15


Cuadernos de Ética, Vol. 31, Número especial In memoriam de Ricardo Maliandi, 2016



Artefactos, experiencia humana y posibilidades de acción. Acerca del papel compensatorio de la técnica en la perspectiva de Maliandi.



Diego Parente

CONICET-UNMdP





La obra de Ricardo Maliandi constituye un aporte inusual en el marco de la filosofía práctica de estos lugares tanto por la vastedad de los tópicos abordados así también como por su notable originalidad argumentativa y metodológica. Como es sabido no debemos restringir su influencia al ámbito de la ética. En varias de sus obras de los años ochenta, entre ellas especialmente Cultura y conflicto. Investigaciones éticas y antropológicas (1984), Maliandi ofrece una perspectiva global sobre el problema de lo artificial que no descuida los vínculos entre técnica y biología atendiendo especialmente a la génesis de la primera bajo una óptica antropológica. La segunda parte de este libro, cuyo contenido constituye una contribución insoslayable a la antropología filosófica del siglo XX, está atravesada preponderantemente por el problema de la técnica, sesgo que se explicita en tres capítulos: “El hombre y el carácter comupensatorio de la estratificación”, “Natura Abscondita: Los resortes naturales de la técnica” y “De la revolución de Triptólemo a la crisis planetaria”.

El objetivo de este artículo es explorar –en primer término- cómo entiende Maliandi la relación entre la aparición de la técnica y la constitución orgánica de la especie humana a fin de mostrar, en un segundo momento, algunas limitaciones de la concepción protésica de la técnica en lo concerniente a su utilización de las nociones de déficit biológico, compensación y ambiente.

1. La idea de “animal incompleto” en la antropología de Cultura y conflicto.

Uno de los aspectos más atractivos de la propuesta antropológica de Maliandi en Cultura y conflicto reside no sólo en su apertura epistémica, compartida con Gehlen y Heidegger, que permite hacer dialogar a distintas ciencias y subdisciplinas dentro de un mismo marco, sino especialmente en el hecho de que conecta de modo explícito la cuestión de qué nos hace humanos con la cuestión de la técnica. En su teoría este entrelazamiento invoca un carácter biológico particular: la incompletitud orgánica humana.

¿Cómo se puede pensar la relación entre esta incompletitud orgánica y la emergencia del mundo técnico? De acuerdo con Maliandi hay una suerte de puente invisible tendido entre el Protágoras platónico y la antropología de Arnold Gehlen (1961 y 1974), que atraviesa también al Kant de “Idea de una historia universal...”. Se trata de la idea según la cual la cultura como actividad específica humana debe ser comprendida como una respuesta compensatoria frente a las imperfecciones o precariedades biológicas del hombre. El hombre marcha siempre hacia lo que le falta, apunta a la creación incesante a fin de superar una “forma de vida defectuosa” (Maliandi 1984: 131). En este sentido, la técnica es una “forma de compensación de ciertos defectos biológicos originarios” (1984: 114), entre los cuales destaca la carencia humana de adecuados órganos de ataque y defensa junto con su insuficiencia de instintos. Al respecto Maliandi afirma:


[Todo ocurre] como si la naturaleza hubiera [...] fallado, dejando al hombre incompleto, pero también como si, al mismo tiempo, hubiera intentado reparar aquel defecto, otorgando a tal defectuosa criatura la conciencia de ello. Sólo esa conciencia permite superar el defecto, fabricando las propias ‘prótesis’ que le permiten sobrevivir (1984: 103).


La debilidad humana, su carácter defectuoso, es salvado entonces con una estrategia pascaliana, es decir, con la toma de conciencia de la debilidad que a su vez conduce favorablemente a la creación de instrumentos. Todas las técnicas -“desde el hacha de sílex hasta las armas nucleares”- constituyen una “perpetua elaboración de ‘prótesis’” cuyo sentido último consiste en permitir la supervivencia de sus creadores (1984: 104). Es decir, desde esta perspectiva no hay diferencias esenciales entre el sílex prehistórico y las computadoras modernas: la naturaleza de ambas en cuanto artefactos se funda en su carácter compensatorio.

Este carácter suplementario que –según Maliandi- tiene la cultura en la especie humana nos diferencia con claridad de otras especies de animales no humanos. Estos últimos, en la medida en que son organismos altamente especializados, entran a nivel evolutivo en una suerte de cul de sac, un proceso irreversible, pues ya no requieren realizar modificaciones para sobrevivir (Maliandi 1984: 115-116). El hombre, por el contrario, en tanto que ser definido por su inespecialización, se adapta a cualquier ambiente a través de la creación cultural (vestimenta, vivienda, etc) de modo que no puede señalarse –a diferencia de otras especies- cuáles son los límites precisos de su Umwelt. La cultura representa, siguiendo a Gehlen, una especie de “segunda naturaleza” (Gehlen 1961).

La historia de la técnica puede ser vista, de acuerdo con esta lectura, como un continuo despliegue de procesos de compensación y de equilibrios inestables que los distintos artefactos y sistemas técnicos vendrían a mantener. La revolución técnica generada por el surgimiento de la agricultura neolítica debe ser considerada, según Maliandi, como una “compensación excesiva”, al igual que la prometeica, cuyo excedente fue la “emergencia del espíritu, la sacralizacion de la naturaleza y la humanización” (1984: 169).

Ahora bien, ¿qué tipo de teoría de la técnica ofrece Maliandi en el contexto de estas investigaciones antropológicas? En otro sitio (Parente 2010: cap. 1) incluyo la tesis de Maliandi respecto al estatuto de la técnica y su relación con lo humano en una serie de posiciones que conforman la denominada concepción protésica de la técnica. El núcleo de esta perspectiva radica en pensar al hombre como un “animal incompleto” que requiere construir prótesis que compensen ciertas debilidades somáticas inherentes. A diferencia del resto de los animales (que vienen pre-adaptados a su ambiente, es decir, llegan dotados de prestaciones biológicas de protección, predación, etc. para sobrevivir naturalmente), los humanos necesitan producir una suerte de suplemento, una “segunda naturaleza” (cultura, técnica, instituciones) a fin de adaptarse al medio.

En tanto la prótesis implica un “dispositivo artificial que remplaza un órgano total o parcialmente” (según reza el diccionario de la Real Academia Española), esta perspectiva se caracteriza por considerar que la esencia de lo técnico radica en estar “en-lugar-de”, en ocupar el lugar de algo que falta. Postula la incompletitud originaria del hombre y propone a la técnica como el factor tendiente a lograr la completitud y su consecuente equilibrio ecológico. El supuesto fundamental de la concepción protésica consiste, entonces, en la idea de que sólo este mundo artificial creado por los humanos puede compensar el desequilibrio entre las propiedades del organismo y la serie de amenazas ambientales que lo circundan.

En otras contribuciones (Parente 2007 y 2010) me he referido a algunos problemas estructurales de la concepción protésica relacionados con su inaplicabilidad a gran parte de la historia de la técnica, una limitación provocada porque se restringe a pensar la acción técnica artesanal basada en vínculos con instrumentos que potencian capacidades ya inscriptas en el cuerpo. En ese marco he señalado que la concepción protésica defendida por Maliandi resulta útil sólo en la explicación de algunos utensilios pero se revela inadecuada para pensar los artefactos modernos y los sistemas técnicos en los que ellos se insertan, es decir, sistemas que exceden el modelo poiético artesanal. En la medida en que una teoría de la técnica requiere un rango de aplicación más amplio que el de los útiles primitivos, la concepción protésica se muestra insuficiente.

Si bien hay varias cuestiones para tematizar en torno a esta rica elaboración de Maliandi mi intención en este trabajo es detenerme sólo en un par de cuestiones, ambas entrelazadas. La primera está referida a la noción de compensación involucrada en el argumento protésico. La segunda remite a qué noción de ambiente y qué peculiar relación organismo/ambiente subyace a dicha propuesta.


2. Problemas de la noción de compensación.

Los artefactos técnicos o, en términos generales, las herramientas culturales de diverso tipo (entre ellas las instituciones) compensan nuestras deficiencias orgánicas originarias. La técnica aparece en este marco como un factor causal de equilibrio, pero no de un equilibrio vano o secundario sino de uno supuestamente trascendental: es el equilibrio que permite que el ser carencial (Mängelwesen) que es el hombre pueda sobrevivir. Aquí cabe preguntarse por la arquitectura interna de la misma noción de compensación tal como aparece en este argumento de Maliandi. Más precisamente se trata de pensar si es legítimo plantear una noción de compensación que involucre algo bien distinto a un reemplazo operacional intrascendente de un órgano o capacidad humana particular.

Como bien marca Marquard (2001) en su reconocida obra dedicada al tópico, la compensación supone el reestablecimiento de un equilibrio. En el caso específico que nos toca analizar aquí la compensación reestablece el equilibrio entre ambiente y organismo o, para decirlo con más precisión, entre demandas ambientales y posibilidades orgánicas de adaptación a ellas. Ahora bien, el problema inherente a esta lectura de la idea de compensación radica en que supone que el equilibrio alcanzado a través de la intervención técnica es cualitativamente el mismo que preexistía a dicha intervención. Esta suposición, como veremos, impide pensar que lo que se ha transformado a partir de la modificación o artificialización del ambiente es el propio escenario evolutivo en el que se pueden derivar adaptaciones.

La idea misma de una “compensación sin más” es ininteligible. Inclusive en los casos en los cuales la analogía órgano ausente - prótesis técnica supletoria parecería tener mayor explicitud es difícil aplicar esta modalidad de compensación. Pensemos el caso de la pierna ortopédica que –en virtud de sus similitudes formales y funcionales- reemplaza funcionalmente a la pierna orgánica ya perdida. La acomodación cognitivo-práxica del paciente al nuevo sistema requiere una reorganización global de su movilidad, un ajuste que considera holísticamente al cuerpo móvil por completo, no a una de sus partes en especial. De modo que aún en casos donde es posible notar una fuerte analogía formal y funcional del componente protésico con respecto al original orgánico, la presencia de la prótesis y su paciente “incorporación” a la vida del individuo demanda, para decirlo con Merleau-Ponty (1945), una reconfiguración del esquema corporal mismo, que está lejos de ser concebible como mera “compensación” que nada cambia. Esta transformación estructural es todavía más visible si pensamos en fenómenos culturales de calado más amplio, fenómenos que también han sido generalmente comprendidos como “suplementos protésicos” por autores como Maliandi o Gehlen: la vestimenta, la vivienda, las armas, las instituciones, etc. Resulta evidente que estas modificaciones en las prácticas de una cultura no culminan en un simple regreso a un equilibrio (ecológico o del nivel que uno desee pensar) sino en una suerte de reestructuración profunda del ámbito de lo existente. El caso de las armas es más que elocuente. Sería inapropiado decir que lo único que hace la aparición de ellas en el seno de una comunidad particular es solamente compensar nuestra “ausencia de órganos adecuados de ataque y defensa”. Por el contrario, si en algún sentido es dable pensar en términos de compensación será legítimo sólo si hablamos de una compensación que genera un excedente tan trascendental que reconfigura el entramado mismo del escenario evolutivo de la especie que azarosamente trajo a existencia a dichos ítems.

De este modo la idea de compensación tal como aparece en el interior de la concepción protésica nos introduce en un puzzle que podríamos caracterizar del siguiente modo. O bien aceptamos que la prótesis técnica implica un proceso de “compensación” y eliminamos completamente la relevancia de las transformaciones de todo tipo que ella introduce, incluso aquellas que reorganizan el mismo escenario en el que es dable interpretar un cambio en términos de “adaptación”; o bien, por el contrario, aceptamos que la prótesis técnica implica una suerte de excedente constitutivo, lo cual -si pretendemos guardar coherencia- impide hablar estrictamente de “proceso compensatorio” pues lo que hay es más bien un desajuste del vínculo entre individuo y mundo que exige una reconfiguración del esquema corporal y que abre simultáneamente una nueva serie de affordances o posibilidades de acción que, antes de la introducción de la prótesis técnica, permanecían en un fuera de foco permanente, eran impensables.

Este puzzle que atraviesa a la concepción protésica de la técnica vale tanto para los ejemplos de nivel micro (que corresponden al vínculo entre el esquema corporal del individuo y la serie de affordances que se abren con la introducción de un sistema artificial) como para los ejemplos de nivel macro (que remiten a grandes procesos estructurales que permean la relación de una comunidad con su entorno, tales como la creación de vestimenta, viviendas, instituciones, etc).

La otra debilidad relativa a la idea de compensación está relacionada con la estructura dual que le subyace. La idea de compensación viene siempre conceptualmente adherida a un déficit: sólo puede compensarse aquello que se encuentra en algún sentido “en falta”, incompleto, en estado de deficiencia. El fenómeno compensatorio mismo se hace inteligible sólo si algo falta, si hay un desequilibrio que debe ser eliminado. Siguiendo los ejemplos provistos por Maliandi, la falta de órganos para sobrevivir en ambientes muy fríos (desequilibrio de carácter ecológico) es compensada artificialmente por la creación de vestimentas (prótesis técnico-cultural). Es importante no pasar por alto que el déficit involucrado en este análisis es biológico (en la medida en que pertenece a una esfera de supuesta inmanencia corporal-orgánica del individuo deficitario) y es originario (es decir, no derivado de otros déficits más globales o primarios), lo cual a su vez nos permitiría inferir que existe una serie fija y predeterminada de deficiencias biológicas originarias y que la historia de la técnica se edifica progresivamente a partir de dicha serie.

El problema fundamental que una perspectiva protésica sobre la técnica debe enfrentar es el de señalar con precisión a qué déficit biológico originario respondería cada una de las diversas invenciones técnicas que han articulado la evolución cultural al menos desde el paleolítico en adelante. Si se mantiene que el tensivo par déficit / compensación es candidato para explicar coherentemente la complejidad del surgimiento y desarrollo de los sistemas técnicos, el defensor del modelo protésico debería ser capaz de revelar qué déficit está directamente relacionado con cada artefacto o sistema técnico. Como he mostrado en otro sitio (Parente 2010: 56-85), esta estrategia está lejos de ser sencilla. Uno bien puede imaginar que el surgimiento histórico de algunas herramientas paleolíticas simples se halla relacionado con la consecución de una tarea que no era realizable mediante las prestaciones biológicas efectivamente dadas. Por ejemplo, la incapacidad de nuestra dentadura y aparato masticador para cortar la piel de ciertas presas podría ser vista como un déficit biológico que sería compensado por la fabricación y uso de herramientas líticas cortantes. Sin embargo, si concediéramos que esta interpretación fuera apropiada para comprender algunos casos de prótesis motoras como la mencionada, en rigor no habría posibilidades de tener éxito en dar cuenta del papel de otras mediaciones técnicas posteriores. No es necesario acudir a casos contemporáneos como las dificultades para señalar el déficit biológico involucrado en la emergencia de las computadoras o las naves espaciales; sencillamente podemos invocar algunos ejemplos vinculados con el período neolítico. ¿Cuál es el déficit biológico al que responde la invención de la agricultura? ¿A qué “falta orgánica” nos remite la aparición de la escritura alfabética? ¿Acaso se trata de la ausencia en nuestro dispositivo biológico de una estructura artificial para conservar y transmitir información? ¿Es razonable considerar dicha condición como “deficitaria”?

En múltiples comunicaciones personales que mantuve con él, Maliandi proponía una vía (a mi entender, más bien, un tipo de “atajo”) para calificar como “deficitarios” estos fenómenos. La escritura alfabética vendría a compensar un “déficit de claridad” propio de la oralidad: su volatilidad inherente, su estatuto transitorio. A su vez, la aparición de la imprenta moderna con su tipología estandarizada vendría a solucionar el déficit de la falta de claridad propia de la escritura quirográfica. Como se observa en estos casos, la mención de un cierto “déficit” es meramente metafórica, esto es, no alude al tipo de déficit biológico originario que postula la teoría protésica de Gehlen cuyos hilos Maliandi retoma explícitamente en Cultura y conflicto. Se trata, más bien, de gradaciones que resultan de evaluaciones con criterios histórico-culturales bien delimitados, de manera que no sería correcto asimilarlos a los déficits biológicos anteriormente tratados.


3. Problemas de la vinculación organismo/ambiente.

La concepción protésica de la técnica, como se ha visto, gira alrededor de la idea de Mängelwesen, el hombre como ser carencial. Esta idea, en rigor, alude a un tipo de incompletud particular que dichos autores relacionan con un cuerpo orgánico deficitario. Aquí cabe preguntar: ¿hay un solo modo de interpretar esta debilidad somática en relación con la capacidad de crear cultura?

Contra la unicidad supuesta en la perspectiva protésica parece haber al menos dos modos no asimilables de comprender tal debilidad somática. El primero sería el comprenderla como la causa de la producción de prótesis técnicas. Éste es, por supuesto, el camino que toman Gehlen y Maliandi: la debilidad somática humana es factor causal en la generación de prótesis cuyo fin es equilibrar al organismo y permitirle sobrevivir en su ambiente. Una segunda interpretación, por el contrario, consiste en concebir la debilidad somática como consecuencia del desarrollo evolutivo, no tanto como su causa. En este marco se ubican la teorías de la construcción de nichos (niche construction) a las que haremos referencia más adelante (cf. Odling-Smee 2003). Según esta posición ciertos cambios anatómicos que caracterizan a los humanos modernos (entre ellos, la reducción de los huesos y una constitución más liviana, así también como la falta de pelaje y el tipo de dentadura) son los productos de una nueva técnica y de sus conductas asociadas. No constituyen la causa por la cual debieron construirse ciertas prótesis externas; por el contrario, son consecuencias de ya haber utilizado esas mediaciones técnicas (Boivin 2008:93). En este sentido la evolución de ciertas regularidades típicas de la especie humana no puede leerse por fuera de la interacción a escala evolutiva con un ambiente artificial, esto es, no puede desestimarse el hecho de que durante miles de años los humanos evolucionaron en el marco de nichos artificiales construidos por ellos mismos, nichos que –como veremos- pueden convertirse efectivamente en fuente de nuevas presiones selectivas.1

La aporía involucrada por este doble aspecto de la debilidad somática requerirá una breve excursión a la filosofía de la biología contemporánea a fin de identificar dos maneras de comprender el vínculo organismo-ambiente y de vislumbrar cuáles son las limitaciones de la perspectiva que subyace al modelo protésico de la técnica.


3.1. Una perspectiva coevolutiva sobre la deriva de artefactos, entornos y humanos.

¿Qué concepto de “ambiente” involucra, aunque sea implícitamente, la concepción protésica de la técnica propuesta por Maliandi? La imagen del ambiente que se halla implícita en esta perspectiva es cercana a la del neodarwinismo: el entorno es una suerte de escenario preexistente que da forma a los organismos a través de la selección natural. Este escenario parece, por una parte, ser independiente de las acciones transformadoras de los propios organismos y, por otra, parece estar ya determinado para cada especie, eliminando (o reduciendo drásticamente) el aspecto histórico de sus posibles derivas.

En esta perspectiva hay dos dificultades ya ampliamente discutidas en el debate contemporáneo en filosofía de la biología. La primera de ellas es la primacía que la teoría sintética moderna atribuye a los genotipos en detrimento del papel de los fenotipos en el despliegue evolutivo. La segunda es la serie de prejuicios que oculta la imagen pregnante problema/solución para explicar las relaciones entre organismo y ambiente. Ambas dificultades, como veremos, se hallan íntimamente relacionadas entre sí.

Comencemos por la primera de ellas. De acuerdo con Odling-Smee (1994: 162-196), la teoría sintética moderna de la evolución reconoce solamente un tipo de herencia: la genética, pues es la única que puede contribuir algo a la descendencia. En este marco, los fenotipos parecen tener un rol muy restringido: ser meros portadores (en sentido dawkinsiano) de información genética. Pero los fenotipos también son constructores de nichos en evolución. En tal medida no son pasivos, son agentes vivos que alteran sus nichos de modo que seleccionan al menos algunas de las presiones naturales selectivas que ocurren en sus ambientes (Odling-Smee 1994: 176 ss). De este modo, las presiones selectivas son condicionadas por la propia acción de los organismos o, al menos, no son independientes de su influjo. Los fenotipos tienen, entonces, dos roles en la evolución: son portadores de genes (lo cual es explicado por la teoría sintética moderna) pero también son constructores de los nichos ecológicos en los que su evolución puede efectivizarse. En paralelo a la herencia genética, argumenta Odling-Smee, se halla la herencia ecológica, esta fuerza de selección fenotípicamente dirigida que se plasma en la construcción de nichos, lo cual deriva en la intuición de que existen “múltiples niveles de evolución” (1994: 181).

La segunda dificultad nos remite a la figura problema/solución que filtra por completo el argumento de la concepción protésica. En la perspectiva de la teoría sintética moderna, el ambiente es el que coloca los “problemas” mientras que los organismos hallan “soluciones” (esto es, variantes singulares, algunas de las cuales son seleccionadas). Tal visión tiende a mostrar al organismo como un ente pasivo frente a las fuerzas ambientales. Entre otros investigadores contemporáneos, Richard Lewontin (1983 y 2000) ha criticado esta metáfora problema/solución a partir de la idea de que los organismos no sólo se adaptan sino que también construyen nichos ecológicos para sí mismos. Una atención unilateral sobre el fenómeno de la adaptación conduce a dificultades, específicamente lleva a suponer que los nichos ecológicos a los cuales los organismos deben adaptarse preexisten de manera independiente a los organismos como si no requirieran ser definidos por las actividades efectivas de la misma especie. De acuerdo con Lewontin, los nichos ecológicos no existen como entidades abstractas que esperan vacíos el advenimiento de los organismos correspondientes. Más bien, los organismos construyen activamente un mundo alrededor de ellos (la evidencia de diverso tipo de construcciones animales es, como bien sabemos, enorme 2) y, de tal modo, colaboran en la generación de las condiciones para las cuales se adaptan.

En resumen, la intuición fundamental que se desprende de estas dos críticas es que los organismos conforman activamente sus ambientes, y de esta manera transforman las presiones selectivas a las que ellos y sus descendientes estarán expuestos. Si se admite esta tesis se deberá aceptar también que el vínculo entre organismos y ambiente es uno de coevolución, esto es, un tipo de relación recíproca entre organismos y presiones de selección natural (Sperber 2007).

Una vez caracterizada esquemáticamente esta perspectiva que enfatiza el papel activo de los organismos en la transformación ambiental, la cuestión es determinar cómo impacta tal interpretación en el vínculo específico que conforman humanos y ambiente artificial. Si se aceptan grosso modo la tesis de la construcción de nicho y los postulados esenciales de la idea de coevolución, entonces deberíamos admitir que los ambientes artificiales creados por los homínidos deberían haber tenido algún tipo de efecto relevante sobre su desarrollo evolutivo subsiguiente. La visión tradicional sobre el despliegue cultural ha observado a los artefactos -y a la cultura material en general- como un “resultado” del desarrollo evolutivo. Ahora se trata, a la inversa, de indagar el papel que el entorno artificial puede haber jugado como fuerza selectiva durante el curso evolutivo humano. Tal pregunta tiene sentido en la medida en que los humanos y sus ancestros han estado produciendo cultura material y alterando sus ambientes a lo largo de varios millones de años (Boivin 2008: 190). Como indica Boivin, el tipo de dinámica involucrada en este proceso provocó que los cambios desencadenados en las conductas cognitivas, culturales y sociales reforzaran, a su vez, modificaciones en otras áreas generando una “clase de fuerza coevolutiva en la cual las habilidades materiales y tecnológicas fueron el ímpetu para y, al mismo tiempo, el resultado de otros tipos de cambios” (2008: 191). Pensemos, por ejemplo, en el procesamiento artificial de la comida. La posibilidad -técnicamente mediada- de cocinar elementos comestibles llevó a un incremento en la digestibilidad de las plantas y la energía producida, lo que condujo progresivamente a un decrecimiento en el tamaño y robustez del aparato masticador (Kingdon 1993). Posteriormente, desde el período neolítico, la evolución humana fue afectada por el incremento de poblaciones concentradas, las intervenciones (más o menos intencionales) en el ámbito de la crianza y domesticación de cereales y animales, una autodomesticación que corre en paralelo con el reforzamiento de la vida sedentaria, una serie de modificaciones en la dieta y un ambiente artificial protegido, entre otros factores (Boivin 2008: 200).

Es evidente que los indicadores de cambio evolutivo señalados anteriormente son factores producidos por la existencia de un nicho artificial de evolución. Como sostiene Broncano (2009) los medios técnicos transforman el propio escenario evolutivo de la especie. Las facultades cognitivas humanas han coevolucionado con los mismos instrumentos y artefactos que constituían su particular nicho ecológico. El vestido, el calzado, la vivienda, los animales domésticos, los vegetales cultivados, el universo de los instrumentos, los lenguajes escritos, las instituciones, son todos ellos artefactos que inducen transformaciones en el espacio de posibilidades, alterando las trayectorias de acciones y planes futuros de esos seres (Broncano 2009: 18-24). Algunas de estas transformaciones han sido internalizadas y ya forman parte de nuestro equipamiento biológico estándar -por ejemplo los cambios en el sistema inmunológico producidos por las vacunaciones universales.

Si se capta el sentido global del fenómeno de coevolución debemos admitir que éste no resulta compatible con la idea de debilidad somática que vertebra la concepción protésica de la técnica en la que se ubica Maliandi. En un plano de deriva coevolutiva no tiene sentido pensar ciertos rasgos transitorios de un organismo en términos de una “debilidad somática” inherente y ahistórica. Ni tampoco tiene sentido pensar a la creación de nichos artificiales cada vez más complejos y determinantes en términos de procesos “compensatorios”. En rigor es la misma idea de compensación (y su par teórico del “déficit biológico”) la que presupone una suerte de metafísica del equilibrio organismo/ambiente cuyo trasfondo, precisamente, ha sido duramente criticado por la teoría de la construcción de nichos.


Consideraciones finales.

A lo largo de este trabajo se ha intentado señalar que la propuesta de Maliandi en Cultura y conflicto no sólo es muy valiosa por lo que ofrece para una indagación antropológica, sino también por las preguntas que deja abiertas y las claves de lectura para responderlas que él mismo anticipa en sus argumentos. Para decirlo con más precisión: Maliandi ofrece una teoría de la técnica que se halla indisolublemente unida a una teoría antropológica; ambas son dos caras de una misma moneda. En la huella de Gehlen, la esencia de lo humano sólo se revela en ese ir más allá propio de la creación cultural (que incluye, por supuesto, el mundo técnico). Pero este ir más allá está fundado en un déficit biológico originario que anima a la búsqueda y, podríamos decir, en cierto modo ya la contiene dentro de sí.

Ahora bien, este intento propio de la teoría de Maliandi de fundar una teoría antropológica en un entrelazo inmanente con una teoría sobre la técnica y, paralelamente, su apertura a incluir ciertas investigaciones extra-filosóficas sobre la naturaleza de los organismos (etología, paleoantropología, historia natural, etc) no asegura el éxito por sí solo, ni implica asumir un espíritu decididamente naturalista. Es fundamental que la misma noción de ambiente involucrada no esté sesgada desde el inicio por una lectura reduccionista neodarwiniana o por una metafísica del equilibrio organismo/ambiente.

En contraste con estas alternativas, la sección [3.1.] de este trabajo presentó una perspectiva coevolutiva sobre el vínculo entre artefactos y humanos. En tal sentido admitir esta lectura coevolutiva significa renunciar a la interpretación ahistórica y fijista de la naturaleza humana que está implícita en la concepción protésica de la técnica, así también como a su interpretación estática del ambiente y a la idea de que es posible aislar una serie predeterminada de déficits biológicos.




Resumen

El presente artículo pretende explorar críticamente la interpretación que R. Maliandi hace sobre la relación entre técnica y déficits orgánicos humanos, una relación que vertebra su propia teoría antropológica. Con este objetivo se indagan las dificultades de su idea de “compensación” y las limitaciones de su noción de ambiente. En último término este artículo sugiere los lineamientos fundamentales de un modelo coevolutivo de la relación humanos/entornos artificiales que logre superar las dificultades anteriormente analizadas.


Palabras clave: artefactos, experiencia humana, coevolución, compensación



Abstract

This paper aims to critically explore R. Maliandi’s interpretation of relationship between technology and human organic deficits, a relationship that structures his own anthropological theory. With this purpose some difficulties of his idea of “compensation” and “environment” are examined. Last this paper suggests certain guidelines of a coevolutionary model of the human / artificial environments whose results could overcome the difficulties previously analyzed.


Key Words: artifacts, human experience, coevolution, compensation



Referencias bibliográficas

BECK, Benjamin (1980), Animal tool behaviour, Nueva York: Garland STPM Press.

BOIVIN, Nicole (2008), Material cultures, material minds. The impact of things on human thought, society and evolution, New York: Cambridge University Press.

BRONCANO, Fernando (2009), La melancolía del ciborg, Barcelona: Herder.

GEHLEN, Arnold (1961), Anthropologische Forschung, Hamburgo: Rowohlt.

GEHLEN, Arnold (1974), Der Mensch. Seine Natur und seine Stellung in der Welt, Frankfurt: Athenaion.

KINGDON, Jonathan (1993), Self-Made Man: Human Evolution From Eden to Extinction?, John Wiley & Sons Inc.

LEWONTIN, Richard (1983), “The Organism as Subject and Object of Evolution”, Scientia, vol. 188, pp. 65-82.

LEWONTIN, Richard (2000), The triple helix, Londres: Harvard University Press.

MALIANDI, Ricardo, Cultura y conflicto. Investigaciones éticas y antropológicas, Buenos Aires: Biblos.

MARQUARD, Odo (2001), Filosofía de la compensación. Escritos sobre antropología filosófica, Barcelona: Paidós.

MERLEAU-PONTY, Maurice (1945), Phenomenologie de la perception, Paris: Gallimard.

ODLING-SMEE, F. (1994), “Niche construction, evolution and culture”, en: INGOLD, Tim (ed.), Companion Enciclopedy of Anthropology, New York: Routledge.

ODLING-SMEE, F. y otros (2003), Niche construction. The neglected process in evolution, Princeton: Princeton University Press.

PARENTE, Diego (2007), “La concepción protésica de la técnica: aporías y alternativas”, en PARENTE, D. (ed.), Encrucijadas de la técnica: Ensayos sobre tecnología, sociedad y valores, La Plata: EDULP.

PARENTE, Diego (2010), Del órgano al artefacto. Acerca de la dimensión biocultural de la técnica, La Plata: EDULP.

PARENTE, Diego (2015), Artefactos, cuerpo y ambiente. Exploraciones sobre filosofía de la técnica, Mar del Plata: La Bola editora (en prensa).

SPERBER, Dan (2007), “Seedless grapes: nature and culture”, en MARGOLIS, Eric y LAURENCE, Stephen, eds. (2007), Creations of the mind. Theories of artifacts and their representation, New York: Oxford University Press.





















1 Para una profundización de este argumento contra la concepción protésica véase Parente 2015: cap. 1.

2 Al respecto véase el clásico trabajo de Beck (1980).

Refbacks

  • No hay Refbacks actualmente.


CUADERNOS DE ETICA es una publicación anual de la Asociación Argentina de Investigaciones Éticas.