¿Pueden los filósofos seguir filosofando de espalda a la ciencia

Cuadernos de Ética, Vol. 30, Número extraordinario “Ética ambiental”, 2015.

 

 

 

 

PINGÜINOS EN EL TRÓPICO:

LECCIONES DESDE LA EPIDEMIOLOGÍA Y LA ECONOMÍA PARA EL FILÓSOFO POLÍTICO

 

 

Julieta Elgarte*

Martín Daguerre**

 

 

En tren de decidir cómo relatar el pasado de la filosofía, quienes creían firmemente en la importancia de mantenerla alejada de las ciencias humanas reconstruyeron el pasado siguiendo la línea que más se adecuara a su propósito (…) se inclinaron por eludir aspectos tales como el detallado informe de Aristóteles sobre la disección de un pulpo, o el interés de Descartes en la óptica y la meteorología, o la concepción que tenía Hume de la historia como “otras tantas colecciones de experimentos” (…). Desde esta perspectiva, los datos experimentales pueden ilustrar verdades filosóficas, pero no suelen proporcionar evidencias de ellas. Cuando los filósofos modernos, ya sean analíticos o continentales, necesitan un relato, lo que suele importar no es si el relato es verdadero, sino si podría ser verdadero.

Appiah, 2010, pp.32-33

 

 

 

 

Buena parte de la actual producción académica en filosofía parece edificarse sobre la premisa de que uno puede abordar los grandes problemas filosóficos con la sola ayuda de los filósofos del pasado y de la propia reflexión, sin que haga falta echar un vistazo a lo que ocurre en los departamentos linderos de economía o sociología, de psicología, epidemiología o neurobiología.

Como señala Appiah (2010), la tendencia actualmente mayoritaria a hacer filosofía de espalda a la ciencia dista de ser una constante en la tradición filosófica y es más bien una novedad. Cabe entonces preguntarse si esta tendencia, compartida por buena parte de la filosofía contemporánea, tanto analítica como continental, representa realmente la mejor forma de encarar los problemas filosóficos o puede dificultar, más bien, el abordaje fructífero de los mismos.

No hay mejor forma de responder a esta pregunta que ensayando el segundo camino y mostrando en la práctica las ventajas de una metodología no aislacionista. Tal lo que pretendemos llevar a cabo en este trabajo. Nos proponemos, en particular, mostrar la relevancia de un conjunto de investigaciones para los debates contemporáneos sobre lo que exige la justicia distributiva y poner en evidencia la falsedad de la antinomia entre sustentabilidad ecológica y bienestar.

Las secciones I y II enmarcarán y presentarán las tres tesis ampliamente aceptadas que nos proponemos criticar. La sección I ofrece un panorama del actual debate sobre justicia distributiva, en el que se inscriben dos posiciones muy influyentes -el suficientismo y el prioritarismo-, que presentaremos en mayor detalle y criticaremos en la sección VI.

En la sección II presentaremos la tesis comúnmente aceptada de que el freno al crecimiento y al consumo –necesario para evitar una crisis ambiental- implicaría fuertes sacrificios en términos del bienestar de los ciudadanos, tesis que criticaremos en la sección VII.

Las secciones III, IV y V expondrán tres conjuntos de investigaciones científicas, que resultan relevantes a la hora de evaluar la plausibilidad de las tesis presentadas en I y II. La sección III repasará las investigaciones del economista Fred Hirsch sobre las economías posicionales y su impacto en el bienestar. La sección IV expondrá los hallazgos de la socióloga Juliet Schor sobre las actuales tendencias en publicidad y sus efectos sobre el bienestar infantil, y la sección V desarrollará los resultados de las investigaciones epidemiológicas de Richard Wilkinson y Kate Pickett sobre cómo el grado de desigualdad de ingresos en una sociedad afecta la calidad de las relaciones sociales y, con ella, la prevalencia de un conjunto de problemas sociales y de salud, que pueden verse como indicadores indirectos del bienestar.

Por último, la sección VIII sacará conclusiones en torno a la importancia de tener en cuenta la imagen de la naturaleza humana que estas investigaciones permiten configurar, a la hora de hacer prescripciones sobre el modo en que debemos organizar nuestra vida en común, o de evaluar los costos y beneficios de distintas políticas públicas.

 

I. La distribución de recursos. El debate en la filosofía política contemporánea

Los debates en teoría de justicia distributiva suelen partir del postulado liberal de que no es legítimo apoyarse en ninguna concepción particular de lo que constituye una buena vida, a la hora de definir las normas que estructurarán la vida social. Esta importante restricción se fundamenta en lo que se conoce desde John Rawls (1996) como el hecho del pluralismo razonable: la (presuntamente) irreductible pluralidad de las concepciones razonables de la vida buena. En una sociedad democrática es natural que las personas difieran en sus concepciones de vida buena, y sólo a través de la tiranía de un gobierno podría establecerse como fin la persecución de una única concepción. Dado que no parece probable que nos pongamos de acuerdo sobre qué constituye una buena vida humana –reza el argumento- no tiene sentido que pretendamos organizar la sociedad de modo tal que todos estén en condiciones de llevar esa vida.

Sin embargo, si bien el Estado no debe participar en la promoción de los fines de los ciudadanos, sí corresponde, desde la perspectiva liberal igualitarista, que distribuya con justicia los medios que todo ciudadano necesita para perseguir sus fines, para hacer efectiva su particular concepción de buena vida. Así las cosas, se busca encontrar un criterio para distribuir las cargas y beneficios de la cooperación social que no se apoye en ninguna idea sobre qué tipo de vida hará felices a los ciudadanos, ya que esto sería privilegiar injustamente una concepción por sobre otras igualmente razonables. La idea es, entonces, distribuir los derechos o libertades formales, las oportunidades y los recursos de una manera que pueda considerarse justa, sin basarse en ninguna concepción particular del bien.

Si nos centramos ahora, en particular, en la discusión sobre cuál sea una distribución justa de los recursos monetarios, y atendemos a las reglas propuestas para la distribución justa de estos recursos, no resulta fácil, como veremos, encontrar defensores de un reparto igualitario. Podemos encontrar semejanzas, en este sentido, entre el debate que se da en el terreno filosófico y el que encontramos en la terreno político.

En el actual debate político en Argentina, es difícil escuchar voces que critiquen el crecimiento económico en aras de una mayor igualdad. Parece haber un amplio consenso en todo el arco político sobre a las bondades del crecimiento económico. Se supone que el crecimiento es lo que posibilitará un mayor consumo (y por tanto un mayor bienestar) para todos los sectores sociales, y particularmente para los peor situados. Mientras la derecha argumenta que la igualdad acabaría con los incentivos y llevaría, en última instancia, a reducir la torta a redistribuir, con consecuencias negativas para todos, los adherentes a un desarrollismo de corte keynesiano celebran todo aumento del consumo –así se trate del crecimiento exponencial de la compra de autos- como índice de un aumento del bienestar y como factor posibilitante de futuros aumentos en la producción, el consumo y el bienestar. La izquierda, por su parte, no se anima a reclamar la igualdad, sino a lo sumo que se garanticen ciertos mínimos a todos los ciudadanos y en ocasiones llega a concebir el ideal a alcanzar como un estado de abundancia en el que los actuales niveles de consumo de las clases media se extiendan a la clase trabajadora.

El debate filosófico en torno a la distribución justa de ingresos y riquezas muestra un panorama similar: tampoco allí resulta fácil encontrar quienes defiendan la igualdad de ingresos. A la derecha, un libertarianismo à la Nozick (1990) admite cualquier distribución que resulte del libre intercambio entre las personas de aquello que poseen legítimamente, un procedimentalismo capaz de legitimar grandes niveles de desigualdad. Igualmente compatible con la desigualdad resulta el utilitarismo, ya que no se preocupa por quién reciba qué, sino por maximizar las utilidades de una sociedad[1]. Pero aun si nos concentramos en quienes consideran que una distribución justa de los ingresos no puede desentenderse de quién reciba qué –y debe apuntar, directa o indirectamente, a lograr algún patrón de distribución- seguirá siendo difícil encontrar defensores de la igualdad de ingresos. Autores de inspiración igualitarista terminan justificando distintos niveles de desigualdad. Tal el caso de suficientistas (como Nussbaum, 2007) y prioritaristas (como Rawls, 2004), dos posiciones que pierden plausibilidad –como mostraremos a continuación- una vez que tenemos en cuenta las investigaciones mencionadas más arriba.

Pero antes de presentar estas investigaciones, veamos otra posición muy difundida, cuya plausibilidad se ve también drásticamente afectada una vez que las tomamos en consideración: la que mantiene que las medidas de moderación del consumo necesarias para garantizar un desarrollo sustentable implican un sacrificio en términos del bienestar de los ciudadanos.

 

II. La pretendida antinomia consumo sustentable-bienestar

La oposición más absoluta a todo intento de reducir los actuales niveles de sobreconsumo de los países ricos –y de los sectores medios y altos de los países pobres- en aras de la sustentabilidad ecológica queda ilustrada por la notoria frase que pronunciara el entonces presidente de los Estados Unidos de América George W. H. Bush en 1992 durante la Cumbre de la Tierra convocada por Naciones Unidas. Frente a representantes de los gobiernos de 172 países, que se habían reunido en Río de Janeiro para discutir alternativas de acción frente a problemas como la contaminación, el uso irracional de los recursos naturales, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, y ante la propuesta de países en vías de desarrollo de incluir en la agenda el consumo excesivo de los países desarrollados, Bush pronunció la frase que aún hoy representa fielmente la postura de su país: “The American way of life is not up for negotiation" (El estilo de vida americano no es negociable).

Pese a esta negativa, la Cumbre de Río fue la primera ocasión en que “los gobiernos reconocieron oficialmente que el modelo vigente de consumo y producción es una de las principales fuerzas que está impulsando un desarrollo insostenible, resaltando la responsabilidad que tienen los países de invertir las tendencias actuales” (French, 2004, p.275). No obstante este reconocimiento, existen fuertes resistencias por parte de los gobiernos a enfrentar, en particular, la cuestión del consumo. Como sostiene French (2004), “una mayoría de los gobiernos prefiere limitarse a hablar de los aspectos productivos del asunto, en vez de abordar cuestiones que afectan a nuestro estilo de vida, que pueden resultar mucho más polémicas” (p.275).

Parte de la resistencia a las políticas que propugnan una desaceleración del crecimiento y el consumo como expediente necesario para evitar una crisis ambiental proviene de la idea de que tal desaceleración implicaría fuertes sacrificios en términos de bienestar. Se supone que producir menos implica consumir menos, y que consumir menos implica satisfacer un número menor de preferencias de los ciudadanos y por lo tanto resignar niveles de bienestar. La idea es que el bienestar se obtiene satisfaciendo preferencias y que un mayor nivel de consumo implica un mayor número de preferencias satisfechas. Reducir la producción y el consumo –aunque sea en defensa propia, para evitar el colapso ecológico que nos espera de seguir en la senda del crecimiento y el consumo desenfrenados- no puede menos, desde esta perspectiva, que significar una merma de bienestar. Terminar la fiesta del consumo antes de que el planeta colapse se presenta –bajo esta luz- como un sacrificio que debemos hacer para evitar males mayores, una amarga medicina que debemos tomar hoy –y de aquí en adelante- para evitar una enfermedad aún más amarga.

 La idea de que el consumo puede tomarse sin mayores riesgos como indicador del bienestar fue objeto de una crítica pionera por el economista Fred Hirsch (1984), en su célebre libro Los límites sociales al crecimiento. Las investigaciones de Hirsch, que presentaremos a continuación, muestran no solamente que no es cierto que todo consumo redunde en un incremento del bienestar, sino que las economías posicionales generan fuertes presiones para realizar consumos que, en la mayoría de los casos, resultarán en detrimento del bienestar de quienes los realizan.

 

III. La competencia posicional y sus efectos: consumo frustrante y debilitamiento de los lazos sociales

El siguiente pasaje de Richard Wilkinson y Kate Pickett (2009) resume bien el rasgo de nuestras sociedades que nos interesa destacar:

 

El economista Robert Frank ha observado el (…) fenómeno [al que] llama “fiebre del lujo”. Conforme aumenta la desigualdad y los muy ricos gastan más y más dinero en artículos de lujo, el deseo de poseer cosas semejantes invade al resto de la escala social, y sus miembros se esfuerzan más y más por mantenerse “a la altura”. Los publicistas se aprovechan, alimentando nuestra insatisfacción y fomentando las comparaciones sociales. Otro economista, Richard Layard, habla de nuestra “adicción a los ingresos”; cuanto más tenemos más creemos necesitar y más tiempo dedicamos a luchar por adquirir riqueza y posesiones materiales, en detrimento de nuestra vida familiar, nuestras relaciones y nuestra calidad de vida. (p.91)

 

Este fenómeno, ya destacado en 1899 por el sociólogo Thorstein Veblen (2004) en Teoría de la clase ociosa, recibió la atención del economista Fred Hirsch, en 1976, en su libro Los límites sociales al crecimiento (Hirsch, 1984). Allí cuestionaba la idea de que el aumento del consumo represente necesariamente un aumento de bienestar o de que el crecimiento pueda ser la respuesta a todas las demandas insatisfechas.

Los límites a la satisfacción de demandas a través del crecimiento se evidencian cuando notamos, como lo hizo Hirsch, que ciertos bienes son escasos en un sentido absoluto, sin posibilidades de aumentar su producción. Son los bienes que se disfrutan en virtud de su escasez misma (por ejemplo, porque confieren estatus, como el vestir ropa de cierta marca, o porque nos dan acceso a algún tipo de privilegio, como el tener cargos jerárquicos). Cuando la demanda se centra en la obtención de este tipo de bienes, que Hirsch denomina posicionales, no es posible satisfacerla a través del crecimiento, ya que la provisión de estos bienes es inherentemente escasa. A su vez, en una economía posicional, muchos bienes no se consumen porque constituyan en sí mismos un aporte al bienestar de quien los consume, sino como medios para lograr en un futuro acceder a un bien posicional. Pensemos en quienes “consumen” carreras de grado y posgrado, congresos, seminarios, etc. como medios para intentar acceder a un cargo de mayor jerarquía. Todos estos consumos (en la medida en que sean meramente instrumentales) no incrementan en sí mismos el bienestar de quien los realiza, ya que son más bien sacrificios que se hacen con vista a lograr un bien futuro (lo que Hirsch denomina bienes defensivos o necesidades lamentables). Pero dado que son muchos los que aspiran a lograr un cargo jerárquico, y puesto que estos cargos son inherentemente escasos, se sigue que la mayoría está destinada a ver frustrados sus deseos últimos, con lo que todos los consumos realizados como medios para lograr el fin no alcanzado, deberán contabilizarse como frustraciones más que como incrementos del nivel de bienestar.

Lo que en muchos casos aparece registrado en la contabilidad nacional como consumo, en realidad no equivale a la mejora de la situación del consumidor en relación con sus satisfacciones principales. Hirsch concluye que no distinguir los tipos de consumo lleva a que las medidas de crecimiento convencionales resulten engañosas, pero para quien está familiarizado con los debates filosóficos sobre justicia distributiva no es difícil ver que la relevancia del análisis de Hirsch excede los límites de la economía, en la medida en que pone en cuestión supuestos básicos de estos debates, como la idea de que contar con más recursos en términos absolutos es siempre mejor, aunque esto implique contar con menos recursos en términos relativos, o se logre a través de un sistema y una cultura que incita a todos a buscar lo que por necesidad lógica sólo unos pocos podrán alcanzar, empujando así a la mayoría a una frustración tan previsible como –dentro de este esquema- inevitable.

La competencia posicional, con su concomitante aumento de necesidades, también contribuye a elevar el costo del tiempo. Se requiere tiempo para poder dedicarlo a actividades que generen dinero y mejoren la posición relativa[2] de uno en la escala de ingresos, para poder satisfacer las nuevas necesidades. Así, la competencia por bienes posicionales no sólo genera frustración, sino que va en detrimento de la sociabilidad, del desarrollo y consolidación de las relaciones sociales valiosas. En efecto, la sociabilidad -las interacciones no comerciales, desde la amistad a actividades solidarias- consume tiempo, sin generar ganancias monetarias. Surge así una presión sobre los individuos para retirar las “inversiones” de tiempo en esta área, que acaba afectando la calidad de las relaciones sociales. A falta de inversiones de tiempo, las amistades y los lazos familiares se van debilitando y las asociaciones no comerciales -como los clubes de barrio- ceden paso a los emprendimientos comerciales -como los gimnasios- que, por ser pagos, nuevamente reclaman más inversiones de tiempo en la esfera laboral.

 

IV. Con una ayudita de los publicistas: la inmersión de los niños en la competencia posicional y sus efectos sobre el bienestar infantil

Estos efectos de la economía posicional son exacerbados por la publicidad, que alienta por sus propios motivos la competencia por bienes que confieren estatus y que en las últimas tres décadas ha concentrado crecientemente sus esfuerzos en los consumidores infantiles. Los resultados son impactantes. Si tenemos en cuenta que la cultura estadounidense es la que mayor influencia tiene en el mundo, no es un dato menor que el 75% de los tweens (franja de edad que va, aproximadamente, desde los 6 a los 12 años) de ese país tenga por objetivo ser rico, ni que igual porcentaje se observe en la India (Schor, 2006, p.25). En Nacidos para comprar la socióloga Juliet Schor (2006) nos cuenta cómo, en la últimas décadas, las empresas publicitarias han tomado como objetivo, de manera cada vez más marcada, a los niños, dedicando ingentes esfuerzos a imponerles un modelo de vida concentrado en ser moderno (cool), consumiendo bienes posicionales.

Los responsables de marketing han definido lo moderno como la clave de éxito social, como el factor determinante para establecer la pertenencia, la popularidad, la aceptación o la exclusión a las que van a someternos los compañeros. Lo moderno debe ser socialmente excluyente, es decir, caro. El mensaje es que para ser “especial” el niño debe tener algo que los demás no tienen. Desde esta perspectiva, vivir de modo austero equivale a vivir como un fracasado.

No sólo el mensaje es éste, sino que los fondos invertidos para su difusión han aumentado enormemente: según los datos recopilados por Schor (2006), en 1983, en EE.UU. se gastaron 100 millones de dólares en publicidad televisiva dirigida al mercado infantil. En 2004: 15.000 millones. No parece haber sido una mala inversión para los anunciantes, a juzgar por los resultados. Los gastos de los menores de entre 4 y 12 años en 1989 alcanzaron los 6.100 millones de dólares. En 2002: 30.000 millones. A su vez, estos menores influyeron, en 2004, directa o indirectamente, en el gasto de 670.000 millones de dólares, al punto de que el 67% de las compras de automóviles que hacen los padres están influidas por los niños.

Los estudios llevados adelante por Schor (2006) muestran también el impacto negativo que tiene la inmersión en la cultura del consumo sobre el bienestar psicológico de los niños:

 

Un alto grado de implicación en la cultura del consumo constituye una causa significativa de depresión, ansiedad, baja autoestima y problemas psicosomáticos. (…) Los efectos operan en ambas direcciones y son simétricos. Es decir, una menor implicación en la cultura del consumo lleva a niños más sanos, y una mayor implicación lleva al deterioro del bienestar psicológico de los niños. (…) En cambio, no encontramos un efecto significativo en la dirección contraria. (…) Estar deprimido o ansioso o tener una baja autoestima no causa altos niveles de implicación en la cultura del consumo. (pp. 222-223)

 

Los análisis estadísticos de Schor muestran que la afectación del bienestar psicológico de los niños por la implicación en la cultura del consumo opera tanto directamente, como a través de un empeoramiento de las relaciones con los padres (lo que conduce por sí mismo a más depresión, ansiedad, baja autoestima y problemas psicosomáticos). También revelan que la influencia perniciosa de uso de los medios de comunicación opera fundamentalmente a través de la inmersión en la cultura del consumo que estos promueven: la televisión “induce a la disconformidad con lo que uno tiene, crea una orientación hacia las posesiones y el dinero, y hace que los niños se preocupen más por las marcas, productos y valores consumistas” (Schor, 2006, p. 223).

En relación a los mecanismos por los cuales la mayor implicación en la cultura del consumo afecta el bienestar psicológico infantil, Schor plantea dos hipótesis. La primera es que la implicación en la cultura del consumo alimenta sentimientos de insatisfacción, multiplica los deseos insatisfechos y exacerba la sensación de comparación social. La influencia negativa de estos sentimientos y valores ha sido ampliamente documentada por los psicólogos:

 

La gente que es más envidiosa que otra, que se preocupa más por lo que tiene, que desea con vehemencia adquirir dinero y posesiones, y concede mayor importancia al éxito económico es más proclive a la depresión y a la ansiedad. (…) Así, la clave del conformismo y el bienestar no es tanto obtener más como desear menos. (Schor, 2006, p.227)

 

La segunda hipótesis es que la implicación en la cultura del consumo aleja a los niños de otras actividades y conductas beneficiosas como la lectura, la fantasía, el juego espontáneo o la actividad física, así como la socialización con sus compañeros, sus hermanos y sus padres, convirtiéndose en “un sustituto de lo que mantiene contentos y saludables a los niños” (Schor, 2006, p.228).

 

V. La desigualdad de ingresos y sus efectos: creando un mundo social más hostil y estresante

Este deterioro de las relaciones sociales generado por la competencia por bienes posicionales, señalado desde la economía y la sociología por autores como Hirsch y Schor, está también en el centro de los análisis estadísticos sobre los efectos sociales nocivos de la desigualdad de ingresos reunidos por el epidemiólogo Richard Wilkinson y la antropóloga Kate Pickett (Wilkinson & Pickett, 2009). Apoyándose en investigaciones provenientes de campos diversos (sociología del consumo y de la confianza, epidemiología, psicología, criminología y la biología del estrés) sus análisis descubren, desde distintos ángulos, facetas del mismo fenómeno, iluminando el modo en que la desigualdad afecta la calidad de vida y vuelve disfuncionales a las sociedades, deteriorando las relaciones sociales (los niveles de confianza así como los índices de violencia y la incidencia de políticas punitivas), y propiciando un aumento sostenido en los niveles de enfermedades ligadas al estrés (desde las enfermedades cardíacas hasta la obesidad, la diabetes y ciertos tipos de cáncer) así como diversas formas de sufrimiento subjetivo en niños y adultos (desde la ansiedad y la depresión hasta las adicciones).

Los análisis estadísticos muestran consistentemente –tanto para una muestra de 23 países desarrollados como para los distintos estados de EE.UU.- una correlación estrecha entre los niveles de desigualdad económica y la incidencia de una serie de problemas sociales y de salud. No se trata de una cuestión de todo o nada, sino de una co-varianza gradual: cada pequeño aumento del nivel de desigualdad va asociado a un aumento semejante en los distintos problemas que componen el Índice de Problemas Sociales y de Salud, un índice que incluye el nivel de confianza, enfermedades mentales (incluidas las adicciones a alcohol y drogas), esperanza de vida y mortalidad, obesidad, maternidad adolescente, rendimiento escolar de los niños, homicidios, tasas de población reclusa y movilidad social.

A su vez, se constata que los problemas que covarían con la desigualdad -aumentando conforme aumenta el nivel de desigualdad de un país-, también presentan un gradiente por estatus socioeconómico al interior de cada país, afectando a sus habitantes con más fuerza a medida que descendemos en la escala de ingresos dentro de ese país -de modo que la clase media los sufre más que la clase alta, y la clase baja más que la media.

¿Cómo se explica esto? El nivel de desigualdad puede verse como un indicador de cuán jerárquica es una sociedad, y a medida que una sociedad se vuelve más jerárquica, mayor será la importancia del estatus social en las perspectivas de vida de sus habitantes. En una sociedad relativamente igualitaria, poco es lo que depende de estar más arriba o más abajo en la jerarquía social, pero cuanto más desigual y jerárquica sea una sociedad, mayor será la importancia del lugar que ocupemos en la jerarquía para nuestras oportunidades de supervivencia y bienestar. Así, la lucha por el estatus se vuelve más encarnizada, disminuyendo los niveles de confianza, el involucramiento en los problemas comunes, y haciendo que la vida cotidiana resulte más estresante. El centro de la vida social se inclina más hacia el lado de las relaciones competitivas que hacia el de las cooperativas y el mundo social se vuelve más inhóspito. Los otros pasan a verse más como potenciales enemigos que como potenciales amigos y la gente tiende a acordar más con frases como “los demás sacarán provecho de nosotros si tienen la oportunidad”.

La respuesta de estrés, que constituye una reacción adaptativamente exitosa frente a situaciones de peligro de corta duración (facilitando una reacción rápida de huida o combate y poniendo en stand-by las funciones corporales de mantenimiento, reproducción y crecimiento, que no resultan necesarias en la emergencia), se vuelve perjudicial cuando los factores estresantes no son puntuales, sino permanentes, como ocurre cuando lo que nos estresa son rasgos relativamente estables de nuestro entorno social, como la posibilidad de que alguien más calificado nos “robe” nuestro trabajo. En las sociedades contemporáneas, donde los estresores tienen su fuente en rasgos relativamente permanentes de nuestra organización social, el estrés se vuelve crónico y los mecanismos fisiológicos involucrados en la vuelta a la normalidad luego de una reacción de estrés comienzan a atrofiarse.

Como señala Wilkinson (2001),

 

[l]as consecuencias graves para la salud surgen cuando la ansiedad y la estimulación fisiológica son prolongadas o se repiten con cierta frecuencia a lo largo de semanas, meses o años. Los mecanismos de retroacción –que deberían devolver los sistemas a su estado normal- pueden resultar dañados en períodos largos de estimulación. (pp. 65-66)

 

Los desajustes y costos fisiológicos acumulativos de activar y desactivar estos mecanismos de emergencia dan lugar a problemas de distinto tipo, incrementando la incidencia de enfermedades no transmisibles y reduciendo la expectativa de vida:

 

La movilización crónica de energía en forma de glucosa que va a parar al flujo sanguíneo puede conducirnos a concentrar peso corporal en los lugares equivocados (obesidad central) e incluso a la diabetes; la constricción crónica de los vasos sanguíneos y los niveles elevados de factores de coagulación pueden causar hipertensión y enfermedades cardiacas. Mientras que el estrés agudo puntual refuerza nuestro sistema inmunológico, el estrés crónico es inmunosupresor y puede causar trastornos de crecimiento en los niños, mal funcionamiento de los ovarios, disfunción eréctil y problemas digestivos en mujeres y hombres. Las neuronas de algunas áreas del cerebro resultan dañadas y la función cognitiva se deteriora. Tenemos problemas para dormir. El estrés crónico nos desgasta por dentro y por fuera. (Wilkinson & Pickett, 2009, pp.107-108)

 

Ahora podemos entender por qué los problemas que se agravan paulatinamente a medida que aumentan los niveles sociales de desigualdad y las sociedades se vuelven más jerárquicas, también se agravan progresivamente a medida que descendemos en la escala de ingresos y nos concentramos en quienes ocupan peldaños más bajos de la jerarquía social. Esto se debe a que los niveles de estrés no sólo son más altos en sociedades más desiguales, sino que se vuelven progresivamente más elevados a medida que descendemos en la escala social (un hecho que puede verse también en algunos primates no humanos, y que está vinculado al estrés de ocupar una posición social subordinada, en la que nuestra capacidad de controlar los factores que afectan nuestro bienestar es limitada y dependemos en gran medida de la buena voluntad y del humor de nuestros superiores (Wilkinson, 2001)). Experimentos en los que se alteraba artificialmente el estatus social de los macacos, producían cambios concomitantes en una serie de signos fisiológicos asociados al estatus bajo (como el desarrollo más rápido de placa aterosclerótica en las arterias coronarias, la propensión a la obesidad central y a desarrollar resistencia a la insulina, o a mostrar altos niveles de cortisol) incluso si las condiciones generales de vida eran mantenidas constantes por los experimentadores. De modo que dichos efectos “más que estar sólo relacionados de forma indirecta con el estatus social, a través de los factores socioeconómicos, parecen ser una consecuencia directa o “pura” del mismo” (Wilkinson, 2001, p. 59)

Esta diferencia en los niveles de estrés entre las personas que ocupan las distintas posiciones sociales es el principal factor explicativo de lo que se conoce como el gradiente por estatus socioecómico en la salud, el hecho de que a medida que descendemos en la escala de ingresos, aumentan las probabilidades de que los individuos contraigan y fallezcan a causa de un conjunto de enfermedades (que incluyen afecciones del corazón, respiratorias, úlceras, reuma, enfermedades psiquiátricas y ciertos tipos de cáncer). Los efectos del gradiente social de la salud no son nada despreciables: el gradiente es responsable de una variación de entre 5 y 10 años en la expectativa de vida entre quienes están en la cima y en la base de la pirámide social (Sapolsky, 2007).

El estatus social bajo, la falta de amistades u otras personas capaces de prestarnos su apoyo, y el estrés en la primera infancia son los principales factores psicosociales que determinan el riesgo de contraer enfermedades en los países desarrollados y los tres afectan nuestra salud porque afectan nuestras probabilidades de padecer estrés crónico. Las investigaciones de Wilkinson y Pickett muestran cómo la preponderancia de las interacciones competitivas sobre las cooperativas -que caracteriza a las sociedades fuertemente desiguales del presente- afecta el bienestar y la salud de las personas, por representar una fuente permanente de estrés y ansiedad.

La psicóloga Jean Twenge (2007) ha recopilado datos que muestran que padecemos mucha más ansiedad que en otros tiempos. En 269 estudios sobre los niveles de ansiedad en EE.UU. realizados entre 1952 y 1993 encontró una clara tendencia al alza, tanto en niños como en estudiantes universitarios de ambos sexos. Al final del período, el estudiante promedio sufría más ansiedad que el 85% de la población al comienzo del período. Y a finales de los ’80, el niño estadounidense medio era más ansioso que los pacientes psiquiátricos infantiles de la década del ’50. Una trayectoria alcista similar muestran los niveles de depresión y de autoestima. En los ’50, sólo el 12% de los adolescentes estaba de acuerdo con la afirmación “soy una persona importante”, pero a finales de los ’80 esta proporción había ascendido al 80%.

¿Cómo explicar que la gente se hubiera vuelto aparentemente más segura de sí misma, y al mismo tiempo más ansiosa y deprimida? Según Wilkinson y Pickett (2009), la respuesta está en la

 

creciente ansiedad provocada por una excesiva preocupación por cómo nos ven los demás y qué piensan de nosotros; se genera así una reacción de refuerzo de nuestra propia seguridad, como medio precisamente de combatir nuestras debilidades. Esta actitud defensiva implica un fuerte egocentrismo que, aunque es fruto de la inseguridad, se confunde fácilmente con la autoestima. (p.55)

 

Actualmente hay un reconocimiento general de que lo que ha aumentado es este narcisismo inseguro o defensivo. Twenge encontró que en 2006, dos tercios de los estudiantes superaban la media en los índices de narcisismo de 1982. (Wilkinson & Pickett, 2009)

Tanto el aumento del narcisismo inseguro como el aumento de la ansiedad derivan de un aumento en lo que se conoce como la amenaza socioevaluativa, uno de los estresores más eficaces, dada la importancia que, como seres sociales, le atribuimos a cómo nos ven los demás. Un metaestudio realizado por las psicólogas Sally Dickerson y Margaret Kemeny (2004) sobre la base de 208 estudios que utilizaban distintos factores estresantes para medir la respuesta de estrés que producían (a través de las alteraciones en la liberación de cortisol), determinó que

 

las tareas que incluían una amenaza socioevaluativa –a la autoestima o al estatus social- en las que otros podían juzgar negativamente el rendimiento del sujeto –en especial cuando ese rendimiento era incontrolable para el propio sujeto- provocaban unas alteraciones de cortisol mayores y más fiables que los estímulos que no llevaban aparejadas este tipo de amenazas. (citado en: Wilkinson & Pickett, 2009, p. 57-58)

 

Un estresor que incluía una amenaza socioevaluativa, como resolver en público un problema matemático, resultaba más poderoso que la exposición a un ruido fuerte. Según las autoras, “los seres humanos manifiestan un impulso natural a preservar su identidad social y están alerta frente a posibles amenazas a su estima social y a su estatus” (citado en: Wilkinson & Pickett, 2009, p.58).

Las investigaciones sobre los principales determinantes psico-sociales de la salud (estatus social bajo, falta de amigos y estrés en la infancia temprana) van en la misma línea. La explicación más plausible de por qué estas tres situaciones claramente sociales son los principales marcadores de estrés, es que afectan, o reflejan, el grado de gratificación que nos produce nuestra relación con los demás. Las inseguridades provocadas por el estrés temprano guardan similitudes con las causadas por el estatus social bajo, y la presencia de amistades tiene un efecto protector, haciendo que nos sintamos queridos y apreciados. Si, como generalmente ocurre, vemos a la jerarquía social como una especie de ranking de las capacidades de la especie humana, entonces los signos externos de éxito o fracaso (trabajo, ingresos, educación, vivienda, coche, ropa) harán que nos sintamos más valorados por los demás y que nos resulte más fácil sentirnos orgullosos, seguros y dignos.

¿Por qué, en el último medio siglo, se ha producido un aumento tan marcado de la ansiedad social, como muestran los estudios de Twenge? Como sugieren Wilkinson y Pickett (2009), una explicación probable está en la desaparición de las viejas formas de vida comunitaria, en las que la mayoría de la gente nunca viajaba mucho más allá de su ciudad o pueblo natal, que era también el de sus padres y abuelos. Este tipo de sociedad, en la que las personas tenían un real conocimiento de la mayor parte de sus vecinos y conciudadanos, fue reemplazada por la sociedad de masas, donde la mayoría de interacciones sociales se da entre personas que no se conocen y que se juzgan más en función de las apariencias, personas cuya identidad social es puesta en juego en cada interacción. Surge así una preocupación obsesiva por cómo nos ven los demás: ¿cómo me evaluarán? ¿habré dado una buena imagen?

La importancia de las apariencias va de la mano del consumismo centrado en bienes que marquen estatus, y nuestro temor a ser infravalorados (al desprestigio, al desprecio y a la humillación social) es explotado por los publicistas.

Al poner en evidencia nuestra naturaleza social, la dinámica del consumo en las actuales sociedades de masas y el modo en que la desigualdad afecta, en estas sociedades, la calidad de las relaciones sociales, aumentando los niveles de ansiedad y afectando seriamente nuestro bienestar y nuestra salud, estas investigaciones aportan nueva luz a la hora de definir lo que exige la justicia social o evaluar los costos en términos de bienestar de las políticas tendientes a reducir la producción y el consumo en aras de la sustentabilidad ambiental.

Volvamos, entonces, en primer lugar, sobre las posiciones de suficientistas y prioritaristas, para ver cómo resultan afectadas por estas investigaciones, para pasar luego a analizar los visos de realidad de la antinomia consumo sustentable-bienestar.

 

VI. Los problemas del prioritarismo y el suficientismo: cuando más es menos y lo suficiente no alcanza

Si bien los enfoques prioritaristas y suficientistas reciben ambos un amplio apoyo, tanto a nivel académico como ciudadano, y por razones atendibles, lo cierto es que las investigaciones destacadas más arriba permiten dudar de su razonabilidad. Veamos lo que sostienen los partidarios de ambos enfoques, las razones en las que se apoyan y cómo estas pierden fuerza al tomar en consideración las investigaciones reseñadas más arriba.

Los defensores del suficientismo sostienen que lo que debe buscarse no es que todos tengan los mismos recursos, sino que todos tengan recursos suficientes. Si garantizamos a todos el acceso a un mínimo social, las desigualdades por encima de ese mínimo parecen, en principio, justificables. Martha Nussbaum (2007) defiende esta posición en relación a aquellas capacidades que están “estrechamente conectadas a la idea de propiedad o de bienes instrumentales” (p. 290). Aunque aboga por una estricta igualdad cuando se trata de libertades políticas, religiosas o civiles (ya que “conceder a algunas personas un derecho desigual al voto o una libertad religiosa desigual, supone situarlos en una posición de subordinación e indignidad frente los demás” (p.290)), en casos como el del derecho a la vivienda considera que la suficiencia es el estándar apropiado:

 

la idea de una vivienda u otro refugio suficiente es inherente a la idea de dignidad humana (…) Sin embargo, no está nada claro que la idea (…) de una dignidad humana igual, lleve implícita la exigencia de una vivienda igual; a fin de cuentas, una mansión no tiene por qué ser mejor que una casa modesta. (p.290)

 

Posiblemente con fines polémicos, Nussbaum utiliza el mismo ejemplo que Marx (1973) empleara para destacar la importancia de la privación relativa. En un célebre pasaje de “Trabajo asalariado y capital”, decía Marx:

 

Sea grande o pequeña una casa, mientras las que la rodean son también pequeñas cumple todas las exigencias sociales de una vivienda, pero, si junto a una casa pequeña surge un palacio, la que hasta entonces era casa se encoge hasta quedar convertida en una choza. La casa pequeña indica ahora que su morador no tiene exigencias, o las tiene muy reducidas; y, por mucho que, en el transcurso de la civilización, su casa gane en altura, si el palacio vecino sigue creciendo en la misma o incluso en mayor proporción, el habitante de la casa relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más desazonado, más descontento, más agobiado entre sus cuatro paredes. (pp. 166-167)

Nussbaum (2007) no ignora los dolores de la privación relativa, pero niega su relevancia moral:

 

En la medida en que la envidia o la competición hacen sentir a la gente que una vivienda desigual es un signo de dignidad desigual, podríamos preguntarnos si esos juicios no se basan en una valoración excesiva de los bienes materiales, que una sociedad justa podría optar por no satisfacer. (p. 291)

 

Si garantizamos a todos una vivienda digna –reza el argumento de Nussbaum- quien se sienta inferior porque frente a su modesta vivienda se ha erigido una mansión, o se está dejando llevar por la envidia o muestra una valoración excesiva de los bienes materiales, ninguna de las cuales son razones válidas para reclamar su derecho a una mansión, o impugnar el derecho de su vecino a construirse una.

Pero lo que las investigaciones reunidas por Wilkinson y Pickett nos permiten presumir es que no es la envidia o una preocupación excesiva por los bienes materiales, lo que hace miserable al habitante de la casa pequeña, sino, como intuía correctamente Marx y ahora podemos afirmar con más respaldo, el estatus social subordinado que la casa pequeña le confiere cuando a su lado se construye una mansión, el menosprecio de que será objeto por parte de sus vecinos acaudalados, la desconfianza con que lo mirarán al verlo pasar, la inferioridad que le estarán endilgando continuamente en razón del tamaño relativo de su morada. La incomodidad que genera la mansión puede entenderse no como signo de envidia motivada por una valoración excesiva de los bienes materiales, sino como expresión de la repugnancia que nos genera que se nos vea y trate como inferiores, un rechazo que bien puede ser no más que la expresión (la contracara) de nuestra valoración de relaciones sociales igualitarias.

Una vez que interpretamos esta incomodidad como resultado, no de una valoración excesiva de los bienes materiales, sino del rechazo de relaciones jerárquicas a favor de las relaciones entre pares, resulta más difícil cuestionar la legitimidad moral del reclamo del habitante de la casa pequeña. Si, además, tomamos en consideración los efectos macro-sociales de la desigualdad: sus consecuencias sobre la confianza y la participación en la vida comunitaria, o sobre la tendencia a la violencia, y cómo este deterioro generalizado de las relaciones sociales se traduce a nivel individual en mayores niveles de estrés, depresión y adicciones, que no sólo representan sufrimiento subjetivo, sino que se traducen en mayores niveles de mortalidad y morbilidad asociados al estrés, si tomamos en cuenta todo esto, decíamos, resulta difícil imaginarse qué otro valor puede ser tan importante como para justificar el derecho de unos pocos a tener tanto más que sus conciudadanos.

Pasemos ahora a la segunda posición igualitarista que estas investigaciones obligan a replantear: la prioritarista. Los prioritaristas, entre los que destaca John Rawls (2004), sostienen que lo justo, una vez que hemos distribuido igualitariamente un esquema de derechos y libertades básicos y ciertas oportunidades, es una distribución de ingresos y riquezas que lleve a que los que tienen menos recursos monetarios tengan tantos como sea posible. La idea es que no tiene sentido vivir en una sociedad en la que todos tengamos $2000, si es posible organizar las normas de la vida social de modo de lograr una sociedad en la que los más desfavorecidos logren $4000, mientras algunos lleguen a $40.000. Dado que la idea de fondo es dar a cada uno una cantidad de recursos con los que perseguir su particular concepción del bien, parece razonable apuntar a que esta cantidad sea lo más grande posible, y si, por razones de incentivos a la productividad, por ejemplo, sólo es posible lograr mayor crecimiento del PBI y mejorar, por tanto, la cantidad de recursos disponibles para los menos favorecidos, permitiendo que otros (más productivos) se apropien de un porcentaje mayor de recursos, entonces parecería razonable –tal lo que sostienen los prioritaristas- permitir las desigualdades resultantes, en la medida en que redunden en beneficio de los peor situados, en el sentido especificado, es decir, en que permitan aumentar su ingreso en términos absolutos, su capacidad de consumo. Lo que está detrás de esta posición es que más es siempre mejor, que es preferible tener $4000 en una sociedad en la que otros tienen $40.000, que $2000 en una sociedad en la que todos tienen $2000, porque de este modo contamos con $2000 adicionales para perseguir nuestra particular concepción del bien.

El problema con el prioritarismo, una vez consideradas las investigaciones sobre las economías posicionales y los efectos de la desigualdad, es que no tiene en cuenta los costos –en términos de caída del estatus relativo y del deterioro general de las relaciones sociales- de esos $2000 adicionales, ni el impacto que ese deterioro tiene en la calidad de vida de todos los ciudadanos y, muy particularmente, en razón de su estatus bajo, en la de los peor situados. En efecto, el beneficio que puedan obtener los peor situados del incremento de sus ingresos en términos absolutos se ve más que anulado por las consecuencias del deterioro de sus ingresos en términos relativos y del incremento de la desigualdad -que son su condición de posibilidad. Se verifica, pues, lo que Marx (1973) intuía en el pasaje citado, que:

 

por mucho que, en el transcurso de la civilización, su casa gane en altura [por mucho que mejore su riqueza en términos absolutos], si el palacio vecino sigue creciendo en la misma o incluso en mayor proporción [si su posición relativa cae], el habitante de la casa relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más desazonado, más descontento, más agobiado entre sus cuatro paredes. (pp. 166-167)

 

Pensar que $2000 adicionales aportan más a mi capacidad de llevar una buena vida que el contar con un entorno social adecuado (un entorno en el que podemos caminar por el espacio público sin ser despreciados o sospechados, y que no nos empuje a concentrar nuestro tiempo y energía en la competencia por bienes posicionales en desmedro de nuestras relaciones) es desconocer, en suma, recursos que contribuyen de manera crucial a la capacidad de todos los ciudadanos de llevar adelante una buena vida.

 

VII. La falsedad de la antinomia consumo sustentable-bienestar

Lo que las investigaciones reseñadas más arriba sobre las economías posicionales nos permiten entrever es que el vínculo simplista que suelen establecer los economistas -y, con ellos, muchos diseñadores de políticas públicas- entre consumo y bienestar es ilusorio: no sólo no es cierto que todo aumento del consumo constituya un aumento del bienestar, sino que –en el contexto de las economías posicionales- existen fuertes presiones para realizar consumos que van activamente en desmedro del bienestar de quienes lo realizan, ya sea porque se trata de consumos instrumentales que para la mayoría de los individuos derivarán en frustración (como cuando muchos consumen un producto como medio para lograr un bien posicional que –por su propia naturaleza- sólo pocos podrán alcanzar), ya sea porque restan tiempo al cultivo del tipo de relaciones sociales que, como vimos, sí resultan fundamentales para nuestro bienestar.

Las sociedades jerárquicas contemporáneas, que disparan la persecución del consumo ostensible como carta de presentación del lugar que cada uno ocupa en las mismas, han hecho que una respuesta evolutiva exquisita, el estrés, se vuelva en nuestra contra. El mismo mecanismo que nos ha permitido eludir innumerables peligros es hoy el factor determinante de un conjunto de males que nos aquejan. Antes que escapar hacia delante, confiando en que, a pesar de los destrozos sociales y ambientales, encontraremos la solución que no nos obligue a resignar los logros del crecimiento, debemos entender que el supuesto retroceso no sólo garantizará el mantenimiento del medio ambiente, sino que nos permitirá acercarnos a una cultura que esté más en sintonía con nuestra naturaleza social y, por lo tanto, que aumentará nuestro bienestar.[3]

 

VIII. Sobre cómo evitar prescribir un ambiente tropical para un pingüino: pensar la justicia social atendiendo a la naturaleza humana

Al mostrar el modo en que los seres humanos nos vemos afectados por vivir en una sociedad signada por grandes desigualdades de ingreso, Wilkinson y Pickett nos dan razones para creer que el énfasis liberal en la irreductible pluralidad de las concepciones del bien es desmedido: si bien es indudable que nuestras creencias en materia de religión, nuestras inclinaciones sexuales y nuestras preferencias vocacionales son, en efecto, diversas, algo que a todos nos afecta de manera crucial es la calidad de nuestras relaciones sociales: poder contar con el cuidado de nuestros padres en la niñez, con buenas relaciones de amistad o de pareja, y poder tejer buenas relaciones con nuestros conciudadanos son cosas que todos necesitamos.

Nuestra necesidad de contar con el afecto y el apoyo de otros seres humanos es tan grande que las privaciones afectivas graves en la niñez son reconocidas como la causa de trastornos severos del sistema endócrino como el enanismo psicosocial  o enanismo por estrés, que pueden incluso derivar en la muerte (Sapolsky, 2008). La historia del síndrome conocido como hospitalismo –responsable, entre fines del s.XIX y las primeras décadas del XX de un aumento de casi 10 veces en las tasas de mortalidad hospitalaria- ilustra las resistencias que hubo que vencer para que se reconozca la seriedad de esta necesidad humana (Haidt, 2006). Como relatan Haidt (2006) y Sapolsky (2007), los niños hospitalizados por más de dos semanas comenzaban a exhibir un debilitamiento muscular, pérdida de reflejos, y un mayor riesgo de enfermedades gástricas y respiratorias y se consumían presa de la apatía. En pleno auge de la teoría de los gérmenes, la respuesta era aislar a los niños de todo contacto humano con el fin de prevenir infecciones y cuanto más se los aislaba, más rápido se consumían. En el ambiente médico de la época “alzar a los niños, acariciarlos y reconfortarlos era considerado una estupidez maternal y sentimental” (Sapolsky, 2007, p.146). La epidemia siguió cobrándose vidas, ante la desorientación de los médicos de la época, hasta que en 1942, Harry Bakwin se atrevió a atribuir el síndrome a la privación emocional: bastó con comenzar a alzar y reconfortar a los niños varias veces por día para poner fin a la epidemia. Lejos de ser “una estupidez maternal y sentimental”, nuestra necesidad de contar con el afecto y el apoyo de otros seres humanos es realmente eso: una necesidad humana de primer orden, que no puede ignorarse sin serias consecuencias para nuestro desarrollo y nuestra salud.

No se trata de una peculiaridad humana: podemos encontrar patrones similares en todos los mamíferos. En uno de los experimentos más famosos de la historia de la psicología, Harry Harlow (1959) mostró que las crías de mono rhesus forzadas a optar prefieren el contacto con una “madre sustituta” revestida en una tela suave antes que la alimentación proveniente de una “madre sustituta” hecha de alambre. Estas crías saben lo que hacen: las que son privadas de este contacto muestran señales fisiológicas de estrés (Harlow, 1959) y se vuelven incapaces de desarrollar habilidades sociales normales o habilidades para resolver problemas. Del mismo modo, las ratas que son lamidas y acicaladas por sus madres “segregan cierta hormona de crecimiento que estimula la división celular (…), segregarán menos hormonas de estrés en su vida adulta y tendrán un mejor aprendizaje en situaciones de presión y un probable retraso en el envejecimiento del cerebro” (Sapolsky, 2007, p. 147). Aunque a los filósofos nos resulta demasiado fácil olvidarlo, los seres humanos somos animales, después de todo.

Como señalan Wilkinson y Pickett (2009):

 

Del mismo modo que fue necesario realizar estudios sobre el aumento de peso de los bebés para demostrar que el cariño de quien los cuida es crucial para su desarrollo, han sido necesarios estudios sobre tasas de mortalidad y de distribución de la renta para poner de manifiesto las necesidades sociales de los adultos y demostrar que la sociedad puede satisfacerlas. (p. 23)

 

Tener una buena relación con una pareja estable, amigos en quienes poder contar y una comunidad con altos niveles de confianza e involucramiento en la vida comunitaria y bajos niveles de discriminación y violencia, son todos factores que reducen la incidencia del estrés y mejoran la calidad de vida, porque nos hacen sentir seguros y acompañados, en lugar de a la defensiva en un entorno hostil. Es por esto que, a la hora de pensar cómo organizar nuestra vida en común, deberíamos prestar más atención a los factores que afectan la calidad de las relaciones sociales, y la desigualdad es una de ellos.

¿Significa esto que el Estado debe garantizarme estas relaciones? Desde luego que no: no podría ni debería hacerlo. Las relaciones contribuyen a nuestro bienestar en la medida en que sean genuinas y libres: la amistad de quien es forzado a actuar como amigo carece totalmente de valor: no me hará sentir querido ni apreciado, ni me dará la tranquilidad de contar con alguien en los momentos malos.

De lo que se trata no es de garantizar las relaciones en sí mismas, sino el contexto en el cual estas relaciones pueden prosperar. Una sociedad que fomenta la competencia por bienes posicionales crea un entorno poco favorable al cultivo de fuertes relaciones personales a largo plazo (sea entre padres e hijos, entre amigos o de pareja), porque estas relaciones implican una inversión significativa de tiempo (requieren compartir tiempo con el otro) y la competencia por bienes posicionales demanda todo el tiempo disponible (nunca es bastante porque, como triunfa el que tiene más que los demás, siempre tiene sentido querer más). Del mismo modo, puesto que la desigualdad aumenta las distancias sociales (las diferencias entre los estilos de vida de los distintos estratos sociales), alimenta la desconfianza y reduce la disposición de las personas a involucrarse en los asuntos comunes y su capacidad de sentir la empatía por el sufrimiento de aquellos cuyos estilos de vida están muy por debajo de los suyos, deteriorando la calidad de las relaciones de conciudadanía.

Esto no significa que los seres humanos no podamos adaptarnos a vivir en una sociedad marcada por grandes desigualdades, con todo lo que ella implica. Al igual que los demás seres vivos, tenemos la capacidad de adaptarnos a distintos entornos, a entornos más favorables y a entornos más hostiles. Como las plantas, que a menudo sobreviven pese a la escasez de agua y de luz, también nosotros podemos sobrevivir en un entorno que nos priva de lo que es esencial. Pero, como las plantas, no podemos esperar que nos vaya igual de bien, ni que los más débiles no mueran en el intento. Las estadísticas son elocuentes y los filósofos haríamos mal en ignorarlas.

 

Esta investigación está inscripta en el proyecto "Desigualdad de ingresos, justicia y bienestar social" (código H607), dirigido por el Dr. Martín Daguerre y desarrollado en el IdIHCS (UNLP-CONICET), y contó con el apoyo de la SPU de la República Argentina, a través del Programa de Incentivos a los Docentes Investigadores

 

 

 

Recibido   15 – 12 - 2014

Aceptado   30 – 12 - 2014

 

 

 

Bibliografía

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Resumen

 

Este trabajo pretende mostrar las ventajas de tener en cuenta los aportes de diversas ciencias a la hora de pensar cuestiones complejas de filosofía política -y los falsos caminos en los que podemos caer por ignorarlos.

Repasaremos las investigaciones del economista Fred Hirsch sobre el funcionamiento de las economías posicionales y sus consecuencias para el bienestar de los ciudadanos, las de la socióloga Juliet Schor sobre el modo en que la actuales tendencias en publicidad promueven la competencia posicional, afectando negativamente el bienestar infantil, y las investigaciones del epidemiólogo Richard Wilkinson y la antropóloga Kate Pickett sobre cómo el grado de desigualdad económica de un país afecta la calidad de las relaciones sociales y, con ella, la prevalencia de un amplio conjunto de problemas sociales y de salud, que constituyen indicadores indirectos del bienestar.

Estas investigaciones permiten configurar una imagen científicamente informada de nuestra naturaleza como animales sociales y del modo en que nos vemos afectados por los fines que perseguimos y por las estructuras sociales en las que vivimos, que es importante tener en cuenta a la hora de definir las reglas que deberían regir la vida social, así como también a la hora de evaluar los costos en términos de bienestar de distintas políticas públicas, entre ellas las políticas medio-ambientales.

Mostraremos que estas investigaciones quitan plausibilidad a posturas muy influyentes en el debate sobre la justa distribución del ingreso, como son las posturas suficientista y prioritarista, al tiempo que ponen en evidencia la falsedad de la antinomia sustentabilidad ecológica-bienestar, de la idea ampliamente difundida de que el freno al crecimiento económico y al consumo -necesario para evitar una crisis ambiental- deba implicar necesariamente un sacrificio en términos del bienestar de los ciudadanos.

 

Palabras clave: igualitarismo, suficientismo, prioritarismo, bienestar, sustentabilidad, bienes posicionales

 

 

 

Abstract

 

This paper intends to demonstrate the advantages of taking into account relevant findings from different sciences when thinking about complex problems of political philosophy –and the false paths that can thus be averted.

We will go through research by economist Fred Hirsch on the functioning of positional economies and its impact on citizen’s well-being. We will continue by reviewing research by sociologist Juliet Schor on how current trends in advertising work to exacerbate posicional competition, negatively affecting children’s well-being. Finally, we will present reseca by epidemiologist Richard Wilkinson and antropologist Kate Pickett on how a country’s level of economic inequality affects the quality of social relationships and the prevalence of a broad range of social and health problems, which can be seen as indirect marker of well-being.

These findings provide input for delineating a scientifically informed image of our nature as social animals, shedding light on the way we are affected by the ends we pursue and by the social structures we live in. Such information is relevant both to the task of defining the rules that should govern social life, and to that of assessing the welfare costs environmental or other public policies.

We aim to show that these findings make influential positions on the just distribution of income –such as sufficientism or prioritarism- less plausible, while also uncovering the falseness of the purported clash between well-being and ecological sustainability –of the widespread idea that the brake on growth and consumption that is needed to prevent an environmental crisis should necessarily imply a sacrifice in terms of the well-being of the citizenry.

 

Keywords: egalitarianism, sufficientism, prioritarism, well-being, sustainability, positional goods



* julielgarte@yahoo.com.ar

** daguerrelaurlund@yahoo.com.ar

 

[1] Si bien existen distintas variantes dentro del utilitarismo –como el utilitarismo clásico de Jeremy Bentham (1962), que aboga por la maximización de la suma de las utilidades individuales, o el utilitarismo medio de John S. Mill (1997) o John Harsanyi (1996), que aboga por la maximización de la utilidad per cápita-, todas resultan en principio compatibles con la desigualdad. Es posible, sin embargo, concebir un argumento utilitarista a favor de la igualdad, siempre y cuando sea posible establecer que la igualdad deriva en una mayor utilidad (total o promedio) que la desigualdad.

[2] Hirsch destaca que aun las personas que no se interesen por el destino de los ingresos de los demás, deberán hacerlo, ya que su actual consumo posiblemente haya pasado a depender del de los demás. Si el bien posicional de moverse rápido por la ciudad lleva a que muchas personas adquieran un vehículo, incluso aquél que no quiso hacerlo se ve afectado, ya que, debido a la congestión generada que afecta también al transporte público, no podrá moverse en los tiempos acostumbrados (para lo cual debería comprar un auto, ya no como medio para disfrutar de un bien posicional, sino para mantener su ritmo habitual).

[3] Un fenómeno menor, pero semejante, se da en torno al consumo de sal. Como señala Jared Diamond (2013) “en condiciones de una disponibilidad reducida de sal –tal y como ha sido el caso de la mayoría de los humanos a lo largo de la historia de la humanidad hasta la reciente aparición de los saleros-, aquellas personas con unos riñones eficientes a la hora de retener sal estaban mejor preparadas para sobrevivir a los inevitables episodios de pérdidas de sal debidos al sudor o a ataques de diarrea (…) Esa es la razón por la que la presión sanguínea y la prevalencia de la hipertensión se han disparado recientemente en tantas poblaciones de todo el mundo, ahora que hemos realizado la transición del estilo de vida tradicional con una disponibilidad de sal limitada a ser clientes de los supermercados” (p. 492).

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