CUADERNOS DE TICA, Vol

Cuadernos de tica, Vol. 30, Nmero extraordinario tica ambiental, 2015.

 

 

 

 

 

EL CRITERIO DE LOS VALORES PARA UNA TICA ECOLGICA

 

Enrique Tllez Fabiani*

 

 

 

Planteamiento del problema

Asistimos a una poca en la que los acontecimientos del progreso tecnolgico parecen rebasar nuestra capacidad de interpretacin. Quiz esta sea la razn por la que tenemos muchos diagnsticos apresurados que intentan dar soluciones, antes de haber entendido los problemas. Frente a esta situacin, que genera ms ambigedades[1] que precisiones, debemos detenernos para llevar a cabo una reflexin que oriente mnimamente las interpretaciones futuras que debern hacerse para los proyectos de transformacin poltica.

Hace poco tiempo todava era necesario convencer que existan daos provocados por las actividades humanas para llamar la atencin del lector; ahora, dejamos ese catlogo a un lado para convencer que la perspectiva[2] que hemos adoptado para evaluar dichos daos es la adecuada. An considerando el amplsimo margen de error posible, aventuramos una interpretacin mnima, pero no suficiente; no agotamos el tema, pero tratamos de indicar posibles vas de interpretacin.

Si los problemas relativos a los daos sobre la naturaleza dependen de la poltica, partamos de un hecho poltico: no hay sistema poltico que sea perfecto; es decir, en tanto emprico, todo sistema histrico es imperfecto[3]. Luego, tiene efectos negativos a los que llamaremos vctimas. La racionalidad poltica debe evaluar todos sus principios y estrategias de accin para conservar o modificar el orden vigente de acuerdo a la factibilidad. Pero an en el ms honesto esfuerzo y la mayor pretensin de justicia en el sistema histrico, siempre habr esos efectos negativos, justo porque no es perfecto. De manera que, la transformacin poltica siempre ser necesaria y nunca suficiente. Siempre hay vctimas, cierto, pero tendramos que potenciar toda la labor histrica de nuestro esfuerzo para que no las hubiera, al menos como un postulado terico, que pretendera orientar (utpicamente) la accin poltica hacia la abundancia (en lo ecolgico) y a la justicia (en lo poltico).

Desde los orgenes de la humanidad ha existido la opresin de unos contra otros, siempre han existido vctimas en cualquier formacin histrica; pero no haba llegado a su extremo como problema global, hasta que los imperios tuvieron la posibilidad de ser empricamente planetarios, con la primera circunnavegacin colonizadora del occidente euro-atlntico. Desde entonces, empez a configurarse un proyecto civilizatorio, cuyo proceso a uy largo plazo llamamos globalizacin, por designarlo de una manera fcil y rpida, pero no sin ambigedades.

El aspecto que nos interesa ahora, es subrayar su carcter global: antes, se poda destruir una parte de la naturaleza a nivel regional con la posibilidad de ir a otro lugar y repetir la operacin sin verse afectado del todo; sin embargo, hoy en da, destruir una parte, por pequea que sea, repercute en cualquier otro lugar, directa o indirectamente, en el corto o largo plazo. Tenemos, por ejemplo, que uno de los descubrimientos cientficos, en la nueva reconfiguracin de la geopoltica mundial de la posguerra en base a los energticos, capt de manera terica la destruccin (como efecto) de elementos atmosfricos inasequibles a la experiencia humana, slo hasta un siglo despus de la primera revolucin industrial inglesa (como causa).[4]

Esta reconfiguracin, que tuvo como punto de partida los efectos de las bombas atmicas, la crisis del petrleo, entre otras cuestiones, hizo explcita e ineludible la inclusin del tema ambiental en la agenda poltica. Un tema que finalmente lleg para quedarse. Pero se qued en el mismo contexto cultural en el que se cre; de manera que la solucin slo fue pintar de verde el mismo proceso civilizatorio, que incluye lo mismo al capitalismo que al socialismo en el contexto de la guerra fra. Pero aqu surge otra cuestin: es global, ciertamente, pero las emisiones surgen en los centros industriales del norte y la padecen las periferias del sur.

El llamado ambientalismo surge de los efectos negativos de estos centros industriales, con su propio lenguaje, su propia cultura y sus propios supuestos tericos y prcticos. Desde la perspectiva del ltimo siglo (justo cuando nos volcamos a la depredacin de los hidrocarburos), el ambientalismo result una respuesta a los efectos negativos de este proceso civilizatorio; pero cuando hoy hablamos de las grandes mayoras excluidas del planeta, afirmamos que son ellas mismas efecto, y no causa, de los problemas de corte ambiental. Sin embargo, por ser justamente herederos de una tradicin extractivista de ms largo plazo y con ms profundos problemas, debemos argumentar con nuestras propias herramientas tericas desde estas otras vctimas (aquellas en el extremo de los efectos negativos dentro de la contingencia ms adversa) en trminos de posibles soluciones prcticas. Argumentamos, por tanto, contra el exceso de formalismo de la mayor parte del pensamiento nor-occidental que descuida la parte material y con ello no slo se muestra incapaz de dar respuestas lcidas y oportunas a los problemas mundiales, sino que hace ambiguos los conceptos como el de sustentabilidad, con la finalidad de mitigar, pero no transformar a fondo, las relaciones de dependencia desmesurada entre los pases (o regiones) ms industrializadas y las ms desfavorecidas.

Entre otras razones, por esta cuestin aventuramos hablar de tica ecolgica que no niegue lo ganado por la tradicin ambientalista, pero que recupere la experiencia de cinco siglos de colonialismo, dado que en la inmensa escala humana, los primeros que sufren los efectos negativos de cualquier sistema histrico, son los ms vulnerables porque se encuentran fuera de la consideracin poltica, en el olvido social, y como sobrantes en el sistema econmico; a menudo identificados con una clase social (campesinos), una situacin de gnero (mujeres y nios), una etnia (indios, bantes, pueblos originarios, etc.) en condicin geogrfica desventajosa (el bloque latinoamericano) con respecto a la tambin ambigua globalizacin.

 

Dignidad y valor ecolgico

Debemos comenzar con una precisin. Hay aspectos de la vida que se descubren slo hasta que son negados, o perdidos. Se des-cubre lo que se en-cubri previamente. Se en-cubre lo que no se usa, de la misma manera que el polvo cubre un objeto olvidado en una mesa. En este caso, el tiempo y el aire lleno de polvo hacen su parte, hasta que los des-cubrimos, quitndole el polvo. La prdida del color de las paredes de una casa, por ejemplo, se va deteriorando tan lentamente que no la alcanzamos a percibir. Es un proceso muy largo comparado con la agitacin de nuestra vida diaria. Es tan evidente y sin embargo, queda en-cubierto en el da-a-da. La dignidad se des-cubre slo desde la negacin: ya estaba ah, siempre ha estado ah, pero cuando nos sentimos no-considerados es cuando surge, como un recuerdo repentino, que debemos afirmarnos en nuestra dignidad. Nos sentimos des-valorados; pero dignidad no es lo contrario a des-valorado, porque dignidad y valor no son lo mismo. Aclaremos esta cuestin. Dice Dussel:

 

El trabajo vivo [el ser humano] no tiene valor, tiene dignidad, no es un medio y ni siquiera un fin: pone fines. []. La vida humana, el sujeto vivo ni tiene valor ni tampoco derecho a la vida. El sujeto humano viviente tiene dignidad y en tanto tal funda todos los valores, aun los ticos, y todos los derechos. (Dussel, 2007:143)

 

Para nosotros, el ser humano no tiene dignidad, es digno. No la tiene porque no es algo atribuido, como el valor; ms bien, advertimos que la dignidad es un aspecto de la vida. Dice Jonas: Me pongo algo como fin porque lo considero valioso, o lo considero valioso porque a mi menesterosa naturaleza le est ya puesto como fin antes de cualquier eleccin. (Jonas, 1995:151). Es decir, no se elige tener fines, tanto ms cuanto estn referidos a las necesidades materiales bsicas, a las que no podemos sustituir, ni elegir. En trminos materiales, se trata de un aspecto cualitativo por el simple hecho de estar ya dados en la naturaleza, como nuestros constituyentes materiales bsicos, sin negar variaciones biolgicas. La naturaleza misma ya est dada tambin; nadie cre un rbol: slo los reproducimos en el lento aprendizaje de la agri-cultura, en tanto vnculo orgnico entre los vivientes humanos y no-humanos. Los vivientes, en su totalidad, ya estn dados de antemano, lo que quiere decir es que no fueron creados por nosotros. Nos encargamos de la reproduccin y del acrecentamiento cultural, en el caso de los vivientes humanos, pero nada ms. La naturaleza y nosotros, somos dignos. Lo digno es venerado, respetado, sacralizado. Adems, somos fundamentos de todo valor. No tenemos valor porque ste sera una cantidad infinita que se diluye en lo cualitativo.

En las comunidades indgenas, en los ahora llamados pueblos originarios, se suele hablar en trminos de propiedad de la comunidad. La tierra, por tanto, no tendra un valor cuantitativo como desde nuestra perspectiva. La Tierra (con maysculas) es un objeto que deviene sujeto en las comunidades ms arraigadas del planeta, y, por esto mismo, reclaman que sea considerada como alguien, casi en el mismo estatuto de una madre porque es creadora, ofrece de comer, es parte del gozo de la vida pero tambin sufre y comunica su sufrimiento. Desde esta perspectiva, no tiene sentido vender o comprar la Tierra, porque es considerada como algo/alguien digno, herencia desde tiempos inmemoriales. La Tierra, la Pachamama, Gaia, es venerada. Frente a esta postura, es irracional pensar que los vivientes en conjunto (humanos, o no) tienen valor. Dice Rigoberta Mench (1998:43-44): Miren, si ustedes ofrecen [dinero en tanto valor en un sentido cuantitativo] para mi rescate [en un secuestro], me estaran ofendiendo para siempre porque mi dignidad no se compra ni se vende con todo el dinero del mundo. El viviente no tiene valor: es digno;

 

La ruptura antropolgica

Los periodos temporales de la evolucin natural contrastan con los de la evolucin humana; esto supone la trascendencia del medio fsico para los organismos ms bsicos de la vida. Se trata de una clave de transformacin, en tanto capacidad productiva, fabril, porque las cosas son sacadas de su contexto fsico para ser constituidas como cumplimiento de la continuidad de la vida humana. No obstante, son parte de una misma evolucin: primero, el medio determina materialmente al viviente humano; pero despus, el viviente humano se im-pone su existencia, determinando al medio. La estrategia adaptativa es su capacidad de construir sus propios medios para superar su entorno.

La especie humana reconoce su posibilidad de trascender en un doble momento de su existencia material: como subjetividad corporal, reconoce la utilidad de entes (cosas) orgnicos, en tanto no-culturales an, sin mundo; como subjetividad carnal, viviente con cultura, trasciende hacia la produccin de lo que necesita, lleva a cabo la culminacin de productos que, en tanto fabricados para realizar actividades cada vez ms complejas, le permiten transformar el medio fsico en medio cultural, en trminos de la preservacin de la vida.

Una de las mayores rupturas, posterior al neoltico e inmediatamente anterior a nuestra poca, es la mquina porque supuso nuevas configuraciones materiales debido a la extraccin desmedida de combustibles fsiles. El uso extendido (planetario) y el uso intensivo (llevado al extremo) tuvo como consecuencia la reorganizacin de la geo-poltica a nivel mundial, que hoy reconocemos en nuestra propia sociedad como una reconfiguracin natural, como resultado de varios siglos en el drama humano.

En lo cotidiano, experimentamos formas cada vez ms sofisticadas de realizar operaciones que suponen infinidad de relaciones sociales, econmicas y polticas. En esta realidad reconocemos una diversidad de utensilios, herramientas, mquinas, aparatos, artefactos en general; en suma, una serie de mediaciones para alcanzar los fines propuestos. As planteado, no existe el conflicto, porque todo tendera a lograr el fin elegido, en trminos de ciertos medios que lo permiten. Se trata de la racionalidad instrumental que decide la relacin medio-fin. Pero como habamos visto, todo sistema histrico, institucin o acto, no es perfecto, porque las actividades humanas que le otorgan su razn de ser, tampoco lo son. Dejado a su propia suerte, en el largo plazo, el sistema histrico sufre un desgaste que si se descuida, puede subvertir la relacin medio-fin, como empricamente acontece aun sin darnos cuenta. Es necesario, por tanto, reorientar las actividades humanas en trminos de la continuidad de la vida.

Todo acto humano tiene como ltima instancia posibilitar la vida. Existe una voluntad de permanecer en la vida, para lo cual el viviente humano convendr las estrategias de adaptacin ms eficaces. La reproduccin debe ser el fundamento del mero establecimiento del medio-fin; y, como tal, debe orientar los medios para el logro de la continuidad. Pero la vida humana, dada la ruptura antropolgica desde el medio fsico que supone, no slo es reproduccin: hay crecimiento, un desenvolvimiento de las capacidades culturales.

 

Valor ecolgico

Para Marx, el acto de producir es el acto de poner al objeto ah, a la mano. Es hacerlo disponible cuando no se encuentra en la naturaleza como lo necesitamos. En la interpretacin humana de la naturaleza se encuentra todo lo disponible para la vida; es decir, todo se despliega ante nosotros como posibilidades para vivir. Pero aquello que no satisface culturalmente lo que necesitamos, lo podemos elaborar a partir de la intervencin humana sobre la naturaleza, tomando en cuenta dos aspectos de ella: el aspecto cualitativo se llama valor de uso; mientras que el aspecto cuantitativo, se llama valor de cambio. El valor de uso es el momento en que un elemento de la naturaleza es til-para algo, referido a la necesidad humana; su utilidad es la cualidad portadora, en tanto que cumple una funcin, pero no es el elemento natural mismo.

Independientemente del sistema histrico del que se trate, el valor de uso es la riqueza de la naturaleza por el hecho de ser mediacin; es decir, el valor de uso es mediacin funcional entre la naturaleza y el ser humano.

Un valor de uso es un producto material apto para satisfacer necesidades humanas, de cualquier tipo que estas sean, y cuyo acceso o carencia decide sobre la vida (disponerlo) o la muerte (no disponerlo). []. Es condicin material de posibilidad de todo proyecto humano especfico. (Hinkelammert, 2014:45)

 

Pero para producir valor de uso, no basta la produccin; es necesario, pensarlo como una parte del complejo engranaje de la sociedad. Un valor de uso que se produce para los otros, es un valor de cambio; es un valor de uso social, lo cual supone un posible intercambio dentro de un sistema histrico en concreto que puede ser trueque, dinero, mita, entre otros.

La escisin de una cosa, en tanto elemento de la naturaleza, en valor de uso y valor de cambio, no es suficiente desde la perspectiva de los nuevos problemas que ahora nos obligan a pensar con mayor discernimiento. Al respecto, Dussel ha propuesto dos cuestiones:

 

Las cosas reales tienen dignidad [], son valores ecolgicos (VE) que pueden producir valores de uso (VU) (natural o producido, tanto materiales como culturales, estticos, etc.). El valor de cambio (VC) o econmico slo es tenido por los productos humanos fruto del trabajo. (Dussel, 2007:151)

 

De esta cita se desprenden dos cuestiones: la primera hace relacin con una nueva escisin metodolgica del valor de uso, ahora en valor de uso natural y valor de uso producido. En la segunda, propone un nuevo concepto: el valor ecolgico. Veamos la cuestin con mayor detenimiento.

En tanto portador material del valor de cambio, el valor de uso es fundamento de toda economa posible. Esto es as, en virtud de que sin el valor de uso, no habra posibilidad de intercambiar nada; en otras palabras, no habra economa; slo consumo directo entre un sujeto necesitado y un elemento de la naturaleza que satisfaga la necesidad. Podra tratarse de la dinmica cazador-presa que se cumple para los animales; pero, para los vivientes humanos resulta reduccionista porque los humanos intervienen la naturaleza para transformarla y crear algo ms que trasciende a la naturaleza intervenida para finalmente convertirla en cultura. Esta escisin es fundamental, porque se trata justo del trnsito de la naturaleza hacia la cultura, en tanto aspecto de la vida que es exclusivamente humano. Esto supone un trabajo abstracto.

La rama de un rbol puede ser usada como lea para una fogata. En este sentido, bastara con recolectar las ramas y apilarlas para convertirlas, en el momento de arrojarlas al fuego, en lea. La distincin entre una situacin y la otra, es que la fogata es un incendio controlado; es decir: est pensada para acotar, limitar, restringir lo necesario para el ser humano en un tiempo especfico, razn por la cual decimos que es controlado. En trminos filosficos, el ser de este elemento natural cambia (de rama a lea); y lo hace por medio del ser humano. En este simple trnsito, decimos que el humano interviene la naturaleza y la transforma, de valor de uso natural (rama) a valor de uso producido (lea). Este proceso es muy simple pero ilustrativo; avancemos con el mismo ejemplo del rbol.

El valor de uso producido surge de la necesidad de transformar cualquier elemento natural en objetos cada vez ms elaborados. Apilar o echar al fuego, como en el caso de la lea, podra ser una actividad muy simple, en parte como la del castor. Una telaraa, un nido, o inclusive un instrumento, como el palo lamido que usa el oso hormiguero para que se peguen las hormigas que no estn al alcance y posteriormente comrselas, son ejemplos de actividades que podran no ser exclusivamente humanas. Sin embargo, no las consideramos trabajo, dado que no tienen el grado de elaboracin que suponemos en otras actividades. Por esta razn, Marx llam a este trabajo ms elaborado, como trabajo abstracto, mismo que supone proyeccin terica que no tendran los animales, aunque exista en ellos, la previsin mnima para intersecar a una presa en vuelo, hacer nudos simples en un nido, etc. Es una distincin fundamental para los argumentos antropocntricos, como decididamente asumimos el nuestro.

Es el caso de la transformacin que sufre un rbol: la rama (valor de uso natural) es convertida a lea, o tabln (valor de uso producido), pero tambin puede adquirir otros usos ms elaborados, como por ejemplo, un mueble. Tambin como un valor de uso producido, adquiere el aspecto de valor de cambio; pero, por lo pronto, nos interesa pensarlo ahora slo como un objeto que necesita una cierta proyeccin previa. En efecto, para que la transformacin culmine desde la rama hasta el mueble, se necesita atravesar una gradacin inmensa de mediaciones para culminar en mueble.

La distincin temporal es importante. No es lo mismo lo producido (el rbol) que lo por producir (el mueble). Esto supone una sola direccin en la evolucin humana. El problema no es la conversin alqumica de algunos elementos, sino la imposibilidad de ir en contra de la evolucin, confundiendo la causa y el efecto: de la extincin de elementos vivos (como especies) y no-vivos (los hidrocarburos) durante nuestro proceso civilizatorio, seguramente surgirn muchas otras, pero algunas de las que hicieron posible nuestra existencia ya no estn aqu y ahora. De hecho, han desaparecido ms especies de flora y fauna en las ltimas dcadas que en toda la historia del homo sapiens. La tasa de consumo de los valores de uso ha sido mayor que la de regeneracin de la naturaleza; de manera que la amenaza que enfrentamos hoy en da es la posible destruccin de la base de la vida. El valor ecolgico, por tanto, surge de la necesidad de distinguir el valor de uso natural que tiene posibilidad de ser intervenido por el viviente humano, y del que no tiene esa posibilidad. Nadie invent un rbol, o las molculas de agua, de la misma manera que nadie invent al humano, al menos desde una perspectiva secularizada del asunto. Ya estaban creados, ya estaban dados desde el surgimiento del viviente humano (en cualquier tradicin cultural, ya sea semita, o evolucionista, por ejemplo). El valor ecolgico es un atributo, ciertamente, pero es un valor infinito que se diluye en lo cualitativo de la dignidad. En estricto sentido podramos hablar de dignidad ecolgica, para no confundir los trminos; pero optamos por dejarlo as, a falta de una mejor terminologa.

Por qu sera tan importante esta distincin? Porque es absolutamente necesaria para el funcionamiento de la naturaleza misma. La capa de ozono atmosfrico que se localiza a ms de 30 km de altura, es una capa protectora de los rayos ultravioleta que daan algunos elementos vitales (en el sentido amplio) de la superficie terrestre. Es inasequible a la experiencia humana; de hecho, es invisible y sin embargo, es absolutamente indispensable para la continuidad de la vida en la Tierra. Supimos de ella desde el siglo XIX, pero nos fue significativa su presencia, debido a los efectos de su agotamiento, en la segunda mitad del siglo XX. En tanto ser vivo, el planeta Tierra tiene una dinmica que gradualmente hemos ido conociendo en trminos no solamente de un conocimiento supuestamente desinteresado, o meramente contemplativo, sino ms bien, de la premura de los daos y consecuencias negativas para la vida.

El valor ecolgico del que hablamos, en tanto aspecto adventicio que desde nuestra perspectiva otorgamos a la totalidad viviente, es fundamento de todos los otros valores, en este caso infinito; atribuyndole significancia a todos vivientes y al cosmos en general. Ya no slo hablamos de ser fundamento de toda economa, sino de toda vida, si por ellos entendemos que la ecologa es una economa permanente. (Rootes, 1999) Decimos fundamento en el sentido de ser la base de donde surge toda dinmica de lo vivo que hay en la Tierra. Si se daa, o falta una de sus partes, todo lo dems funciona mal, o se encuentra amenazado. Se trata no solo de los elementos vivos, sino de aquellos que promueven la vida en cualquiera de sus formas, como los elementos qumicos que, aislados, solo producen molculas; pero cuando stas se combinan y surge la vida, hablamos ya de posibilidades mayores de formas de vida a partir de elementos no-vivos. El valor ecolgico de ellos, viene de su significancia para la vida, y prcticamente todo lo existente juega un papel fundamental.

Valor simblico

El criterio de los valores exige introducir temas que quiz no sean nuevos pero que siempre pueden ser conflictivos, debido a la diversidad de perspectivas que se tienen. Dice Leff,

 

La controversia entre la racionalidad econmica y la racionalidad ambiental en las perspectivas del desarrollo sustentable, llevan a contraponer a la lgica del valor de cambio de la ley estructural del valor- una racionalidad productiva fundada en valores-significados. (Leff, 2004:43)

 

En efecto, siguiendo parte de su argumento, la cuestin que suele faltar, o podramos advertir inclusive que se trata de una omisin intencional de parte de las teoras de moda, es la articulacin de la teora de los valores con la interpretacin cultural, no slo ecolgica.

En el ejemplo que usamos para explicar las categoras anteriores, partimos de un rbol. Ahora, siguiendo con l, debemos aventurar otras categoras; pero, no desde su utilidad, sino desde su significado cultural. La utilidad est vinculada a los intercambios econmicos, mientras que el significado cultural generalmente se deja de lado, dado que el anlisis econmico a menudo reduce la vida social a lo econmico. En este mismo sentido, lo ecolgico queda como un mero subconjunto de lo econmico, cuando lo que tratamos de postular aqu es justo lo contrario: lo ecolgico debera de abarcar lo econmico, como una de sus sub-disciplinas. No quisiramos caer en el mismo reduccionismo con la cuestin cultural; sin embargo, podemos empezar afirmando que el valor simblico se encuentra en cada uno de los otros valores. Dice Echeverra:

 

Producir y consumir objetos [materialmente, aclaramos] es producir y consumir significaciones. Producir es comunicar, proponer a otro un valor de uso de la naturaleza; consumir es interpretar, validar ese valor de uso encontrado por otro. Apropiarse de la naturaleza es convertirla en significativa. (Echeverra, 1998: 181-182)

 

Supongamos primero el mueble de madera. Est de ms decir que se trata de arte, por simple que sea, una mesa, o una silla, es producto humano que contiene una cierta elaboracin que supone un diseo previo, por escueto que sea. Es valor de cambio en la medida que es intercambiable por algo equivalente; tambin es valor de uso producido, dado que supone la intervencin humana para producirlo. Todo lo que la constituye, colores, formas, ensambles, entre otros, son parte de la apreciacin muy particular de una cultura; pero para ninguna significar lo mismo. Y sin embargo, la mesa es un objeto domstico que se le encuentra casi en todos lados con la misma funcin. Pero, desde la perspectiva cultural, usar una mesa de plstico ya no es lo mismo que una de madera. Y esto es as, porque un artefacto dice mucho de nosotros: nos ubica en una posicin social, expresa algo que queremos decir, habla de nuestro estado de nimo, nos pone en un contexto particular, entre muchas otras cosas.

Hoy en da, por ejemplo, llamamos rstico a un cierto estilo domstico que incorpora elementos de la naturaleza y subraya lo artesanal para desprenderse de lo industrial. Una mesa rstica tendr defectos marcadamente visibles (versus la homogeneidad de la produccin en masa), adems de evidenciar que est hecha del pedazo de madera entero, el tabln completo. Para un segmento enorme de la poblacin que vive con estilo occidental de vida, no es posible sostener una casa con este tipo de muebles, dado que son sumamente caros; de manera que, en su mayor parte, se usan de algn material ya no natural, sino producido con muchas mediaciones.

El significado que tiene esto para la cultura, es inmenso, porque vivimos entre los productos en base a petrleo, que suponen una cadena enorme de mediaciones tecnolgicas para sustraerlo y llevarlo a casa, aunque econmicamente ms barato. Ya desde aqu podemos advertir que estamos privilegiando el valor de cambio contra el valor de uso. Como primera aproximacin, an sin ser conclusivo, en conjunto, el capitalismo (el socialismo de corte sovitico lo hizo en sus propios trminos) es profundamente extractivo del valor de uso pero en trminos de un valor de cambio excesivamente encarecido. Pero, cmo se logra la magia de tener ganancias exorbitantes con insumos relativamente bajos, casi regalados? En parte, con el valor simblico.

Parece contraproducente, pero todava en nuestras sociedades, al automvil sigue siendo un objeto que otorga nivel social a quien lo maneja. Pero claramente es una posicin ficticia. Lo mismo acontece con la ropa o el smartphone. Por la cantidad de empleos que genera, las utilidades, o la necesidad sentida de la poblacin, los autos siguen siendo la referencia por excelencia del status quo de nuestras sociedades y desde luego, de la economa misma. En otras palabras, el valor simblico que tienen los autos lo vuelven un bien casi irresistible aun para las clases bajas de casi cualquier poblacin. Podemos definir el lujo en los trminos de la teora de valores que esbozamos: es un objeto con altsimos valores de cambio y simblico. Y hay quien sostiene que con los lujos sobrevive el capitalismo (Sombart, W., 1928), de manera que el sector productivo que quiere tener ganancias seguras y rpidas, producen bienes y servicios de lujo simplemente por su valor simblico, porque no necesariamente supone valor de uso natural, como las joyas, o el lino en la ropa, sino valor de uso producido barato, como el plstico. Se dice, que para los productos en general, la marca es lo que cuenta, independientemente de su calidad. Bien visto, se trata de una centralidad del valor de cambio y del valor simblico que pierden su referencia al valor ecolgico, en ltima instancia. Pero este valor simblico tiene un sentido distinto cuando se le observa desde otra cultura, como veremos a continuacin. Avancemos hacia el contradiscurso.

 

Del olvido de la modernidad al surgimiento desde la globalizacin

La tica ecolgica crtica se centra en las condiciones de posibilidad absoluta de los vivientes en su totalidad, sobre todo en los vivientes humanos en situacin de extrema vulnerabilidad y en las generaciones futuras. Nuestro tema no slo son los aspectos nuevos del dao de la naturaleza, sino la exclusin de la mayora pauperizada en un medio devastado; y esto, ha existido siempre de muchas maneras. El distintivo de nuestra poca es el nivel global, donde se tocan los problemas de dominacin humana con la devastacin de la naturaleza, ambas vctimas de una sola unidad orgnica, material.

Hasta aqu, no debera sorprendernos que la mayora de los grandes proyectos de extraccin de energticos en el mundo, tengan vnculos con la poblacin ms vulnerable que ha quedado al margen de la modernidad. Me refiero a los indios en Amrica Latina, pero tambin muchos de los pueblos africanos y asiticos. Por parte de las empresas trasnacionales, se trata de llegar a los ltimos lugares fsicos donde no haban tenido acceso previo, para incorporarlos al circuito de la economa extractivista, que en ltima instancia llamamos recurso natural, materias primas, commodities, capital natural, etc. No es casual que justo en estos lugares, habiten estos mismos pueblos. Viven ah, porque desde tiempos inmemoriales se les fue relegando a la marginalidad geopoltica, hasta construir sus comunidades en los sitios ms remotos. En este mismo proceso, tambin se transformaron en condicin de posibilidad de la globalizacin: se trata del esclavo, de la mano de obra, del jornalero, el trabajo vivo, como categora fundamental para Marx, etc. Tanto al humano como a la naturaleza, se les ha reducido a mera utilidad para el incremento del capital, anulando su forma de organizacin comunal y reduciendo su cultura a la sumisin.

Como hemos mencionado, desde hace cinco siglos surgen los aspectos negativos de la modernidad, donde el amerindio qued encubierto en el largo proceso que hoy llamamos globalizacin. Hasta el da de hoy, el indio sigue siendo un sujeto negado (en su dignidad) dentro de la misma cultura a la que le da sentido. Entre ambigedades y distorsiones, el hecho es que ha sobrevivido, prcticamente como un refugiado dentro de su pas pero en los lugares ms inhspitos de cada regin. Este hecho no es causal: el avance de la civilizacin no ha sido capaz de otorgarles un lugar en la sociedad, pero s ha requerido de sus tierras y de su trabajo. Se trata de un despojo donde la debilidad del estado, o su inexistencia, se hace patente; pero que queda sustituida por el mercado.

La dinmica que mueve estas reas en eterno conflicto, llega a su lmite con un argumento muy simple: desde la perspectiva del poltico-empresario, el indio no es capaz de aceptar el progreso y se automargina. Desde la perspectiva del indio, aquellos no respetan el sentido de comunidad vinculada a la madre-tierra. Los argumentos podran no ser irreconciliables en la teora; sin embargo, en la prctica, se han radicalizado hacia los extremos debido a su irresolucin histrica desde tiempos inmemoriales. Hemos visto, no sin lamentarlo, que algunos personajes de la lite poltica y empresarial (hablo en el caso de Mxico) han llegado a cuestionar los argumentos de los indios cuando, en su calidad de ciudadanos con ttulos comunitarios para habitar las tierras, reclaman frente al despojo cotidiano; inclusive ha pasado que llegan a la burla con un cnico suena muy romntico, como nica respuesta poltica a sus demandas. En este punto, cuando en el mejor de los casos se ha llegado a un dilogo, siempre aparece como irreconciliable. Ya con lo ganado en la teora que acabamos de esbozar, quisiramos aventurar un contra-argumento a este cinismo que surge reiterativamente ahora que en el contexto mexicano de reforma energtica, estos temas se tratan con un nuevo lxico que encubre y evade los problemas ms profundos de nuestra cultura.

Partamos, entonces, del valor simblico que resuena en las narrativas simblicas de los pueblos originarios americanos. Hablemos del caso concreto del maz. A nivel estrictamente comercial, como producto con valor de cambio, esta semilla no es rentable; mucho menos si se le produce con tcnicas tradicionales y para autoconsumo, como es el caso en su lugar de origen: el centro de Mxico y parte de centroamrica. Entonces, por qu es tan importante para la cultura en esta regin de Amrica; la respuesta es porque gana el valor simblico (en otro sentido al anterior ejemplo del mueble) sobre el valor de cambio. Ubiquemos el problema desde la perspectiva de los valores.

 

Un argumento a favor de los pueblos originarios desde el valor simblico

El vnculo que existe entre el viviente humano y la naturaleza no slo es interpretativo (terico, contemplacin, meramente paisajstico), sino productivo, intervinindola con el trabajo, desde la interpretacin terica, meramente contemplativa, o desde la transformacin completa.

El trabajo supone que hay una identidad entre el sujeto y el objeto. Centrado en lo humano, ste se objetiva (cuando in-corpora la naturaleza dentro de s) y el objeto se subjetiva (lo humano imprime su forma al objeto). El cumplimiento de las necesidades implica un proceso de actualizacin perentoria dentro del medio natural (comer, vestir, descansar, etc.), pero simultnea y perentoriamente, en el medio social (mediante la comunicacin y la recreacin social continua, cotidiana). Su actualizacin dentro de la naturaleza responde a la necesidad material de in-corporar (meter al cuerpo) valores de uso naturales, como una manzana: a la que hay que intervenirla mnimamente para ingerirla. Pero anlogamente, este fruto, como cualquier otro objeto de la naturaleza, puede ser contemplado con un cierto gusto esttico, reconociendo los smbolos de su cultura. Lo mismo acontece para un ro, un rbol, o cualesquiera elementos de la naturaleza. No se trata de una identificacin ingenua: es un reconocimiento de que la naturaleza y nosotros como especie, somos lo mismo; o, en todo caso, nos necesitamos no slo material, sino culturalmente. Es una necesidad cultural que tiene referencia a la pertenencia del lugar, tiene un vnculo muy profundo e inconsciente de arraigo. Somos lo que comemos, pero no nos reducimos a ello. Somos maz porque comemos maz, pero no nos reducimos a ser maz: inventamos el culto en torno al maz recrendonos con los Otros (la comunidad) y lo Otro (la naturaleza), como en la bien conocida obra sincrtica del Popol Vuh.

En efecto, los pueblos mesoamericanos se congregan en torno al maz. Las narrativas simblicas hacen referencia a la cosmogona segn la cual, los humanos fueron creados ya no de la arcilla (como las cosmogonas de otros lugares), sino del maz. De manera que el valor simblico del maz, resultado de la recreacin material (de la produccin milenaria), los identifica en una sola unidad cultural. La pervivencia (fsicamente) del maz va de la mano con la sobrevivencia (culturalmente) del que lo trabaja: del pueblo mesoamericano en su conjunto. Lo mismo podemos decir sobre el peyote para el pueblo wirrrika, o la hoja de coca para los cocaleros del altiplano andino, el arroz para los chinos, etc. Cada pueblo tiene un elemento de la naturaleza con el que se identifica porque es interpretado como origen y destino en la cultura.

Desde esta perspectiva cultural, es irracional el valor de cambio para algo que le otorga sentido cultural a una comunidad: no importa que no sea rentable, lo verdaderamente significativo es la reproduccin de la vida junto a la madre-tierra (o la pachamama en los pueblos suramericanos). Y, a la inversa, desde la perspectiva exclusivamente mercantil, el valor simblico para esta semilla, este cactus, o esta hoja, es irracional; sobre todo si se trata de una semilla tradicional, autctona, sin valor tecnolgico agregado, como se le suele llamar a cualquier incorporacin biotecnolgica. El Mercado decidira si vale la pena conservarla: si no es competitiva, no merece existir; y si esto es as, tampoco vale la pena conservar al pueblo que la cultiva. Esta situacin no nos es ajena: en toda Amrica Latina, el campesino (identificado con los pueblos originarios) que siembra productos con alto valor simblico, es un grupo social que permanece en una situacin de resistencia inevitable frente a las polticas pblicas del estado donde se encuentra, al grado de identificarse como el adversario natural.

Pero si el humano es lo que come, cmo interpretar las semillas transgnicas? Hay muchas variedades de semillas transgnicas; aqu nos referimos a la tecnologa terminator, que son plantas que han sido manipuladas genticamente para volver estriles las semillas (Ribeiro, 2002:115); pero adems, se encuentran las traitor que, con el control de la expresin de las caractersticas genticas la meta es lograr que las caractersticas de un cultivo se pueden prender o apagar al aplicarle un qumico determinado. (Ribeiro, 2002:116) Si los pueblos mesoamericanos hacen todo lo posible por re-crear en sus narrativas la significancia de sus plantas, animales, montes, astros, y dems; y se actualizan materialmente con la agricultura (cultura de la tierra), es porque sienten la necesidad cultural de permanecer en la vida con su comunidad. Si, por el contrario, una cultura no ve ya sentido de vivir, deviene suicida culturalmente; as, las semillas transgnicas[5]: algunas de ellas no se reproducen con el fin de maximizar el valor de cambio y anular tanto el valor ecolgico como el valor simblico. sta, est orientada en contra de la vida, no solo de la semilla misma, sino del campesino organizado que la cultiva.

Se trata de una cultura de la desesperanza[6], donde se crea la sensacin de vivir resignadamente sin opcin a cambio, toda vez que estara cubierta toda necesidad material con la tecnologa y el capital que supone. Con la semilla transgnica se cierra el crculo vicioso del apocalipsis iniciado por la misma cultura de la desesperanza: despus de haber destruido las bases materiales de la vida, la mejor solucin ser la semilla a-histrica, pos-apocalptica: la transgnica que resiste todo para ser expresin de nada, la que se halla frente a la cultura de la esperanza, frente a la vida comunitaria, frente a la posibilidad de las generaciones futuras.

Comentarios finales

Una manera de afirmarse en la vida es poner al valor ecolgico en la base material de todos los dems valores; en otras palabras: debemos situarnos en la dignidad de la totalidad de los vivientes para interpretar la realidad y considerar la orientacin adecuada para su posible transformacin. El valor simblico, por su parte, deber ser un atributo humano que contribuya a la orientacin, ciertamente utpica, de la abundancia material, al gozo y la satisfaccin de las necesidades humanas.

Sin negar ningn sistema econmico histrico, el valor de cambio no puede anular el valor ecolgico (como la semilla con tecnologa terminator) con el solo fin del lucro mximo, aunque se destruyan las bases materiales de la vida. Tampoco se trata de un regreso a la cuevas, que supondra anular al valor de cambio para quedarse solamente con el valor ecolgico. Deber haber un punto medio donde se equilibren los valores: la razn entre el valor ecolgico y el valor de cambio, es directamente proporcional a la razn entre el valor de uso natural y el valor de uso producido.

Esto garantizara que todo lo producido es un producto para la vida; no como un arma que puede ser muy rentable para una economa, pero que es un producto para la muerte. La semilla transgnica parece un producto configurado (valor simblico) para ser un arma de destruccin masiva. Si la utopa de la semilla transgnica es el suicidio, nuestro imperativo tico es reconocer la dignidad de la semilla ya dada en la naturaleza, para recuperarla como base de la vida; de manera que al reproducirla perentoriamente, nos proyectemos en el largo plazo, hacia las generaciones futuras.

 

Recibido 15 12 - 2014

Aceptado 30 12 - 2014

 

Bibliografa

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Resumen

El texto que ahora someto a la opinin del lector, consta de tres partes. A manera de punto de partida terico, la primera trata de plantear la distincin entre dignidad y valor; para plantear inmediatamente despus, que la base de la vida material es el valor ecolgico, o dignidad ecolgica, incuantificable y lleno de significados culturales. Por ltimo, consideramos el caso del maz, en tanto semilla que simblicamente es parte de la materialidad de la cultura mesoamericana; contrastndola con la semilla intervenida genticamente. En todos los mbitos de la vida humana en comunidad afirmamos el uso y la dignidad de la semilla autctona para proyectarnos hacia las generaciones futuras.

 

Palabras clave: valor ecolgico, valor simblico, ecologa, vida material, dignidad.

 

 

 

Abstract

The text now submit to the reader's opinion, it has three parts. As a theoretical starting point, the first is raising the distinction between dignity and worth; to raise immediately after that the basis of material life is the ecological value, or ecological dignity. These are unquantifiable, and full of cultural meanings. Finally, we consider the case of maize seed is as symbolically part of the materiality of Mesoamerican culture; contrasting it with the genetically intervened seed. In all areas of human life in community use and we affirm the dignity of native seed to project to future generations.

 

Keywords: ecological value, symbolical value, ecology, material life, dignity.


 

 



* tellezfabiani@yahoo.com

[1] Una ambigedad que ya habra de trascenderse es la de sustentabilidad (Naredo, 1996).

[2] Se podran distinguir al menos seis tipos de argumentaciones; a saber: antropocntricas, religiosas, patocntricas, biocntricas, fisiocntricas, y metafsicas. Se trata de una de muchas posibles clasificaciones; sin embargo, as enunciadas pueden ayudar a la mejor comprensin de nuestro tema. (Gmez-Heras, 2002:16-15) Para Jacorzynsky, recuperando el tema que nos concierne, dice que la mayora de las ticas ambientales slo consideran el valor intrnseco e instrumental. (Jacorzynsky, 1998)

[3] Dussel, 2006.

[4] La capa de ozono atmosfrico se encuentra fuera de la biosfera terrestre, de manera que no es posible percibirla si no es con un equipo que llegue hasta los 30 km. desde la superficie.

[5] El estado de la cuestin material de la contaminacin de razas locales de maz en Mxico, se puede ver en: lvarez-Buylla, E. (2004:181-218).

[6] La negacin de las alternativas opera por medio de la utopizacin de la sociedad dada. Cuanto mayor es esa utopizacin, menos espacio queda para el pensamiento de alternativas. Alternativas que no se pueden pensar, tampoco se pueden realizar. El pensamiento de alternativas solo puede ser controlado cuando la sociedad que niega la posibilidad de alternativas, se presenta como la realizacin virtual de la utopa. El totalitarismo del siglo XX, en todos los casos, ha aparecido en nombre de la utopa realizada en la sociedad que se totaliza. Este proceso lo hallamos en las ideologas utopistas del neoliberalismo de hoy. Hinkelammert, F. (1995:19)

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