Cuadernos de Ética, Vol. 31, Número especial In memoriam de Ricardo Maliandi, 2016








Revisión de la dicotomía ontodeóntica en vista a una epistemología responsable




Cristina Ambrosini

Universidad Nacional de Lanús




La complejidad del ethos

A menudo se identifican los términos ética y moral y su deslinde implica una toma de posición teórica donde se identifica a la ética como una disciplina filosófica que trata sobre la moralidad. En este caso, tomaremos ambos términos como dos modos de nombrar al ethos1, visto como un fenómeno complejo, constituido históricamente, para aludir a un conjunto de creencias, actitudes, convicciones, formas de actuar donde también se alude a la facticidad normativa, es decir, a la comprensión prefilosófica y cotidiana que tenemos acerca de lo que es bueno o malo en nuestra conducta y que es la base de la que parte la ética como saber reflexivo. La ética se desarrolla como un esfuerzo teórico, de argumentación, por tematizar y reconstruir un fenómeno sumamente complejo. La reconstrucción supone un saber pre-teórico y opera sobre él problematizando, cuestionando este saber espontáneo en un plano crítico. En esta tematización Maliandi ubica relaciones bipolares Una dicotomía central en la consideración de lo bueno y lo malo es la determinación entre el vínculo de lo racional (logos) y lo emocional (pathos). En este reparto entre la razón y los sentimientos, entre la cabeza y el corazón, la ética, preponderantemente, ha tomado partido por ubicar a la razón como un principio rector de la conducta humana. La cabeza y el corazón parecen ser la sede física de facultades no sólo distintas sino conflictivas. Frecuentemente admitimos que la cabeza piensa (calcula, ordena, analiza, tiene principios) y el corazón siente (ama, odia, siente miedo). Desde el pensamiento griego, logos (razón) y pathos (pasión) son vistos como fuerzas o poderes enfrentados al identificar al primero como un principio de orden y control y al segundo como un principio de descontrol y caos. Gran parte de la historia de la filosofía, según Ricardo Maliandi, ha girado en torno a los distintos posicionamientos frente a este conflicto, tratando de resolverlo a favor de un poder u otro y se puede caracterizar a partir de detectar tres actitudes:


1) la que propone lo racional como única guía de las acciones éticas (el estoicismo, Kant)

2) la que concede a los factores emocionales una influencia sobre el conocimiento, tanto práctico como teórico (Max Weber, escuela de Frankfurt)

3) la que sostiene que la más auténtica fuente de conocimiento y de guía para la acción es el sentimiento y no la razón (Kierkegaard, Scheler)


Lo común a estas tres posiciones es que resuelven el conflicto a favor de uno u otro polo de la conflictividad desestimando o pasando por alto la posibilidad de la complementariedad entre la razón y la pasión, entre el cerebro y el corazón. En la Modernidad el concepto de logos se resignifica y con ello también el mundo de las pasiones, aunque la lucha pathos-logos deja a las inclinaciones del lado del pathos (lo que padecemos, lo que nos mueve más allá o por fuera de la voluntad, lo que nos hace pasivos) para ser controlado, como siempre, por los poderes de la razón (una fuerza ordenadora, de control sobre la conducta). Para Kant, lo que queda confinado del lado de lo patológico nos lleva a actuar de manera heterónoma, nos ata al mundo sensible, fenoménico, puramente impulsivo, aquel que tenemos en común con el resto de los animales. Así, la ética normativa, propone sistemas donde fundamentar racionalmente la adopción de principios o normas capaces de controlar las pasiones, para disciplinarlas, cuando no extinguirlas. Mientras que en la cabeza residiría la mente identificada con el pensamiento y el desarrollo de las facultades cognitivas, la organización del lenguaje y del pensamiento abstracto, el corazón sería la sede de los sentimientos, de las pasiones, especialmente de los afectos y de todo aquello no atravesado por el filtro del orden racional Como hemos dicho, desde el pensamiento griego, logos (razón) y pathos (pasión) son vistos como fuerzas o poderes enfrentados al identificar al primero como un principio de orden y control y al segundo como un principio de descontrol y caos. Junto a esta dicotomía fundante de la conflictividad del ethos, Maliandi ubica otras dicotomías que clasifica entre “dicotomías intraéticas” y “dicotomías extraéticas”. En las primeras ubica la dicotomía deontoaxiológica (horizontal) y la dicotomía axiológica (vertical). Lo normativo (deóntico) y lo valorativo (axiológico) son caracterizados por Maliandi como dos puertas de entrada al edificio del ethos. Dentro del edificio, señala Maliandi, siguiendo esta metáfora, hay infinitos laberintos, pasos sin salida, pero en todos encontramos estas dicotomías. Esta polaridad divide aguas dentro de las posiciones filosóficas donde Kant sería el exponente de una prioridad del deber sobre la determinación de lo valioso mientras que Max Scheler representa una ética de los valores. Esta dicotomía determina dos preguntas centrales para la ética: ¿qué debo hacer? y ¿qué es valioso? Estas dos preguntas no son incompatibles ni excluyentes sino que pueden ser compatibilizadas ya que ambas reflejan la preocupación por atender a aspectos centrales del ethos. A su vez lo axiológico determina una polaridad, ya no horizontal como la que se plantea entre el deber y el valor, sino vertical entre lo superior y lo inferior, entre lo positivo y lo negativo, o dicho genéricamente, entre el valor y el disvalor. Estas dicotomías intraéticas señalan la complejidad de la tematización del ethos a las que agregaremos ahora las dicotomías entre lo ético y lo extraético, es decir, las polaridades y tensiones entre la normatividad y la facticidad, entre el deber y el ser, entre la normatividad o los valores, por un lado, y los hechos, por el otro. Esta polaridad muestra la necesidad de explorar los complejos vínculos entre los modos deónticos (“permitido”, “obligatorio”, “prohibido”) y los modos aléticos (“posible”, “real”, “necesario”)2. En este punto aparece la necesidad de especificar cuál es el límite entre lo ético y lo extraético, cuáles son los límites de lo normativo para, a partir de allí, justificar, fuera de ese ámbito, un territorio “neutral” desde el punto de vista valorativo. Al ubicar esta dicotomía, podemos, a la vez, ubicar las posiciones que toman partido por uno u otro extremo de la polaridad. Así, la impugnación de falacia naturalista se aplica a aquellos argumentos, ya señalados por David Hume3, en los que se infiere del “ser” el “deber ser”, dicho de otra manera, para justificar que algo se debe porque de hecho es lo que ocurre. Para evitar esta impugnación, la epistemología de raigambre positivista, en todas sus variantes, se caracteriza por diferenciar entre un discurso prescriptivo y otro descriptivo y por reducir el polo normativo a una cuestión subjetiva, alegando la presencia de multiplicidad de códigos, en distintas sociedades, que no pueden ser fundamentados racionalmente, con lo cual queda excluído este saber del campo de interés de la ciencia, es decir, del discurso descriptivo que permite fundamentar un conocimiento objetivo, que se relaciona con la predicación de verdad-falsedad y no con el par permitido-prohibido. Esta distinción, a la vez, permite impugnar como falaz el intento de fundamentación científica de las normas morales, ya que ciertamente resulta muy audaz derivar de lo que es, o de lo que ocurre, lo que debería ocurrir confundiendo las cuestiones de vigencia y validez de las normas4. Maliandi admite que la fundamentación filosófica de las normas o postulados morales es de incumbencia de un saber que aunque se nutre de disciplinas científicas no puede reducirse a ninguna de ellas. A pesar de ello, este deslinde de saberes no debería obstaculizar las relaciones que puedan establecerse entre el plano fáctico y el plano normativo. A comienzos del siglo XX, Edgard Moore utilizó el término falacia naturalista en 1903 en su obra Principia Ethica y lo hace en el marco del interés por definir el término “bueno” al señalar la inderivabilidad del “es” al “debe” señalando que por más que se sepa cómo es algo, no puede inferirse de ese saber cómo debe ser5.

Volviendo a la metáfora inicial, propuesta por Maliandi, al señalar estas dicotomías, no estamos revisando el interior del edificio del ethos sino solamente estamos en el interior, asomados a sus balcones o ventanas, examinando el exterior del edificio, calculando la distancia con los edificios vecinos. Afirma Malilandi que la ética puede contribuir a aclarar, mediante la tematizaciónde estas dicotomías, la conflictividad del ethos al admitir que lo normativo tiene que ser investigado y fundamentado desde otro tipo de saber, tan riguroso como el de la ciencia, pero distinto Si bien estos dos ámbitos no deben ser reducidos uno al otro, tampoco pueden desvincularse. Por el contrario, es necesario poner en relación ciencia y ética, especialmente para poder someter a enjuiciamiento moral las actividades teconocientíficas.6 Maliandi alude a Jean Ladrière en este punto, quien señala cuatro niveles en los que las innovaciones científico-tecnológicas requieren de la reflexión ética. Primero: ampliando la incumbencia de la ética a regiones nuevas como las que producen la ingeniería genética. Segundo: provocando nuevos problemas éticos emergentes de estas nuevas realidades. Tercero: alentando la creación de nuevos valores y, cuarto: modificando la manera de plantear la cuestión de la determinación de las normas, por ejemplo, en analogía con los procedimientos metodológicos de la ciencia7. Por otra parte, la ética enfrenta los problemas de la aplicación de las normas donde es necesario el diálogo interdisciplinario entre los distintos actores involucrados en la producción tecnocientífica.


Ética y epistemología, un vínculo a revisar

Otro autor que se ha ocupado en profundizar en esta dicotomía ontodeóntica es Hilary Putnam quien en su ya clásico libro El desplome de la dicotomía hecho-valor recorre la historia de esta dicotomía para señalar que fructificó dentro de la tradición empirista y sus representantes han hecho de este tema un bastión a defender. Para reforzar la polarización de la dicotomía recurren a una nueva, la dicotomía analítico-sintético que ha sido motivo de debates y divergencias incluso dentro de esta tradición. Los positivista lógicos asumieron la distinción tripartita entre juicios sintéticos (verificables o falsables empíricamente) los juicios analíticos (verdaderos o falsos por aplicación de reglas lógicas) y los juicios carentes de valor cognitivo (juicios éticos, estéticos y religiosos). Como señala Putman, el interés de uno de los representantes de esta corriente, Rudolf Carnap, es el de expulsar a la ética del dominio del conocimiento y si bien se advierte la necesidad de adaptar el criterio de verificabilidad a los términos teóricos de la física de las primeras décadas del siglo XX, que desafiaban su criterio de demarcación entre ciencia y no ciencia, no cambió el criterio mediante el cual excluye a los valores del dominio del conocimiento racional al considerar que el lenguaje de la ciencia es el único lenguaje cognitivamente significativo. Con razón, Javier Echeverría señala el imperativo de estos autores: “No mezclar cuestiones morales y argumentos científicos” que fue asumido como un mandato explícito para la epistemología empirista de gran parte del Siglo XX, inspirados a afirmaciones de Hume y de Locke: Los científicos pueden conjugar el verbo ser, pero no deben usar la expresión deber ser.8

En esta historia de la separación entre hechos y valores Echeverría reserva un lugar para Max Weber quien defiende la idea según la cual las ciencias físico-naturales deben ser axiológicamente neutras. Este monismo axiológico sostiene un imaginario cientificista en la epistemología del siglo XX, que a su juicio se extiende incluso a los enfoques semanticistas, de fuerte ascenso en los años ’80 y ’90, que se preocupan por la formalización de modelos pero dejan fuera de sus preocupaciones los procesos de diseño, evaluación y modificación de dichos modelos9. Para este epistemólogo han sido los enfoques historicistas y los sociólogos del conocimiento quienes han forzado a los filósofos de la ciencia a reconocer la importancia de tomar en cuenta la práctica científica y no solamente sus resultados. A su modo de ver, el gran reto de la epistemología contemporánea es el de ayudar a teorizar sobre la acción de los científicos y tecnólogos en la medida en que los procesos de cambios científicos-tecnológicos contribuyen a los cambios económicos y sociales. Aquí se abre la posibilidad de un aporte interdisciplinario donde filósofos, científicos y políticos puedan contribuir unos a otros en el análisis de los complejos problemas que aquejan a nuestras sociedades. Unos años antes de Kuhn y de Fayerabend, en Robert Merton (sociólogo norteamericano, 1910-2003), ya encontramos la consideración de un ethos científico que incluye cuatro imperativos: el universalismo, el comunismo (en el sentido de acciones colaborativas), el desinterés y el escepticismo organizado10. Con ello, las valoraciones de las actividades científicas no deben reducirse a lo que sucede en los laboratorios. Antes de estas actividades hay presupuestas reglas éticas junto a reglas técnicas emergentes de otras mediaciones institucionales como son los ámbitos de enseñanza de la ciencia y las demandas sociales para producir conocimientos. Este enfoque supone una revolución en el sentido en que Kuhn nombra las revoluciones científicas, pero aplicado ahora al modo de concebir la ciencia. Carnap, Popper y Lakatos, entre otros, definen la racionalidad en función de un fin principal, aunque discutan luego cuál es ese fin, lo que podría denominarse “monismo axiológico”11. Para Echeverría este rasgo común representa distintas formas de reduccionismos. El epistemólogo español propone afirmar el pluralismo axiológico de la ciencia, donde ya la racionalidad de la ciencia no depende de conseguir una sola finalidad, sino un conjunto de valores más o menos estables que pueden cambiar según las disciplinas, las épocas históricas y las situaciones. Este giro supone focalizar el estudio de una “axiología científica” para poner en relación la ciencia con la tecnología en vista a una filosofía de las prácticas tecno-científicas. Para este autor el fracaso del neopositivismo se debe a que no fue capaz de receptar los profundos cambios ocurridos en el modo de producción científica luego de la segunda mitad del siglo XX, y en este giro ubica de manera panorámica a una cantidad de autores de distintas procedencias entre los que destaca los del ámbito iberoamericano.

En este planteo se eliminan las diferencias entre filosofía teórica (episteme) y práctica (ética) como esferas separadas ya que la filosofía de la ciencia es vista como una disciplina que incluye la tematización de la ciencia como una actividad tecno-científica. A la vez deja de tenerse en cuenta el planteo de Reichenbach acerca de la diferencia entre contextos de descubrimiento y de justificación, ya que la práctica tecno-científica supone la evaluación de actividades heterogéneas, puesto que se valoran no solamente la producción de conocimientos sino los diversos impactos sociales, políticos, económicos, ecológicos, lo cual requiere también enfoques interdisciplinarios. En una línea que enfatiza la propuesta de Kuhn acerca de la superación de la dicotomía entre teoría y observación, en el caso de la tecnociencia, se admite que la observación no solamente está cargada de teoría sino que está orientada por valores donde incluso los valores epistémicos como la búsqueda de la verdad, el grado de verosimilitud o la resolución de problemas, toman sentido luego de haber satisfecho otros criterios de valoración. Frente al ideal de la ciencia neutra, con su separación estricta entre hechos y valores, este enfoque busca herramientas conceptuales para dilucidar los modos de producción tecno-científica que caracterizan a esta nueva etapa en la producción de conocimientos12. Recurriendo nuevamente a las dimensiones sintácticas, semánticas y pragmáticas, como criterios para denominar a las distintas corrientes epistemológicas, Echeverría condensa en estos párrafos la peculiaridad de su propuesta para tomar distancia de la tesis de la neutralidad valorativa de la ciencia:


La filosofía analítica de la ciencia se desinteresó de los estudios históricos y sociológicos de las ciencias. Los actuales estudios de ciencia y tecnología, en cambio, están basados en el diálogo interdisciplinar entre filósofos, historiadores, sociólogos, economistas y politólogos de la ciencia. El reduccionismo lógico resultó insuficiente para el estudio de la ciencia, y mucho más en el caso de la tecnociencia. La filosofía analítica de la ciencia se centró casi exclusivamente en los aspectos sintácticos de las teorías científicas, y sólo en el último cuarto de siglo en los componentes semánticos. El creciente interés por la pragmática de la ciencia, con toda la pluralidad de aspectos que dicha denominación conlleva, pone en evidencia otra de las grandes limitaciones de la filosofía analítica de la ciencia.13

Echeverría reconoce que el punto de partida de este nuevo enfoque puede adjudicarse a Kuhn, quien propuso un análisis histórico de los cambios axiológicos en los modos de producción científica. En este punto, el español señala que podemos constatar que autores como Merton, Popper o Laudan, en quienes reconoce aportes a sus ideas, han reconocido la presencia de marcos valorativos no epistémicos presentes en la actividad científica, pero han guardado, sin embargo, un “silencio wittgensteiniano” respecto a su inclusión en los debates epistemológicos y metodológicos. El pluralismo axiológico que propone Echeverría supone la separación del análisis de la producción científica en cuatro contextos:


El contexto de educación

El contexto de innovación

El contexto de evaluación

El contexto de aplicación


Desde el contexto de educación vemos que es necesario tomar en cuenta los valores que orientan la producción de ciencias y también su reproducción en las instituciones involucradas para esta finalidad, básicamente las Universidades y Centros de estudios superiores. Estas son instituciones sociales que siguen parámetros políticos presentes en todos los niveles educativos. El proceso de educación científica es fuertemente normativo y acumulativo. En este contexto, más que en los otros, resulta desmentido el precepto de Feyerabend “todo vale”. Todo el ámbito de la educación está sujeto a controles y evaluaciones de todos los participantes, por lo que sería un grave error dejar afuera este aspecto reproductor del conocimiento donde los futuros científicos se forman en la teoría y en la práctica a la vez que se fomentan unos valores y se desestiman otros como disvalores. Así podemos ver que los preceptos del Positivismo responden a los cánones de la Ilustración, donde uno de los valores centrales es la comunicabilidad, el carácter público del conocimiento científico. Otro de los valores es el del cosmopolitismo: el conocimiento debe ser visto como un logro sin restricciones de lenguas o de culturas. La tesis de la incomnensurabilidad de los paradigmas no atenta, según Echeverría, contra este presupuesto de la ciencia occidental sino el reconocimiento de que la ciencia es transformadora de la lengua y de la cultura14. Así vemos que el carácter público y cosmopolita de la ciencia no es algo “natural”, algo inherente a la producción de conocimiento en toda época y lugar, sino que es un resultado de ciertas valoraciones propiciado desde instituciones sociales determinadas, y para Echeverría son “el núcleo axiológico” de la educación científica en nuestras sociedades. En cambio, en el contexto de aplicación, los valores de la publicidad del conocimiento y el cosmopolitismo, aun cuando puedan ser aceptados como valores, no son centrales ya que se anteponen los valores de la utilidad, la adecuabilidad y la pertinencia. En el contexto de innovación, antes llamado “contexto de descubrimiento”, si bien los valores pueden cambiar a lo largo de la Historia de la ciencia, aparecen con cierta estabilidad los tradicionales criterios de generalidad, coherencia, consistencia, validez, verosimilitud y fecundidad. El valor de la objetividad, en el sentido que le da Popper, tiene aquí un lugar, ya que es deseable que se pueda reproducir en distintas culturas y lenguas un hecho considerado “científico”, ya sea porque se puede reproducir en condiciones de laboratorio o porque es producto de un consenso. La utilidad también es considerada por Echeverría un valor central en el contexto de innovación y no solamente en el de aplicación. La honestidad también resulta un valor central entendida como la no apropiación de descubrimientos de otros o la cita correcta de fuentes de información, la veracidad de los datos aportados y en general la evitación de engaños para sostener un conocimiento sobre bases espurias. En este contexto aparece como un valor central la libertad de investigación, aunque esto se contrapone a la necesidad de controles sociales sobre la investigación, lo que genera algunos de los debates más acuciantes sobre la producción científica en la actualidad. Desconocer este complejo entramado de valoraciones en tensiones y pugnas implica restar elementos para juzgar la actividad científica como una forma de producción social. Así, en momentos de guerra o de crisis económica o de epidemias, sequías, hambrunas, priman algunos valores pragmáticos que hacen pasar a segundo plano los valores epistémicos para orientar la innovación científica. Al respecto afirma Echeverría:


Desconocer estas microvaloraciones de los descubrimientos y de las invenciones científicas implica tener una concepción idealizada y abstracta de la actividad científica. Sería como si pensáramos que las sociedades y los individuos se mueven y actúan en función de las grandes ideologías. Sería, por consiguiente, hacer ideología de la ciencia, y no filosofía de la ciencia.”15

La valoración del contexto de aplicación es central para no incurrir en una epistemología reduccionista, ya que desde Bacon hasta nuestros días, la utilidad pública o privada de las teorías es un valor central. En este contexto se evalúa tanto la utilidad como el daño o perjuicio que pueden ocasionar las aplicaciones científico-tecnológicas para el medio ambiente o para el cuidado de las personas. La producción de artefactos o tecnologías puede ser valorada de manera positiva o negativa ya que siempre hay un impacto social a tomar en cuenta. Los aspectos económicos en la producción tecno-científica están involucrados en los otros contextos, pero en este tiene especial importancia. En los términos de la tradición positivista, los valores del contexto de aplicación están orientados por la búsqueda del progreso social. En este terreno se dan fuertes debates ético-políticos acerca de cómo entender este ideal del “progreso”, los beneficios o los riesgos de la producción tecno-científica, y un ejemplo paradigmático en este terreno es el de la producción de artefactos destructivos, que se da en la actividad militar que siempre ha sido uno de los grandes motores para la producción científica. Desconocer este aspecto, según Echeverría, nos lleva a una filosofía “bienpensante” de la ciencia, pero que desconoce o peor aún oculta el poder de las grandes inversiones disponibles por parte del aparato bélico de los Estados, no siempre orientado por los valores del cosmopolitismo y la publicidad. Esto lleva a mostrar la presencia de “crisis axiológicas” que aquejan a los científicos, que no son crisis epistémicas sino prácticas, en el sentido ético-político. No es que haya dudas acerca de los fundamentos teóricos de las teorías sobre las que trabajan sino acerca del beneficio de estas teorías para las personas o el medio ambiente o para las sociedades de las que forman parte o para la supervivencia de la vida sobre nuestro planeta. Otra fuente de discordancias y debates es acerca de la rentabilidad y el impacto económico y social de la aplicación de conocimientos científicos, por ejemplo en la producción de alimentos transgénicos o en la producción de remedios o vacunas, para citar solamente dos de los debates que están en la mira de la bioética y donde pueden ubicarse muchos otros.

El contexto de evaluación interactúa con los otros tres contextos y, según este autor, si bien es un aporte la axiología de la ciencia a la comprensión de la sociedad tecno-científica en la que vivimos, la epistemología no debería agotar su tarea en ello. El pluralismo axiológico se complementa con el pluralismo metodológico para evitar la regresión a las versiones unificacionistas.


Cuando se pide la presencia de filósofos para evaluar tecnologías o para estudiar las consecuencias que determinadas innovaciones científicas pueden tener sobre la sociedad, no se busca una filosofía de la ciencia lastrada por el prurito cientificista, sino una que afirme resueltamente su voluntad transformadora del mundo desde su conocimiento de las diversas formas de saber que caracterizan a los seres humanos, y entre ellas el saber científico.”16

Para este autor, actualmente asistimos a la emergencia de una revolución tecno-científica17. Uno de los primeros teóricos de este cambio no fue un filósofo sino un científico, Vannevar Bush, que presentó un informe a Roosevelt. Otro autor decisivo fue Derek Price con su libro Big Science, Little Science de 1962. La militarización de la tecnociencia produjo revueltas estudiantiles en 1968, cuando cambia la percepción social de la ciencia y aparecen los debates acerca de los peligros de la producción tecno-científica y la necesidad de sacarla del enclaustramiento de los especialistas y llevar al debate público estos temas. El término “tecnociencia” fue utilizado por Bruno Latour (filósofo, sociólogo y antropólogo francés, 1947) en 1983, para abreviar la frase “ciencia y tecnología”. Ya no es la ciencia el producto del trabajo de personas que aisladamente pueden generar teorías científicas (al modo como visualizamos a Newton, Mendel o Darwin) sino que se requiere de grandes inversiones donde el aporte del Estado y de los capitales privados confluyen para concretar proyectos de investigación que satisfacen distintos intereses estratégicos o económicos lo que marca la necesidad de diseñar “políticas científicas” para orientar estas alianzas.


Epistemología responsable

En las últimas tres décadas, la idea de una “ciencia buena” y sus “aplicaciones buenas o malas” será cuestionada en vista a otras alternativas desde donde revisar la compleja relación entre ética y ciencia. En los años ´90, el campo de debates sobre el aporte de la ciencia al mejoramiento de la calidad de vida de las personas o al exterminio de las formas de vida conocidas sobre el planeta, cobra nuevo interés este debate. Tal como lo expresan las tesis extremas de la tecnofilia y la tecnofobia, recrudeció aquella polémica de los años ´60 y ´70 acerca de la responsabilidad que le cabe a los científicos en estos temas. En nuestro país, la polémica llegó a los medios masivos y motivó la producción de entrevistas, programas de televisión e incluso videos donde se convocaron a los principales protagonistas de esa polémica. El escritor Ernesto Sábato, en distintos medios, expresó vaticinios catastróficos acerca del destino de nuestro planeta, al que pronosticó un cataclismo para los últimos 50 años por culpa de la ciencia. El texto completo de la entrevista registrada en el video Sábato y los amantes regresivos de la oscuridad (1995) puede encontrarse en el Nº 15 de Topia Revista Psicoanálisis, Sociedad y Cultura 18donde afirma:


Si seguimos así, el fin es apocalíptico y tenemos muy poco tiempo, más, en este libro “Antes del fin”, yo hago una propuesta a la juventud y ahora van a ver, algo así como una rebelión pasiva contra todo lo que se está haciendo, que es posible hacerlo y seguramente se va a hacer. Si no, estamos listos, en unos 50 años más o menos el planeta habrá terminado.


Estas afirmaciones le valieron a Sábato el mote de “oscurantista”, “retrógrado” y “regresivo”. El principal antagonista a las predicciones de Sábato resultó ser Gregorio Klimovsky quien reiteró sus ideas ya conocidas desde los años ’60 acerca de la ciencia recurriendo a la metáfora del martillo para descomprometer a los científicos de la responsabilidad del mal uso de los logros teconocientíficos. En su argumento a favor de la neutralidad valorativa de la ciencia, alude a la división entre ciencia pura, ciencia aplicada y tecnología, descomprometiendo a los científicos en las tomas de decisión que adjudica a los tecnólogos o a los políticos. En su versión, la ciencia es un instrumento, como un martillo, que puede ser usado para construir una casa o romper un cráneo humano. En este debate intervienen con sus propias ideas, además de Sábato y Klimovosky, los epistemólogos Juan Samaja, Leonardo Moledo, Enrique Marí y Esther Díaz esgrimiendo cada uno distintos argumentos confrontados con la versión de la “ciencia martillo”19. En esta imagen naturalizada de la ciencia se produce lo que Mario Heler (filósofo argentino, 1951-2010) denomina una “deformación mistificadora”:


Encubre que la empresa científica se inscribe en un proyecto histórico y que desempeña un papel social vinculado con el aparato productivo, con el cual está integrada. Oculta la determinación de la actividad científica por el valor de la productividad y la eficiencia. Impide que el científico tome conciencia de su ubicación efectiva en la sociedad. Evita, finalmente, que asuma su responsabilidad social en cuanto científico.20

Aquí, el autor asume una revisión crítica de los prejuicios acerca de la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas y destaca la necesidad de poner a estos temas en un marco reflexivo en vista a la necesidad de asumir la responsabilidad que tenemos en tanto somos partícipes de la vida social. En este debate, la metáfora del martillo destaca el carácter instrumental de la tecnología pero a la vez inmuniza la posibilidad de revisar críticamente la empresa científica en su vinculación con el resto de las actividades humanas al tiempo que oscurece la dimensión ética de esta actividad de tan alto impacto social, donde siempre queda por evaluar la “utilidad” y las “consecuencias” buenas o malas de su aplicación. Para Heler la concepción de la “ciencia martillo” propicia la imagen, tan poco adecuada para pensar la condición humana, de la neutralidad axiológica: de una ciencia autonomizada, de una búsqueda desinteresada de la verdad, inmune a los dilemas y conflictos de carácter ético. En la metáfora de la ciencia martillo, se atribuye la responsabilidad a las aplicaciones sociales de la tecnología y a la toma de decisiones extracientíficas. El investigador científico puede no saber cuáles serán los efectos y las aplicaciones de su campo de conocimiento (y a menudo no lo sabe) pero debe anticipar a priori que habrá alguna utilidad social y que esta utilidad no necesariamente es benéfica, que no puede permanecer, sin más, librado a la lógica del mercado su uso y a los políticos o empresarios su control. El rechazo a la concepción de la “ciencia martillo” concluye, en palabras de Mario Heler, con la siguiente afirmación:


Los científicos son responsables por los riesgos que asumen en el desarrollo de sus investigaciones, sabiendo que los resultados de su trabajo tendrán alguna utilidad social que podrá ser beneficiosa o perjudicial para la sociedad. Su compromiso social entonces no es sólo clarificar a la opinión pública sobre los conocimientos científicos, sino también preocuparse por las consecuencias posibles de las aplicaciones sociales de estos conocimientos, ya desde la formulación de un proyecto de investigación.21

No se trata, en este planteo, de una caza de brujas, de demonizar la curiosidad por escrutar los misterios de la naturaleza ni de condenar los intentos de resolver los problemas que afectan la calidad de vida de las personas, tampoco de impedir la libertad de investigar y producir conocimientos, ya que estos son valores dignos de ser preservados. Los científicos no son culpables pero sí responsables, como partícipes de la ciudadanía, en tanto la responsabilidad es una tarea colectiva. Esta responsabilidad de los científicos debe ser compartida con el resto de los actores sociales, con los políticos, los empresarios y el conjunto de la ciudadanía que se ve afectada por los beneficios o perjuicios de las innovaciones científico-tecnológicas22.

Volviendo al punto de inicio, a la dicotomía ontodeóntica, podemos ver que la ética, en tanto encuentra su destino como disciplina práctica, capaz de orientar la acción, también en las tomas de decisiones tecnocientíficas, requiere del esfuerzo reflexivo para poner “reglas” frente a los intereses en juego. Según Heler, la ética nos invita a ser autónomos: a conquistar la posibilidad de actuar con otros, para potenciar la producción, en contra de la dominación. Dado que no es posible salir completamente de la heteronomía, en la que ya siempre estamos instalados, la ética es entonces esta invitación a luchar por la potencia de actuar, evitando el ser actuado.23 En palabras de Heler, es la demanda de neutralidad ética, -presuntuosa, excesiva, y sin embargo, hasta cierto punto eficaz- la que conduce a la reflexión ética, reflexión que es, al mismo tiempo, política, cognitiva, epistemológica.


Mientras se pretenda disimular la dominación bajo el manto de una neutralidad, que únicamente puede ser declarada, hará falta diferenciar la dimensión ética como un modo de luchar contra la institución de su “olvido” o contra las estrategias que bregan por identificarla con una moral que en el fondo, siempre termina acordando con la dominación.24


Como bien señala Heler en las actuales condiciones de producción tecnocientífica, la presunción de desinterés y neutralidad del conocimiento resulta contraproducente ya que consolida los modos de la dominación. Las consideraciones acerca de los resultados de esta actividad y las consecuencias para la vida social demandan tomas de decisiones responsables por parte de todos los integrantes de la empresa tecno-científica, especialmente para los propios científicos y profesionales quienes deben dar cuenta de la utilidad social de sus producciones. Este compromiso social también alcanza a las instituciones encargadas de reproducir los modos de hacer ciencia, básicamente a las Universidades y Centros de investigación, en el sentido señalado por Echeverría. En este sentido la ética, en tanto disciplina práctica, encuentra un importante campo de intervención en la tematización de estos temas ya desde la formulación de los proyectos de investigación, para dilucidar con el resto de la comunidad el destino de estas producciones. Así podemos constatar que frente a la tradición de una epistemología sustentada en el presupuesto de la neutralidad podemos oponerle una epistemología responsable, en vista a una consideración no parcelada de la producción científica sino involucrada en la reflexión acerca de las valoraciones que se haga de sus productos. Para ello, lejos de la idea de la ciencia como un producto sin productor, aquí se considera que la ciencia es una actividad atravesada por valores ético-políticos que deben ser tomados en cuenta al momento de dar respuesta a las demandas de la comunidad de la que forma parte.






Resumen

En este artículo revisaremos la dicotomía ontodeóntica, en vista a una toma de posición en el discurso de la epistemología. Aquí apoyaremos la posición según la cual, desde una epistemología responsable, se muestra la necesidad de tematizar la actividad tecnocientífica para dar cuenta de un horizonte valorativo. Para ello recurriremos a Mario Heler en su libro Ética y ciencia: la responsabilidad del martillo (1996). Antes revisaremos algunos pasajes centrales de la posición de Javier Echeverría que, también desde los años ’90, aboga por una axiología de las ciencias.


Palabras clave: epistemología responsable, axiología de las ciencias, dicotomía ontodeóntica, tecnociencia, valores



Abstract


This article will review the ontodeontica dichotomy in view to taking a position in the discourse of epistemology. This will support the position that, from a responsible epistemology, the need for theming shown techno-scientific activity to account for an evaluative horizon. We will take Mario Heler in his book Ethics and Science: the hammer responsibility (1996). Before we review some central passages of the position of Javier Echeverria, also from the '90s, advocates an axiology of science.


Key words: responsible epistemology, axiology of sciencie, ontodeotica dichotomy, technosciences, values



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1 El término ethos puede ser traducido del griego como “carácter”, “costumbres”, “hábitos” de allí la importancia de su estudio en relación a la ética, disciplina que, justamente, toma de allí su nombre. En su significación más antigua, la palabra “ethos” alude a la “casa”, “morada”, refiere al lugar donde fuimos socializados, connota la dimensión social de la existencia humana. En ambos sentidos, “ethos” designa lo propio, lo endógeno, aquello de donde salen las motivaciones para nuestros actos. Ver MALIANDI, R., Ética, conceptos y problemas, Buenos Aires, Biblos, 1991, p.14.


2 MALIANDI, R, op. cit., 1991, p.43.

3 AMBROSINI, C., BERALDI G., Pensar la ciencia hoy. La epistemología: entre teorías, modelos y valores, Buenos Aires, Editorial Educando, 2015, pp. 203-204.

4 MALIANDI, R., Ética: dilemas y convergencias, Buenos Aires, Biblos-UNLa, 2006, pp. 103-104.

5 AMBROSINI, C., BERALDI G., op. cit., 2015, p.204.

6 MALIANDI, R., op. cit.., 2006, p.104.

7 MALIANDI, R., op. cit., 2006, p. 104, alude a la obra de Jean Ladrière, El reto de la racionalidad. La ciencia y la tecnología frente a las culturas, Salamanca, Sígueme, 1977, pp. 136 y ss,

8 ECHEVERRÍA, J., “El pluralismo axiológico de la ciencia”, ISEGORIA/12 (1995) pp. 44-79, p. 46.

9 ECHEVERRÍA, J., Introducción a la metodología de la ciencia. La filosofía de la ciencia en el siglo XX, Madrid, Cátedra, 1999, 297.

10 ECHEVERRÍA, J., op. cit., 1999, p.320.

11 ECHEVERRÍA, J., op. cit., 1999, p.322.

12 ECHEVERRÍA, J, op. cit., 1999, 322.

13 ECHEVERRÍA, J., “De la filosofía de la ciencia a la filosofía de la tecnociencia”, en Revista Internacional de Filosofía, Nº 50, 2010, pp.31-41, p.34.

14 ECHEVERRÍA, J., op. cit., 1995, p. 69.

15 ECHEVERRÍA, J., op. cit., 1995, p.72.

16 ECHEVERRÍA, J., op,cit., 1995, pp. 76-77.

17 ECHEVERRÍA, J., “La revolución tecnocientífica”, en CONfines, 1/2 agosto-diciembre 2005, pp. 9-15, p.10

18 Reportaje a Ernesto Sábato, “La ciencia, el progreso y el destino de nuestras vidas”, en Topia Revista. Psicoanalisis, Sociedad y Cultura, Año V, Nº 15, Noviembre/Marzo 1995, pp. 7-10, disponible en

http://www.topia.com.ar/system/files_force/files/revista/pdf/locuras_urbanas_0.pdf?download=1

19 AMBROSINI, C., BERALDI G, op.cit., 2015, ver especialmente “Tercera sección De la neutralidad a la responsabilidad”, pp.463-554.

20 HELER, M., Ética y ciencia. La responsabilidad del martillo, Buenos Aires, Biblos, 1996, p.51.

21 HELER, M., op. cit., 1996, p.82.

22 HELER, M., op. cit., 1996, 66.

23 HELER, M., Ciencia incierta. La producción social del conocimiento, Buenos Aires, Biblos, 2004, p.120.

24 HELER M., op. cit. 2004, p.121.

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