética del discurso, consistente en subrayar el carácter cognitivista y anti-realista de esta teoría ética. La tesis a defender, contraria a la que sostiene la autora, es que el cognitivismo moral de la ética del discurso no necesita apoyarse en perspectivas realistas, porque de otro modo resultaría incompatible con los fundamentos filosóficos que respaldan su procedimiento de fundamentación, y que estriba en su método deliberativo e intersubjetivo de justificación racional.

Palabras clave: Ética del discurso, Fundamentación racional, Cognitivismo, Realismo.

 

 

Abstract.

The central aim of this paper is trying to answer the objection of Cristina Lafont to the Habermasian’s conception of this ethical theory, who stresses its cognitive and anti-realist character. The thesis to defend, contrary to what she argues, is that moral cognitivism of the discourse ethics do not need any kind of realistic assumption, because otherwise it would be incompatible with the philosophical assumptions that support the procedure of foundation (of the discourse ethics), which rests in its deliberative and intersubjective method of rational justification.

Key words: Discourse ethics, Rational justification, Cognitivism, Realism.

 

 

 



* Este artículo se enmarca en mi tesis doctoral que realizo con una beca del CONICET. Quiero agradecer especialmente al Dr. Julio De Zan por sus rigurosas observaciones que han contribuido a la versión final de este artículo

** CONICET - Universidad Nacional del Litoral, santiagoprono@hotmail.com

[1] Cfr. Lafont, C.; “Pluralism and Universalism in Discourse Ethics”, en A. Nascimento (ed.), A Matter of Discourse: Community and Communication in Contemporary Philosophies, London, Avebury, 1998, pp. 55–78; The Linguistic Turn in Hermeneutic Philosophy, Cambridge, (Mass.), MIT, Press, 1999; “Realismo y constructivismo en la ética moral kantiana: el ejemplo de la ética del discurso”, Isegoría, N° 27, 2002, pp. 105-129; “Procedural Justice? Implications of the Rawls-Habermas Debate for Discourse Ethics”; Philosophy and Social Criticism, 29, 2003, pp. 167–185; “Moral Objectivity and Reasonable Agreement: Can Realism Be Reconciled with Kantian Constructivism?”, en Ratio Juris, Vol. 17 No. 1 Marzo de 2004, pp. 27–51.

[2] López de Lizaga, J.; “Ética del discurso y realismo moral. El debate entre J. Habermas y C. Lafont”, en Logos. Anales del Seminario de Metafísica, vol. 4, 2008, pp. 65-85; Sahuí, A.; “Justicia y legitimidad en la ética discursiva. Los derechos fundamentales como intereses generalizables no excluyentes”, en Isonomía, Nº28, Abril 2008, pp. 136-148.

[3] Cfr. Apel, K.-O.; Transformation der Philosophie (Tomos I y II), Frankfurt, Suhrkamp, 1973; “Die Logosauszeichnung der menschlichen Sprache. Die philosophische Tragweite der Sprechakttheorie”, en Bosshardt, H. (ed.), Perspektiven auf Sprache. Interdisziplinäre Beiträge zum Gedanken an Hans Hörmann, Berlín-New York, W.de Gruyter, 1986, pp. 45-85; “Die Vernunftfunktion der kommunikativen Rationalität. Zum Verhältnis von konsensual-kommunikativer Rationalität, strategischer Rationalität und Systemrationalität”, en Apel, K.-O., Kettner, M. (eds.), Die eine Vernunft und die vielen Rationalitäten, Frankfurt, Suhrkamp, 1996, pp. 17-41, Auseinandersetzungen in Erprobung des transzendentalpragmatischen Ansatzes, Frankfurt, Suhrkamp, 1998; Habermas, J.; „Vorbereitende Bemerkungen zu einer Theorie der Kommunikativen Kompetenz“ en Habemas, J.; Luhmann, N.; Theorie der Gesellschaft oder Sozialtechnologie, Frankfurt, Suhrkamp, 1971; „Zur Logik des theoretischen und praktischen Diskurses“, en Manfred, R. (eds.), Rehabilitierung der praktischen Philosophie, Freiburg, Rombach, 1974; Böhler, D; Rekonstruktive Pragmatik, Von der Bewuβseinsphilosophie zur Kommunikationsreflextion: Neubegründung der praktischen Wissenschaften und Philosophie, Frankfurt, Suhrkamp, 1985, y “Transzendentalpragmatik und Diskursethik. Elemente und Perspektiven der apelschen Diskursphilosophie”, en Journal for General Philosophy of Science, Nº 34, 2003, pp. 221-249; Kuhlmann, W.; Sprachphilosophie. Hermenutik. Ethik. Studien zum Transzendentalpragmatik, Würzburg, Köninghausen & Neumann, 1992;; Damiani, A.; Handlungswissen. Eine transzendentale Erkennung nach der pragmatischen Wende, Freiburg/München, Verlag Karl Alber, 2009; De Zan, J.,  “Filosofía y pragmática del lenguaje”, en Apel, K.-O., Semiótica filosófica, Buenos Aires, Almagesto, 1994, pp. 15-45; Maliandi, R.; Semiótica filosófica y ética discursiva”, en Apel, K.-O., Semiótica filosófica (cit.), pp. 47-62; Michelini, D.; “La pragmática trascendental y el asedio posmoderno a la racionalidad”, en Apel, K.-O., Semiótica filosófica (cit.), pp. 63-87. Finalmente, y para un estudio reconstructivo de lo que, según los propios autores, podemos caracterizar como los fundamentos conceptuales de la ética del discurso, véase Apel, K.-O, Böhler, D., Kadelbach, G. (eds.), Funkkolleg Praktische Philosophie/Ethik: Dialoge, Tomos I, II, Frankfurt, Fischer, 1984.

[4] Cfr. Apel, K.-O., Transformation der Philosophie (I), cit., pp. 359 ss.; Habermas, J.; Theorie des kommunikativen Handelns (1981) (Band I), Frankfurt, Suhrkamp, 1997, pp. 37-38; Böhler, D; Rekonstruktive Pragmatik (cit.), pp. 304, 308.

[5] Habermas, G., Treffen Hegels Einwände gegen Kant auch auf die Diskursethik zu?” (1985), en Habermas, J., Philosophische Texte. Studienausgabe in fünf Bände, Frankfurt, Suhrkamp, 2009, Tomo 3: Diskursethik, pp. 118 ss.; Faktizität und Geltung, Frankfurt, Suhrkamp, 1992, pp. 138 ss.

[6] Cfr. Maliandi, R., “Conceptos y alcances de la ética del discurso en K.-O. Apel”, Tópicos, N° 10, 2002, p. 62; Apel, K.-O., Estudios éticos, Barcelona, Alfa, 1986, p. 205, y Semiótica Filosófica (cit.), pp. 161-2.

[7] Cfr. Apel, K.-O, Transformation der Philosophie (cit.). T. II, pp. 385-386, 391-392; Estudios filosóficos, N° 37, Valladolid, 1987, p. 286; y Semiótica trascendental y filosofía primera, Madrid, Síntesis, 2002, pp. 21-49 (el original, “Kann es in der Gegenwart ein postmetaphysisches Paradigma der Ersten Philosophie geben?”, está en Schnädelbach, H., Kell, G. (eds.), Philosophie der Gegenwart-Gegenwart der Philosophie, Hamburg, Junius Verlag, 1993, pp. 41-68).

[8] Cfr. Kuhlmann, W.; Sprachphilosophie. Hermenutik. Ethik. Studien zum Transzendentalpragmatik (cit.), p. 25; Böhler, D., “Transzendentalpragmatik und Diskursethik. Elemente und Perspektiven der apelschen Diskursphilosophie” (cit.), pp. 222-232.

[9] Para una exposición de este tema, cfr. Habermas, J.; „Was bedeutet ‚universalpragmatik’?“, en Apel, K.-O. (ed.), Sprachpragmatik und Philosophie, Franfurt, Suhrkamp, 1976, pp. 174-272.

[10] Cfr. Habermas, J.; Pensamiento postmetafísico, Madrid, Taurus, 1990, pp. 40 ss.

[11] Cfr. Habermas, J.; “Eine genealogische Betrachtung zum kognitiven Gehalt der Moral” (1996), en Habermas, J.; Philosophische Texte (cit.), pp. 312 ss., y „Zur Architektonik der Diskursdifferenzierung. Kleine Replik auf eine grosse Auseinandersetzung“ (2005), Ibid., pp 448-449.

[12] Cfr. Albert, H.; Transzendentale Träumieren, Hamburg, Hoffmann & Campe, 1975, Traktat über kritische Vernunft, Tübingen, J.C.B.Mohr, 1980, Die Wiessenschaft und die Fehlbarkeit der Vernunft, Tübingen, J.C.B.Mohr, 1982; Elster, J.; Sour Grapes. Studies in subversion of rationality, Cambridge, C Cambridge University Press, 1983, Wellmer, A.; Ethik und Dialog, Elemente des moralischen Urteils bei Kant und in der Diskursethik, Frankfurt, Suhrkamp, 1986. Recientemente este filósofo también ha formulado objeciones de este tipo a la ética del discurso, y a la idea de que haya una conexión entre racionalidad y moralidad, en una conferencia dictada en el Institut für Philosophie – Freie Universität Berlin el 21 de enero de 2009 con el título “Bald frei, bald unfrei. Reflexionen über die Natur im Geist”. Véase también Tugendhat, E.; Vorlesungen über Ethik, 1993, y las objeciones de Küng a propósito de su proyecto de una ética mundial, en Küng, H.; Una ética mundial para la economía y la política, Madrid, Trotta, 1997, Proyecto de una ética mundial, Madrid, Trotta, 2006, y Küng, H., K.-J. Kuschel (eds.), Ciencia y ética mundial, Madrid, Trotta, 2006. Uno de los últimos trabajos críticos editados es el de G. Lariguet, “Las fronteras de la argumentación moral. Un análisis crítico de la ética del discurso”, en Revista Telemática de Filosofía del Derecho, Nº 13, 2010, pp. 43-57. Respecto de este interesante artículo cabe señalar que, aunque con las aclaraciones del caso puede ser aceptable la intención del autor de ampliar las fronteras de la teoría considerando otros presupuestos teóricos, se evidencia no obstante ello la falta de una adecuada tematización de algunos conceptos clave que se objetan, como el de “comunidad ideal de comunicación”, o lo que respecta a la parte B de fundamentación que menciona Apel, a propósito de la crítica que aquí plantea el autor en torno a la eliminación de recursos instrumentales en la argumentación.

[13] Cfr. Prono, S.; “Racionalidad universal y demandas locales en R.M. Hare y K.-O. Apel”, Tópicos, Nº 13, 2005, pp. 91-111, y “Ética del discurso y fundamentación racional. Análisis de algunas objeciones desde la perspectiva de la pragmática trascendental del lenguaje”, en Michelini, D., Hesse, R., Jutta, W., Ética del discurso. La pragmática trascendental y sus implicancias prácticas, Río Cuarto, Ediciones del Icala, 2009, pp. 61-76.

[14] Cfr. López de Lizaga, J.; “Ética del discurso y realismo moral” (cit.), y Sahuí, A.; “Justicia y legitimidad en la ética discursiva” (cit.).

[15] Véase por ejemplo “Treffen Hegels Einwände gegen Kant auch auf die Diskursethik zu?” (cit.), pp. 118-119.

[16] Cfr. Habermas, J.; Wahrheit und Rechtfertigung, Frankfurt, Suhrkamp, 1999, pp. 271-318. Este cambio de perspectiva de Habermas respecto de la moral, conlleva también una retractación de su anterior teoría discusiva de la verdad, adoptando ahora en este sentido una concepción realista. Si bien comparto con Habermas el punto de vista que él plantea para concebir la ética del discurso, no estoy de acuerdo con su idea de concebir el tema de la verdad desde un punto de vista esencialmente realista. Aunque obviamente aquí no me ocupo del este tema, considero de todos modos que buena parte de los argumentos aquí presentados a favor de una concepción cognitivista de la ética del discurso también podrían aplicarse para defender una posición de este tipo respecto del tema de la verdad, aunque ya sin excluir la noción de “hechos”. Para un análisis de este tema en Habermas, cfr. Habermas, J.; “Wahrheitstheorien” (1973), en Habermas, J., Vorstudien und Ergänzungen zur Theorie des kommunikativen Handelns, Frankfurt, Suhrkamp, 1984; la nueva concepción del autor se encuentra en Wahrheit und Rechtfertigung (cit.), pp. 230-270.

[17] Lafont, C.; “Realismo y constructivismo en la ética moral kantiana: el ejemplo de la ética del discurso” (cit.), pp. 117-118, 121.

[18] Idem., pp. 116-117, 120. El subrayado es nuestro.

[19] Lafont, C.; “Procedural Justice? Implications of the Rawls-Habermas Debate for Discourse Ethics” (cit.); pp. 170 ss.

[20] A. Sahuí; “Justicia y legitimidad en la ética discursiva” (cit.).pp. 136 ss.

[21] C. Lafont; “Moral Objectivity and Reasonable Agreement: Can Realism Be Reconciled with Kantian Constructivism?”, (cit.) p. 33.

[22] Cfr. C. Lafont; The Linguistic Turn in Hermeneutic Philosophy (cit.), p. 324.

[23] Cfr. C. Lafont; “Realismo y constructivismo en la ética moral kantiana: el ejemplo de la ética del discurso” (cit.),  p. 116.

[24] Cfr. S Prono; “¿Por qué no más Apel?”, en Michelini, D., Maliandi, R., Damiani, A. (eds.), Ética del discurso. Recepción y críticas desde América Latina, Río Cuarto, Ediciones del Icala, 2007, pp. 143-153.

[25] Habermas, J, “Erläuterungen zur Diskursethik” (1991), en Habermas, J.; Philosophische Texte (cit.), p. 185.

[26] Cfr. C. Lafont; “Realismo y constructivismo en la ética moral kantiana: el ejemplo de la ética del discurso” (cit.),  pp. 120-121.

[27] J. Habermas; Wahrheit und Rechtfertigung (cit.), p. 315.

[28] C Lafont; “Realismo y constructivismo en la ética moral kantiana: el ejemplo de la ética del discurso” (cit.), p. 120.

[29] Idem., p. 309.

[30] Cfr. López de Lizaga, “Ética del discurso y realismo moral.” (cit.), pp. 77-78.

[31] B. Ackerman; Social Justice in the Liberal State, New Haven, Yale University Press, 1980.

[32] J. Habermas; Wahrheit und Rechtfertigung (cit.), pp. 284-285.

[33] Cfr. J. Habermas, Faktizität und Geltung (cit.), pp. 276-281. El subrayado es nuestro.

[34] Cfr. C. Lafont; “Realismo y constructivismo en la ética moral kantiana: el ejemplo de la ética del discurso” (cit.), p. 126, “Procedural Justice? Implications of the Rawls-Habermas Debate for Discourse Ethics” (cit.), pp. 170 ss., The Lingüistic Turn in Hermeneutic Philosopy (cit.), p. 324 ss.

[35] Cfr. J. Habermas, J.; „Eine genealogische Betrachtung zum kognitiven Gehalt der Moral“ (cit.), p. 350.

[36] Para un análisis de esta cuestión, cfr. de Damiani, A., “El participante como actor e interlocutor. Un examen ético-discursivo”, en Cuadernos de Ética, Nº 35, vol. 22, 2007, pp. 16-22; y “La buena voluntad. Un examen ético-discursivo”, ponencia presentada en el IV Coloquio Latinoamericano sobre Ética del Discurso, Río Cuarto, Icala, 4-6 de Noviembre de 2009.

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CUADERNOS DE ETICA es una publicación anual de la Asociación Argentina de Investigaciones Éticas.