CUADERNOS DE ÉTICA N° 30 (2015)

Cuadernos de Ética, Vol. 30, Número extraordinario “Ética ambiental”, 2015.

 

 

 

 

EL SÍNDROME DEL FACTOR DE IMPACTO Y LA ÉTICA AMBIENTAL EN AMÉRICA LATINA: ¿HA LLEGADO EL TIEMPO DE LA INSURRECCIÓN?

 

 

 

Adrian Monjeau *

Jaime R. Rau **

 Christopher B. Anderson ***

 

 

 

Introducción

 

La cantidad de sus obras no va en desmedro de la calidad,

 todo lo contrario: va en desmedro.

(Les Luthiers, Homenaje a Huesito Williams)

 

Sin lugar a dudas, la globalización del conocimiento ha sido ventajosa para el desarrollo profesional individual y para la creación de excelentes grupos de investigación científica en América Latina. Es evidente que la confrontación permanente de ideas ante un prestigioso arbitraje internacional es un entrenamiento indispensable para la formación de científicos de alto nivel. Podría argumentarse que la meta de elevar el nivel académico de nuestra región se ha llevado a cabo a partir de dos estrategias principales (Reig, 1992): a) ir al extranjero para obtener la formación de postgrado en universidades y centros de investigación de los “países centrales”, regresar a los “países periféricos” de origen (para la clasificación central/periférico ver Wallerstein, 1974) y formar a la generación siguiente; b) la publicación de artículos en inglés (“papers”) en revistas de alto factor de impacto (en adelante FI). Estos logros de la ciencia latinoamericana, recientemente destacados en una edición especial de Nature (2014) han llevado a algunos editores de revistas centrales a postular que la era de “la fuga de cerebros” desde los países más pobres a los más ricos ha terminado, dando lugar al advenimiento de una nueva época, más justa y equitativa, de “circulación de cerebros a nivel global”.

Pero no todo lo que reluce es oro. Los logros de la ciencia latinoamericana, medida por su participación en las publicaciones científicas de los países centrales y no por su impacto en la realidad local, sólo contribuyó el 3,8% de la literatura científica mundial producida en 2010 (ver el informe de SCIMAGO 2012: p. 13), esa es la verdadera medida del brillo regional en el mundo globalizado. Cabe preguntarnos, entonces, si nuestros esfuerzos actuales producen realmente ese impacto significativo que se postula en el llamado sistema global de ideas, al menos en lo que a medio ambiente se refiere.

Son varias las voces críticas de intelectuales latinoamericanos que han puesto de relieve el imperativo de no crear solamente una circulación de ideas, sino la de construir un auténtico diálogo de saberes o sistemas de conocimiento (Leff, 2010) para lograr un planeta justo y sostenible. Esta construcción es indispensable por razones prácticas, políticas y éticas. Lograr este diálogo pluricultural latinoamericano requiere no solamente la producción científica para una audiencia global, sino que solicita la identificación, el reconocimiento y la comprensión de los contextos locales, con su variopinta diversidad, sus consensos y sus disparidades. Este camino nos obliga a evaluar, criticar y superar las relaciones de poder que ha creado lo que Boaventura de Sousa Santos (2006) evoca como “monocultivos de conocimiento”, metáfora ecológica especialmente pertinente en el contexto científico de la postmodernidad. Lo que a nuestra región le sucede con el conocimiento también lo sufren sus paisajes y la cultura toda; la fuerza homogeneizadora del tecnocapitalismo neoliberal dominante ha acorralado la diversidad cultural y natural en los mismos rincones adonde el mercado todavía no ha llegado (Monjeau, 2010). El mismo idioma, la misma moneda, vienen en el mismo paquete junto con la imposición de lo que importa y lo que no importa estudiar en ciencias.

Como consecuencia de esto último, las dos vías estratégicas mencionadas al principio para propugnar mejores condiciones científicas en los países periféricos al mismo tiempo pueden actuar como una tenaza que homogeniza los sistemas de conocimiento locales y sus interrogantes originales. Sea mediante doctorados o por el referato de publicaciones científicas, los paradigmas científicos dominantes y todo el background de la cultura académica de los países centrales desplaza o anula los saberes locales. Además, la tercerización (“outsourcing”) de la educación de postgrado puede aplastar a los esfuerzos autóctonos para producir programas de postgrado de calidad en los países de todo el mundo del sur (OECD & World Bank, 2011).

Hemos llamado a este problema “síndrome” del factor de impacto (FI) como una metáfora del concepto clínico del término: un grupo de síntomas que caracterizan una enfermedad, un desorden psicológico o una condición anormal. El “síndrome del FI” puede ser una medida razonable de medir la cantidad de lectores que cada revista tiene y de esta manera orientar a la toma de decisiones de las bibliotecas científicas a la hora de comprar tal o cual revista. Pero lo irracional, la condición anormal que caracteriza al síndrome, aparece cuando estas métricas pretenden implementarse como herramienta de evaluación de las trayectorias académicas de los individuos. Esto ocurre en América Latina y se convierte en un mecanismo perverso que a largo plazo influye en los pensamientos y las prácticas de los científicos que tratan de sobrevivir a tales sistemas de medición. Las dudas sobre este uso del IF han dado lugar a una creciente desconfianza en toda la comunidad científica. En una reciente entrevista, el 71% de los investigadores entrevistados admiten que ellos o sus colegas pueden engañar a los sistemas de evaluación en sus instituciones (Abbott et al. 2010). Engañar en el sentido de que los equipos de investigación pueden fabricar una “martingala” que resulte en la publicación de muchos trabajos para aumentar sus chances en el sistema de evaluación (publicación “en fetas de salame”). En recientes declaraciones criticando a la métrica del IF, Lawrence (2007) advirtió que la presión selectiva del IF y otros indicadores han cambiado negativamente la manera de hacer ciencia, ya que publicar muchos trabajos en revistas de alto impacto se ha convertido en un fin en sí mismo. Una encuesta realizada por Nature reveló que el 51% de los encuestados admitió haber modificado sus maneras de hacer ciencia como una respuesta a las nuevas presiones de evaluación (Abbott et al., 2010). En la Argentina, de manera similar, los científicos debieron cambiar sus estrategias de trabajo científico para poder cumplir favorablemente con las normas de evaluación reinantes, basadas en el factor de impacto (Farji-Brener & Ruggiero, 2010). Es evidente que los humanos respondemos a los incentivos, pero resulta absurdo obnubilarse con un tipo de incentivos impuestos por 4 o 5 editoriales de países centrales, cuando nos impiden alinearnos con nuestro entorno social trastocando los valores fundamentales de nuestra cultura y distorsionando las prioridades académicas que nos conducirían a una sociedad mejor.

Sumado a esto último, el sistema de evaluación de méritos individuales basado en el IF ha dado lugar a fuertes críticas desde diferentes ángulos y sectores (Abbott et al., 2010; Lawrence, 2007; Moed, 2002; Pasterkamp et al., 2007; Rau, 1997; Seglen, 1997; Vanclay, 2009). Su mal uso ha sido denunciado por sociedades científicas enteras. Recientemente, la American Society of Cell Biology y la Asociación Europea de Editores Científicos han publicado documentos críticos hacia el uso del IF para la evaluación de individuos. La Declaración de San Francisco sobre la evaluación de méritos de investigación (DORA, 2012) fue más allá, recomendando normas más integrales de evaluación, incluyendo lo que debería ser una obviedad de Perogrullo: la priorización del contenido por sobre las métricas.

 

¿Por qué es un problema de ética ambiental?

En los últimos dos años han corrido ríos de tinta en relación al debate sobre el mal uso del IF; sin embargo, poco o nada se ha dicho sobre las consecuencias ambientales del síndrome IF. En publicaciones anteriores nos hemos ocupado de la vinculación IF-ética ambiental, pero nos vimos obligados a una brevedad excesiva para poder ser aceptados en una revista de elevado factor de impacto como Nature (Monjeau, Rau & Anderson, 2013) o Bioscience (Anderson, Monjeau y Rau, 2015). Algunos de los argumentos básicos sobre el impacto ambiental del factor de impacto en América Latina son:

1)      El hecho de que el factor de impacto es generalmente más bajo en los artículos de conservación y ecología respecto de los artículos en biotecnología o medicina hace que las disciplinas de orientación ambiental atraigan proporcionalmente menos fondos para investigación.

2)      Las revistas de primer nivel tienden a centrarse en problemas ambientales de escala global o en los que los países centrales consideren importantes, ya que estos temas aumentan la tasa de citación que alimenta al FI. En consecuencia, esta métrica va en desmedro de las investigaciones de escala regional o local porque incentivan negativamente en el factor de impacto. ¿Qué logra con esto el sistema-métrico-imperial?: Que nuestros científicos latinoamericanos aporten sus cerebros más a la solución de los problemas foráneos que a los propios y que promuevan el crecimiento de los sistemas científicos y tecnológicos de los países centrales en desmedro de la consolidación de nuestros propios sistemas de ciencia nacional y regional.

3)      Los científicos latinoamericanos son promovidos en las universidades y centros de investigación en relación directa con la métrica del FI y otros indicadores diseñados en el primer mundo. Los perfiles de estos científicos han sido moldeados por esta métrica, y dentro de ese molde, forman a las nuevas generaciones de científicos que a su vez volverán a hacer lo mismo.

4)      Esta frenética carrera de publicar (con alto FI) o perecer obliga a escoger temas y tendencias que sean publicables en dichas revistas. Esto distancia a las mentes de los investigadores de la meta de producir conocimientos científicos y tecnológicos vinculados con los problemas regionales y locales, incluidos los problemas ambientales que son de interés de la sociedad (Herrera, 1971).

5)      En su gran mayoría, es el esfuerzo de nuestra sociedad, a través del pago de impuestos, la que sostiene a la comunidad científica de nuestros países, considerando que la inversión desde el sector privado es casi nula. En muchos países latinoamericanos los científicos hemos sido educados por el Estado Nacional y somos empleados del Estado Nacional. Entonces, ¿estamos haciendo honor a esos esfuerzos con nuestras actitudes de éxito individualista en desmedro de ignorar las problemáticas que aquejan a quienes nos sostienen? ¿Acaso no es inmoral poner toda nuestra capacidad en el egolátrico juego del FI de 4 o 5 países centrales (para aportar un insignificante 3,8%: ver Scimago 2012 op. Cit.) cuando nuestra región necesita de nuestras mentes para solucionar urgentes problemas? ¿Sobre qué bases éticas podemos vanagloriarnos de pertenecer al mundo globalizado?

La ética ambiental es una ciencia emergente en América Latina, con notables esfuerzos en consolidar un pensamiento ambiental latinoamericano que nos oriente a construir nuestro propio camino, dejando de lado la acomplejada meta de “alcanzar” al primer mundo como si esto nos condujese a una sociedad ideal. Una de las preguntas centrales de la ética es "¿cómo debemos actuar frente a tal o cual situación?" (Minteer & Collins, 2005). O, citando al imperativo categórico de Emmanuel Kant, "¿qué pasaría si todos hiciésemos lo mismo?" (Kant, 1999). Este punto de partida teórico nos lleva a preguntarnos, como científicos latinoamericanos: ¿qué es lo que hacemos por nuestra región y sus problemas ambientales y socio-ecológicos apremiantes, y qué sucede si todos seguimos actuando como lo estamos haciendo actualmente? Si nuestro comportamiento como científicos sigue las reglas de la métrica FI en lugar de obedecer a otros valores y atendiendo a las necesidades regionales, entonces también estamos infringiendo principios éticos. Quizás estemos priorizando el egoísmo y el triunfo individual sobre cualquier servicio que la empresa científica puede ofrecer a la humanidad para lograr un sistema socio-ecológico que satisfaga las necesidades de una mejor calidad de vida para la población humana y la no humana del mundo de una manera justa y ambientalmente sostenible en el tiempo.

En esta línea argumental, invocamos la urgencia de realizar un análisis autocrítico y profundo del síndrome del FI. Su uso no es solamente inapropiado, sino que tiene un efecto perverso sobre las prácticas ambientales en América Latina y sobre el desarrollo de nuestro pensamiento ambiental. Tenemos que examinar las cuestiones prácticas y éticas de lo que significa “ser” un científico ambiental en nuestra región y preguntarnos cómo las estructuras científicas pueden construir puentes entre la excelencia académica y los acuciantes problemas socio-ecosistémicos de América Latina.

América Latina comprende solamente el 10% de la superficie terrestre, pero alberga el 50% de su biodiversidad (Wilson, 1989) y 15% de sus idiomas (Skutnabb-Kangas, 2000). Resulta imperativo que los ecólogos y los que estudiamos la relación humano-naturaleza construyamos un camino ético que contribuya, desde la ciencia, a salvaguardar ese patrimonio natural y cultural. La ruta que se nos ha impuesto hasta hoy incurre en una flagrante falta de ética al alejarnos de las estructuras institucionales y obstruyendo el incentivo de desarrollar los conocimientos que realmente se requieren para crear un mundo mejor, diverso en lo natural, inclusivo en lo cultural y de identidad propia. En vez de esto, se incurre en alimentar –con nuestro propio esfuerzo científico financiado por nuestras sociedades- la diferencia entre los países centrales y los periféricos.

 

Cuatro consideraciones a debatir para aportar a una solución

A continuación analizamos cuatro consideraciones que deberían debatirse a la hora de reanalizar las normas de evaluación de los investigadores del área ecología/medio ambiente. En primer lugar, describimos cómo y con qué fines se originó el factor de impacto (FI) como para que entendamos qué es lo que realmente mide. A partir de esto, tratamos de identificar varios problemas del síndrome FI con el objeto de aportar a nuevas propuestas. Nuestro análisis pone énfasis en los países del Cono Sur, aunque intentamos aportar a la creación de una nueva normativa que sea pertinente con la ética del medio ambiente y en armonía con el contexto latinoamericano.

 

Consideración 1: Comprender los orígenes del Factor de Impacto y cuál es su uso apropiado

El padre de la era de la métrica aplicada a la productividad científica es el lingüista y químico Eugene Garfield, quien en 1960 creó el Instituto para la Información Científica de Filadelfia (ISI: Institute for Scientific Information). Desde ese entonces, el ISI ha servido como organismo de certificación de calidad de las revistas que aparecen en su Science Citation Index (SCI) y actualmente se publica en su Journal Citation Reports (JCR). Garfield demostró que siguiendo su índice ISI, los premios nobel presentaron valores 50 veces mayores que el científico promedio y que sus trabajos fueron 30-50 veces más citados que el promedio de citación (Van Norden, 2010).

El FI fue creado en 1963 por Thompson-Reuters, la empresa que compró y todavía posee el ISI. El objetivo original del IF fue ofrecerle a las bibliotecas una orientación para identificar cuáles son las revistas más consultadas con el objeto de establecer un orden de prioridades en sus compras. Dicho de otra manera, el IF comenzó siendo un indicador de “best sellers” para las revistas académicas. La primera “mutación” fue sutil: la popularidad del índice comenzó a transformar a los best sellers en indicadores de calidad científica o relevancia de los artículos contenidos en dichas revistas. Es obvio que no necesariamente hay una correspondencia entre la cantidad de lectores de una revista y la calidad de un artículo en particular. Por analogía, sabemos que la lista de best sellers del New York Times para literatura no es la misma que la de los ganadores de los prestigiosos premios literarios como el Nobel, Miguel de Cervantes, Pulitzer, etc. En una segunda mutación, el uso del IF se expandió rápidamente para evaluar el rendimiento académico de los individuos. Los expertos en bibliometría, incluyendo a Thompson-Reuters, entienden claramente que el IF nunca debe ser usado para evaluar la calidad académica de un artículo y menos la de un individuo (Van Norden, 2010). No obstante esto, se evalúa a los individuos por su IF acumulativo en todo el mundo. En Chile y Argentina, por ejemplo, este proceso comenzó a principios de 1990 (Welljams-Dorof, 1994).

El síndrome del factor de impacto tomado como una medida de la capacidad de los individuos crea la paradoja de que, al menos en el caso de Argentina, haya una importante cantidad de expertos en medio ambiente y conservación- con invalorable experiencia en la aplicación de sus conocimientos a la resolución de problemas concretos- que están fuera del sistema porque no califican según esta métrica. Este conocimiento aplicado en planes de manejo, evaluaciones de impacto ambiental, asistencia técnica nacional e internacional, toma de decisiones en áreas protegidas, políticas ambientales nacionales, la redacción de libros de textos en biología y ambiente para estudiantes y un largo etcétera, circula por fuera del mundo FI. Esta paradoja resulta fácil de verificar en la bibliografía citada en planes de manejo, estudios de impacto, textos escolares y en las fuentes de referencia de las grandes decisiones ambientales. El lector se sorprenderá al descubrir el escaso o nulo impacto de las publicaciones de alto factor de impacto en estos trabajos fundamentales. Es decir que el IF puede ser, paradójicamente, inversamente proporcional al impacto de los científicos en su sociedad. ¿No es ese acaso el verdadero impacto el que debiera preocuparnos?

En el 2012, el informe DORA, mencionado más arriba, ofreció una reacción al mal uso del FI y formuló recomendaciones específicas para la comunidad científica. Propuso, entre otras cosas, la eliminación del uso del IF como una medida para decisiones de financiación, contratación y promoción de científicos. El informe DORA declara que no existe un indicador simple que pueda representar la totalidad de la contribución de un científico a su disciplina y a la sociedad toda. Thompson-Reuters (2012) respondió a esta declaración suministrando información sobre qué tipo de indicador es el FI y lo que verdaderamente ofrece a la comunidad científica invitando a corregir el mal uso actual. Dejó en claro que el FI no sirve para medir la calidad de un artículo individual, y menos de individuos, ya que no mide la cantidad de veces que los artículos son citados, sino la cantidad de veces que la revista es citada. De todos modos la crítica del informe DORA no pretende refutar el modo de construcción del algoritmo por parte de Thompson-Reuters, sino que lo que pretende reflejar es el mal uso de dichas mediciones por parte de los usuarios. Digamos, no es culpa de Thompson-Reuters, sino de quienes usan erróneamente el FI.

Como puede entenderse, el FI toma como unidad de medida a las revistas y la cantidad de veces que el título de la revista es citado en las referencias es considerada como un indicador de la calidad de la revista. Si bien es dudosa esta vinculación entre popularidad y calidad, no cabe la menor duda de que utilizar el FI para evaluar la calidad de los autores de los artículos es ir demasiado lejos. Resulta fácil entender por qué se llegó a esta situación: es muy fácil para realizar evaluaciones y se reduce el trabajo de los paneles de expertos. Medir plenamente la calidad de una contribución científica requiere su lectura. La cantidad de papers que los evaluadores reciben de cada científico a ser evaluado hace inviable esa lógica de la lectura. Los evaluadores ya no llegan al paper, utilizan en cambio un proxi para su evaluación: esperan que los revisores los lean por ellos y copian su opinión.

Con respecto a esto último, influyentes investigadores como Peter Lawrence (2007) advierten que “ir a la pesca de citas” (citation fishing) y “la cita-trueque” (citation bartering) se convertirán en importantes herramientas en las carreras científicas. Es bastante común que los editores de revistas “sugieran” a los autores la citación de artículos publicados en la propia revista en las que está siendo revisado el artículo enviado a publicar. Podemos agregar a esto la estrategia de la “auto-cita”, en donde la bibliografía citada se parece más a un currículo (CV) del autor que a un listado genuino de referencias! La auto-cita podría considerarse un síntoma dentro del síndrome FI que bien podríamos bautizar como “síntoma auto-referencial compulsivo”.

Sumándose a la ola de críticas, Van Noorden (2010) ha señalado que la métrica de citación no sirve para comparar los efectos entre los diferentes campos del saber y que más bien indica las citas entre las principales revistas (es decir, dentro del club de la popularidad FI). En efecto, la evaluación de méritos individuales a partir del FI no tiene en cuenta el impacto que la contribución científica puede tener en el resto del mundo editorial.

Los evaluadores de méritos científicos aceptan la suposición de que popularidad implica calidad, pero Farji-Brener (2012:215) identifica brillantemente cuatro razones para demostrar que esta vinculación es falsa (o que al menos tiene la misma probabilidad de ser verdadera o falsa):

a)      Los artículos suelen ser citados más por su pertinencia que por su calidad.

b)      Los artículos de revisión son sobrevalorados respecto de los artículos sobre temas específicos, independientemente de su calidad.

c)      El impacto de un artículo en la comunidad científica (digamos, en el progreso del conocimiento) no necesariamente tiene vinculación con la cantidad de veces que ese artículo fue citado.

d)     Una gran cantidad de veces se citan artículos de manera incorrecta o se citan artículos que jamás fueron leídos.

Este mismo autor indicó que vincular el número de citas para evaluar la calidad de un artículo puede incurrir en errores de omisión o de comisión con la misma probabilidad de estar en lo correcto o de ser incorrecto (Farji-Brener, 2012: Figura 1). Por lo tanto, un indicador que tiene la misma probabilidad de ser verdadero o falso, es obviamente inútil.

 

Consideración 2: Promover la diversidad de puntos de vista del pensamiento global a partir del análisis y reparación de los circuitos de retroalimentación positivos y negativos que genera el FI

El bucle de retroalimentación positiva-Los editores se esfuerzan por mantener la reputación de sus revistas a través de la calidad de los artículos que la componen. El hecho de ser una revista prestigiosa genera una demanda de publicación mucho mayor que la cantidad de artículos que pueden publicarse en cada número. La selectividad aumenta en proporción a la demanda. Publicar en esa revista es entonces más difícil y en general son seleccionados unos pocos artículos con potencial de citación que aumente el factor de impacto de la revista (mayor rating). Todos los artículos están sujetos a esta retroalimentación entre editores, revisores, autores y lectores. Los lectores suelen ser a su vez autores que citan el artículo en sus propios trabajos. Todos son juez y parte. A su vez, la calidad de los artículos aumenta el prestigio de la revista, aumenta la cantidad de lectores y citas: el bucle evoluciona hacia un factor de impacto cada vez mayor.

El problema de este imparable motor de retroalimentación positiva que ha impulsado el boom del factor de impacto es que la importancia de una contribución científica debe relacionarse a la relevancia de los resultados de la investigación en sí misma, su influencia en su rama de la ciencia, al desarrollo del conocimiento en general y a la sociedad misma. El bucle positivo tiende a seleccionar aquellos papers que tengan la capacidad de generar rápidamente un alto factor de impacto por sobre aquellos cuya originalidad o relevancia requieran mayor tiempo de procesamiento por parte del “cerebro global”. Coincidimos nuevamente con Lawrence en el hecho de que a la comunidad científica, en cualquier campo del conocimiento, le puede tomar una gran cantidad de tiempo reconocer la importancia que una publicación en particular ha tenido en una disciplina (el impacto genuino es a largo plazo y se diferencia del pseudo impacto a corto plazo). Además, como señala Kuhn (1962), la “ciencia normal” no acepta inmediatamente innovaciones o anomalías a los paradigmas que la sostienen, sino que con frecuencia los rechaza porque no encajan dentro de los límites del paradigma reinante. El tiempo necesario para aceptar nuevas ideas en la ciencia es mucho mayor al período en el que se cuentan las citas de un trabajo para determinar el factor de impacto de la revista (2 años). De este modo, el bucle de retroalimentación positiva puede generar un cuello de botella en el fluir del conocimiento, ya que combate la diversidad de pensamiento y la originalidad de las ideas propuestas, homogeneizando lo publicable a lo que dicta la ciencia normal. Resulta difícil, entonces, que los científicos latinoamericanos podamos desarrollar actividades que hagan frente a nuestros problemas medioambientales, a las consecuencias regionales del cambio climático, a la sostenibilidad de nuestro desarrollo económico, al problema de las especies invasoras, a la desertificación, a la urbanización, a la pobreza, a la conservación de la biodiversidad y a la funcionalidad de nuestros ecosistemas, si nuestras contribuciones no aportan caudal al paradigma reinante, esa corriente poderosa por la que fluye el pensamiento mundial, gobernado por el factor de impacto manejado en los países centrales.

Esta es una patología muy grave en el desarrollo del conocimiento porque el factor de impacto atenta contra la novedad, entonces el conocimiento no progresa como debiera, sino que se reafirma en los mismos paradigmas. Si un vínculo entre la investigación y la relevancia de la misma existe, no está relacionado con lo que el factor de impacto mide. Un científico creativo y novedoso lleva las de perder en este sistema. Hay otros factores que influyen también, como “el efecto San Mateo” en el que los autores de mayor trayectoria tienen más chances de publicar que los de menor trayectoria (Bunge, 2001). A pesar de que es claro que el factor de impacto no mide las trayectorias individuales ni pretende hacerlo, su uso es omnipresente como medida de peso académico (Fisher, 2012).

Blitzkrieg: patrones de extinción de las revistas científicas latinoamericanas o el bucle de retroalimentación negativa- La rápida extinción de megafauna del Cuaternario y la perdida de diversidad vinculada a la expansión humana en América es una hipótesis de Paul Martin llamada Blitzkrieg (en alemán: guerra relámpago). Tomando este patrón de extinción como metáfora, un verdadero Blitzkrieg está atacando a las revistas científicas latinoamericanas y, en consecuencia, se están extinguiendo rápidamente (véase el último número de Interciencia o de la Revista Chilena de Historia Natural). Sobrevivirán aquellas que mimeticen las formas, idioma y temas de interés de las revistas centrales y lo harán de manera marginal e irrelevante.

¿Por qué ocurre esto? Porque los científicos no quieren extinguirse. En América Latina, las universidades y organismos nacionales de ciencia y tecnología han obligado a los investigadores a publicar en revistas de alto FI, ya que este es el indicador adoptado para medir el mérito y para ascender posiciones en la carrera científica. Como resultado, los científicos (perdón, investigadores) son empujados como un rebaño de dóciles ovejas a publicar sus resultados en revistas concentradas en cinco o seis países centrales[1], a expensas de contribuir al crecimiento de las revistas locales. Las revistas locales, entonces, entran en el bucle de la retroalimentación negativa: 1) la demanda se reduce porque los científicos no envían sus artículos a revistas de bajo FI, 2) la selectividad en la aceptación de los artículos se reduce, muchos publican en revistas locales cuando no pueden publicar en revistas más exigentes, 3) el número de lectores se reduce porque la mayoría de los lectores-autores está contribuyendo al bucle positivo, 4) obviamente, el FI de esas revistas no existe o es muy bajo o tiende a bajar cada vez más.

Esto no sucedía antes de los años 90, previo a la imposición del FI, en donde las revistas gozaban de buena salud y recibían artículos de sus mejores profesores y científicos. Hay revistas centenarias, sobre las que se ha construido la ciencia de nuestras naciones, que ahora o se han extinguido o tienen un papel muy marginal en la ciencia porque no forman parte del negocio del FI. Por ejemplo, en Argentina, Physis, que fue fundada en 1912, cerró recientemente, y en Chile, la Revista Chilena de Historia Natural, que fue fundada en 1897 y es una de las revistas más antiguas de la historia natural en América Latina, comenzó a ser administrada por Springer en enero de 2014. Ameghiniana, una revista emblemática de la paleontología sudamericana, ha tenido que mimetizarse con revistas extranjeras y a ser administrada por editoras de países centrales, con la consecuente pérdida de identidad nacional, para poder sobrevivir a la extinción. Al pasar a formar parte de, por ejemplo, Springer Open (el caso de la Revista Chilena de Historia Natural)[2] se requiere que todas las publicaciones sean en inglés (previamente la opción razonable era español o inglés). Además, el costo para publicar en esa revista ahora “privatizada” aumentará de 50 dólares por página (un promedio de 500 dólares por un artículo de 10 páginas) a 1,110-1,825 dólares (conversión dólar/euro del 15 de Enero 2014). Y como sabemos, no solamente hay que pagar para publicar, sino que hay que pagar (aproximadamente 30 U$S) para acceder a nuestros propios artículos. Lamentablemente, los investigadores compiten para ser reconocidos en el extranjero antes de asistir a las necesidades de su propio país, ya que las historias coloniales y la globalización nos han impuesto la idea de que es un "triunfo" ser reconocido en los países centrales. Nunca la colonización a través del lavado de cerebros había tenido tanto éxito en América Latina como ahora.

Cabe reconocer que como una respuesta a este problema, la Argentina ha tratado de dar apoyo institucional a las revistas nacionales dándoles un cierto grado de prioridad a través del Centro Argentino de Información Científica y Tecnológica (http://www.caicyt.gov.ar/). Se ha formalizado un “núcleo básico” de las revistas nacionales consideradas de “alta calidad” por el sistema nacional de ciencia, independientemente de si son indexadas o no. Además, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET) ha iniciado un proceso de creación de normas para los investigadores dedicados más a actividades de desarrollo tecnológico y social que a investigación básica (Ministerio de Ciencia y Tecnología, 2012). Estos son buenos pasos para construir la identidad de lo que realmente significa “ser” científico en el sistema nacional de ciencia y tecnología, de manera que se valoren los esfuerzos aplicados.

A pesar de estos esfuerzos incipientes para reforzar y diversificar los programas científicos nacionales, la perpetuación global del IF continúa degradando la ciencia regional, distanciando a los científicos latinoamericanos de lo que deberían ser como científicos. Por ejemplo, la privatización de las revistas científicas y su consolidación en empresas editoriales multinacionales transfieren la propiedad intelectual de nuestras creaciones a los países centrales, y en consecuencia, los recursos económicos que dichas creaciones generen.

 

Consideración 3: Construir equipos de trabajo que superen el enfoque individualista de la ciencia actual.

Planteamos que el motor que alimenta al crecimiento del síndrome FI es la lucha por el reconocimiento individual. El mecanismo de evaluación dominante engendra un ambiente de competencia entre los individuos, priorizando el egoísmo y la mezquindad ante los otros, en vez de generar fraternidad y compañerismo. En la medida en que el sistema imperante premia la productividad del individuo como unidad de análisis, se castiga indirectamente a la cooperación. Esto significa que si seguimos las razones del sistema de evaluación actual, la solidaridad o la gentileza de un autor hacia otros es un acto irracional, lo que concuerda con los modelos de economía neoclásica, que penaliza todo alejamiento del individualismo.

El camino a seguir va en el sentido opuesto. Una de las ventajas potenciales de la circulación multi-cultural de ideas que hoy nos ofrece la Big Data Revolution (internet, cloud computing, redes sociales y académicas, acceso a bibliografía y a grandes bases de datos), es el potencial surgimiento de nuevas preguntas y nuevas oportunidades de trabajo en equipo para hacer abordajes multidisciplinarios. Es muy probable que las grandes novedades del futuro surjan más desde los temas de frontera entre disciplinas que desde dentro de las especialidades de cada una.

Hoy más que nunca antes, los científicos de todo el mundo tienen la oportunidad de intercambiar sus puntos de vista a enorme velocidad, lo que permitiría avanzar en las nuevas fronteras. Sin embargo, el síndrome del FI puede generar consecuencias negativas imprevistas en la dinámica de este intercambio. El problema está en que el FI aparece como un obstáculo a la formación de equipos numerosos que publiquen sus conclusiones en conjunto. Esto es debido a que el peso relativo de la contribución de cada individuo en un paper de muchos autores es insignificante en la desenfrenada carrera por obtener puntaje para sobrevivir en el mundo académico. El sistema, con su manera de medir, premia al individualismo.

Otra distorsión es que el orden de los autores en un artículo también tiene un sistema de premio/castigo, presionando a los científicos en la lucha por los primeros puestos en el “authorline”. El competidor más egoísta es el que obtiene mayor puntaje. En la narcisista lucha por el reconocimiento individual, nadie quiere que su nombre quede diluido dentro del “et al.”.

Una vez más, el camino adecuado va en la dirección opuesta. Lo que la comunidad científica mundial necesita incentivar es la camaradería y la coparticipación. El mérito de la participación de cada individuo en un trabajo debería considerarse equivalente en las evaluaciones. O al menos, que sean los mismos autores los que decidan el orden de mérito en cada artículo. Por ejemplo, si en el paper se aclara que todos los autores han contribuido de manera equivalente, esto deberia respetarse a la hora de sumar puntos.

En respuesta a estos problemas, el CONICET de Argentina está trabajando para reformar su sistema de evaluación individualista, reconociendo que hay un predominio de indicadores que miden las trayectorias individuales, sobre todo en la producción bibliométrica. Reconoce que los criterios hasta ahora utilizados son insuficientes para medir el grado de inserción y desempeño en grupos de trabajo y su misión en las instituciones específicas en las que trabajan.

Sumado a estas anomalías, una no menos grave consecuencia del síndrome del FI es la frenética urgencia por publicar. La locura del FI ha dado por tierra con el trabajo reflexivo de los pensadores y creadores de nuevas ideas. Ahora todos estamos apurados por sacar un paper cuanto antes. Obviamente esto va en desmedro de la profundidad necesaria para elucidar un problema científico. También produce obstrucciones a la hora de encarar proyecto multidisciplinarios e interinstitucionales de largo plazo. Estos enfoques son indispensables para medir y comprender la dinámica de nuestros socio-ecosistemas a la escala espacial y temporal a la que estos procesos y patrones se manifiestan. Hace falta muchos años de trabajo continuo para entender cómo funciona el mundo real y la atomización que impone el FI ha dejado en el camino varios de estos esfuerzos.

Una de las propuestas para superar este problema es la creación de los LTER (“Long Term Ecological Research”) y de los LTSER (“Long Term Socio-Ecological Research”), que prodigan fondos para proyectos de largo plazo, lo que permite medir tendencias ecológicas de ecosistemas en todo el mundo. Si bien esta es una buena iniciativa, en términos de financiamiento al menos, todavía carece de representación y de aplicación plena en los países de Sudamérica (Anderson et al., 2008, 2010).

 

Consideración 4: Contra el mantra de la cantidad: a veces más no es mejor

Recientemente, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina 2013 Randy Schekman dijo a The Guardian que nunca más iba a publicar en revistas de lujo, como Science o Nature, ya que el incentivo individual del alto factor de impacto provoca una disociación de valores tan perversa como la de los bancos y sus bonos, que al incentivar la conveniencia individual por sobre la sistémica fueron los causantes de la crisis del 2009.

Otro caso similar es el del premio Nobel de Física 2013 Peter Higgs, quien también declaró en una entrevista al mismo periódico que en el mundo académico de hoy no le sería posible conseguir trabajo dada su baja productividad (sólo publicó 10 papers después de su famoso trabajo sobre el bozón de Higgs)[3]. Lo que tal vez sea más preocupante aun es que también dijo que hoy en día no encontraría la paz y la tranquilidad necesaria para llegar a la profundidad de las ideas que lo llevaron a ganar un Premio Nobel. Nosotros nos preguntamos: ¿Cuántos de nosotros puede, hoy en día, sentarse en su escritorio, bajo una lámpara, a leer un libro de punta a punta sin ser interrumpidos por una vorágine de infinitas cuestiones superficiales?

Sumándose a estos sentimientos, en una carta en Trends in Ecology and Evolution, Joern Fischer y sus colegas denuncian que “el mantra de la cantidad de papers está afectando a la calidad de las interacciones científicas y a las relaciones humanas”. Agregan que “el ambiente académico se ha vuelto tan estresante que muchos jóvenes talentosos han optado por abandonarlo” (Fisher et al., 2012).

Por otra parte, ya no es posible abarcar el enorme volumen de información que se está produciendo. Esta es una tarea cada vez más difícil de lograr, incluso en las evaluaciones de papers llevadas a cabo cuidadosamente por revisores calificados que trabajan de forma gratuita en todo el mundo. La presión por aumentar la cantidad de publicaciones también ha provocado una competencia entre las revistas por aumentar la velocidad de aceptación o rechazo de los papers enviados a revisión. Todo se acelera.

Además, la presión por la cantidad de publicaciones puede dar lugar a: a) la estrategia de la "atomización" de las novedades científicas, es decir, llevar los papers a “la unidad mínima publicable” (Lawrence, 2007); b) el aumento de la carga de trabajo adicional de los revisores, lo que puede afectar la profundidad de las críticas y provocar comentarios superficiales o “hacer la vista gorda” en caso de autores de renombre (por ejemplo, el efecto San Mateo: Bunge, 2001); y c) fundamentalmente, la atomización va en contra de la síntesis indispensable de conocimiento que nuestra crisis de información está reclamando.

Reflexionemos un momento (si es que el apurado lector tiene uno) sobre lo siguiente: ¿Qué hace que un individuo deje un legado eterno para la humanidad? ¿Cuál es la fórmula de la inmortalidad que han utilizado estos personajes memorables? Pensemos en Platón, Bach, Tolstoi, Rembrandt, Newton, Darwin y similares. ¿Por qué se han convertido en eternos? ¿Acaso fue porque escribieron miles de obras? ¿O fue porque ellos nos legaron obras maestras, independientemente de la cantidad de ellas? ¿Pueden los productores de cantidades prodigiosas de la literatura o de la ciencia reemplazar la genialidad de El Origen de las Especies o de Anna Karenina? ¿Cuántos cuentos de una carilla hacen falta para alcanzar a Guerra y Paz? ¿1.200 cuentos? Resulta claro con estos ejemplos de lo ridículo de pretender que cantidad puede reemplazar a calidad.

Hoy en día nuestras instituciones de ciencia y técnica se vanaglorian de sus buenas posiciones en la carrera del número de publicaciones. Este orgullo, de cuyo logro formamos parte, es un ejemplo de cómo la forma de medir la relevancia científica de un país puede llevar a la confusión de creer que la prolificidad es un indicador del valor de los nuevos conocimientos adquiridos. No podemos seguir insistiendo en una vía de evaluación científica que conduzca a la atomización mediocre y que obstruya legados más importantes hacia la sociedad, como lo son la síntesis de conocimientos y su aplicación a nuestros problemas más relevantes. Esos son verdaderos indicadores de racionalidad y de ética.

El síndrome del FI, que domina la política científica de nuestros países, es el principal obstáculo para que nuestros científicos puedan abordar temas que requieren urgente solución (Anderson y Valenzuela, 2014), ya que para obtener un alto FI hace falta volcar los temas de investigación hacia problemas básicos y generales. Si bien muchos científicos, conscientes de esta situación, hacen muy útiles aportes a las problemáticas locales y regionales en forma de consultorías, lo hacen por fuera del sistema científico y tecnológico. El camino ideal sería la promoción de una vinculación activa entre la comunidad científica y los actores locales. Si bien hay incipientes pasos en esta dirección, es indispensable poner en valor estas acciones en la manera de evaluarlas. En muchos casos, más que valorarlas, han sido penalizadas. ¿Será ya la hora que en el Cono Sur comiencen a considerarse en las evaluaciones de los científicos los así llamados impactos más amplios “broader impacts” (Anderson et al. en revisión).

 

 

Conclusiones: ¿ha llegado la hora de la insurrección?

Reconocemos que las interacciones dentro de la comunidad científica pueden tener efectos positivos para nuestros países. Un indudable beneficio es que la vinculación internacional nos ha dado un entrenamiento formidable; ahora somos capaces de publicar en las mejores revistas del mundo y debemos seguir haciéndolo. Esta es una condición necesaria para el crecimiento de cualquier sistema científico y tecnológico. Pero como en toda etapa de crecimiento, esta fase “imitativa” de los presuntamente mayores debe evolucionar hacia una nueva, la de la identidad creadora de un continente que está en condiciones de participar en el escenario global aportando una voz propia.

El problema del progreso del conocimiento no pasa por la interacción internacional, sino por la imposición de las reglas que deben cumplirse para participar de ella. Estas reglas dejan de lado a una gran cantidad de voces y tienden a homogeneizar la manera de pensar a la manera de los países centrales. Enrique Leff (2012) ha señalado que otro conocimiento que emerge del Sur tendrá que construir su identidad, salir al encuentro y disputar sus diferencias con el orden mundial económico y epistémico que hoy ha establecido su hegemonía. Esta construcción y la legitimación de nuevas racionalidades ambientales a través de un diálogo de saberes con pensamiento crítico, dice Leff, ya se ha puesto en marcha en la ciencia, en la filosofía y en la ética.

Como ya hemos argumentado, el síndrome del factor de impacto se caracteriza por su mezcla de ventajas y desventajas. El problema es que su uso hegemónico por parte de los países centrales distribuye asimétricamente lo malo y lo bueno a través de la comunidad científica mundial, tal como lo han comentado Monjeau y Rapoport (2013)[4] en Nature a partir de la afirmación de la Editorial de esa revista de que la fuga de cerebros ha sido reemplazada por la circulación de cerebros a nivel global:

 

"Para los países que están construyendo su propia capacidad científica para resolver sus propios problemas, el FI actúa como un producto de mercado con efectos similares al impacto que producen las compañías multinacionales: a) aplastan las iniciativas de crecimiento de las revistas científicas locales ya que estas están excluidas del escenario FI; b) diluyen la identidad nacional obligando a los científicos de países en desarrollo a centrarse en temas de interés en las principales revistas; c) homogeniza el pensamiento científico en un paradigma dominante, a expensas de la creatividad y las nuevas ideas que pueden surgir de una verdadera interacción multicultural. Por lo tanto, uno de los efectos más devastadores del FI es que absorbe los esfuerzos de los científicos de todo el mundo para alimentar el crecimiento de los sistemas científicos y tecnológicos de los países líderes a costa del debilitamiento de los sistemas locales. En este sentido, el FI se ha convertido en la versión moderna de la fuga de cerebros: los cerebros de los científicos de talento pueden ser absorbidos por los países centrales sin la antigua necesidad de la movilidad física".

 

Otro de los problemas de la imposición de estas reglas de publicación por parte de 4 o 5 editoriales de los países centrales es la gran cantidad de tiempo y esfuerzo (financiado por nuestros Estados) que se emplea en tratar de publicar en las revistas con mayor FI, cuando podría ser mucho más significativo apuntar directamente a una revista específica, interesada genuinamente en el tema de la investigación y en donde es mucho más factible que el trabajo sea aceptado y utilizado de manera significativa por la sociedad (Lawrence, 2007). Un corolario es que los recursos nacionales que se desperdician en los sistemas científicos y tecnológicos que tratan de lograr “pertenecer” al sistema de reconocimiento que vende el factor FI y su mercado, podría ser utilizado para producir resultados más relevantes para los contextos y situaciones específicas de la región.

Ya hemos destacado que resulta preocupante el hecho de que el FI opera en contra de los autores provocativos, los que proponen ideas novedosas y desafiantes a los paradigmas de moda. Favorece en cambio a aquellos que aportan a temas más populares, que son los que garantizan mayor cantidad de citaciones. Si la novedad es castigada, ¿cómo progresará el conocimiento a partir de ideas innovadoras? De hecho, recientemente el Editor de Science nos informó que ellos reciben más manuscritos de calidad que los que pueden publicar y que para tomar sus decisiones editoriales consideran la disciplina, la novedad y significancia general, además de los criterios normales para publicación en revistas especializadas. Por lo tanto su decisión no necesariamente refleja la calidad de la investigación sino limitaciones de espacio (Brad Wible, comunicación personal). Las contribuciones no son, entonces, evaluadas por su calidad intrínseca.

Queremos dejar en claro que nosotros no proponemos abandonar las publicaciones en revistas extranjeras, sino de sumar a este logro el esfuerzo de publicar artículos de alta calidad en nuestras revistas científicas locales y regionales. Es necesario que emerja una fuerte política editorial en la ciencia latinoamericana, centrada en los intereses de la región, en idioma inglés (que nos guste o no, es el lenguaje de la comunicación global), y con exigente referato internacional. Si las universidades y los sistemas nacionales de ciencia y técnica exigen a sus investigadores la publicación de una parte de sus resultados en revistas nacionales o regionales, la demanda de publicación en dichas revistas se multiplicaría y entrarían en la fase del bucle de retroalimentación positiva que más arriba hemos desarrollado. Tal como se planteó ya hace mucho tiempo en nuestra región no requerimos más revistas sino que suplicamos para que ellas tengan más calidad (Herbstaedt & Ureda, 1980).

Sugerimos que América Latina debería construir un diálogo de saberes sobre la base de la identidad y los valores culturales propios de sus territorios. A nuestro juicio, debe enfrentar los desafíos regionales en vez de centrar sus metas en el aumento de su circulación cerebral global, lo que implica obedecer las normas que los países centrales imponen.

No queremos estar a merced del factor de impacto y sus caprichos. Queremos buscar el espacio conceptual e institucional para innovar, para buscar el espacio apropiado en los futuros escenarios mundiales. Esta tarea requiere trabajar simultáneamente desde la parte superior y la parte inferior del sistema académico globalizado. Queremos trabajar para nuestros propios fines. Queremos trabajar para fortalecer nuestros sistemas científicos y tecnológicos regionales, no mediante la acumulación de cantidades de papers de alto impacto, sino más bien mediante el crecimiento de la calidad de nuestra producción y de las vinculaciones que los científicos realizamos para hacer de América Latina un mundo mejor para los latinoamericanos y para el resto del mundo.

No se trata, entonces, de oponerse a la globalización, cuyo antónimo es el aislamiento, sino de proponer una globalización participativa, no hegemónica sino plural, en donde la diversidad de voces y culturas contrarresten a la homogeneización y a la competencia desleal. La construcción de un pensamiento ambiental latinoamericano, que abreve en sus múltiples raíces y que elija su propio camino hacia el buen vivir, depende en buena parte de la actitud que nuestras mentes más brillantes tengan de aquí en adelante.

 

Recibido   15 – 12 - 2014

Aceptado   30 – 12 - 2014

 

Bibliografía

Abbott, A., Cyranoski, D., Jones, N., Maher, B., Schiermeier, Q. & Van Noorden, R. (2010). Do metrics matter? Nature, 465, 860-862.

American Society of Cell Biology. (2012). San Francisco Declaration on Research Assessment (DORA). Disponible en: http://www.ascb.org/sfdeclaration.html

Anderson, C.B., J.A. Monjeau, J.R. Rau (2015). Knowledge dialogue to attain global scientific excellence and broader social relevance. Bioscience, 65, 709-717.  

Anderson, C.B., Likens, G.E., Rozzi, R., Gutierrez, J.R., Armesto, J.J. & Poole, A. (2008). Integrando la Ciencia y la Sociedad a través de la Investigación Socio-Ecológica de Largo Plazo. Environmental Ethics, 30, 81-100.

Anderson, C.B., Rozzi, R., Armesto, J.J. & Gutierrez, J. (2010). Construyendo una red chilena para estudios socioecológicos a largo plazo: Avances, enfoques y relevancia / Building a Chilean network for long-term socio-ecological research: advances, perspectives and relevance. Revista Chilena de Historia Natural, 83, 1-11.

Anderson, C.J. & Valenzuela, A. (2014). Do what I say not what I do. Are we linking research and decision-making about invasive species in Patagonia? Ecología Austral, 24, 193-202.

Bunge, M. (2001). El Efecto San Mateo. Revista de la Universidad Bolivariana, 1, 1-3.

European Association of Science Editors (EASE). (2012). Informe disponible en: http://www.ease.org.uk/sites/default/files/ease_statement_ifs_final.pdf.

Farji-Brener, A. (2012). El Valor de Tener Muchas Citas. Ecología Austral, 22, 215-220.

Farji-Brener, A. & Ruggiero, A. (2010). ¿Impulsividad o paciencia? Qué estimula y qué selecciona el sistema científico argentino. Ecología Austral, 20, 307-314.

Fisher, J., Ritchie, E.G. & Hanspach, J. (2012). Academia’s obsession with quantity,” Trends in Ecology and Evolution, 27, 473-474.

Herbstaedt, E. & Ureda, T. (1980). Revistas chilenas de biología. Una súplica por menor cantidad y mayor calidad. Archivos de Biología y Medicina Experimentales, 13, 185-193.

Herrera, A.O. (1971). Ciencia y Política en América Latina. México D.F.: Siglo XXI Editores.

Holbrook, J.B. & Frodeman, R. (2011). Peer review and the ex ante assessment of societal impacts. Research Evaluation, 20, 239–246.

Kant, I. (1999). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Barcelona: Editorial Ariel.

Kuhn, T.S. (1962). The structure of scientific revolutions. Chicago: University of Chicago Press.

Lawrence, P. (2007). The mismeasurement of science. Current Biology, 15, 583-5.

Leff, E. (2010). Imaginarios Sociales y Sustentabilidad. Cultura y Representaciones Sociales, 5, 42-121.

Leff, E. (2010). Latin American environmental thinking: A heritage of knowledge for sustainability. Environmental Ethics, 34, 431-450.

Ministerio de Ciencia y Tecnología. (2013). Documento I de la Comisión Asesora sobre Evaluación del Personal Científico y Tecnológico del MINCYT: Hacia una redefinición de los criterios de evaluación del personal científico y tecnológico, Ministerio de Ciencia y Tecnología, Secretaría de Articulación Científica., Buenos Aires, Argentina.

Minteer, B.A. & Collins, J.P. (2005). Ecological ethics: building a new tool kit for ecologists and biodiversity managers. Conservation Biology, 19, 1803-1812.

Moed, H.F. (2002). The impact factor debate: The ISI’s uses and limits. Nature, 41, 731-732.

Monjeau, J.A. (2010). Conservation crossroads and the role of hierarchy in the decision-making process. Natureza & Conservação, 8, 1-8.

Monjeau, J.A., Rau, J.R. & Anderson, C.B. (2013). Latin America should ditch impact factors. Nature, 499, 29.

Nature, 510. (2014: 11 de Julio). Special feature on South American science.

SCIMAGO. (2012). Principales indicadores bibliométricos de la actividad científica chilena 2010.

de Sousa Santos, B. (2006). La sociología de las ausencias y la sociología de las emergencias: para una ecología de saberes. Capítulo 1 en: Clacso (editores) Renovar la Teoría Crítica y Reinventar la Emancipación Social. Encuentros en Buenos Aires. (pp. 13-41). Buenos Aires: Clacso Biblioteca Virtual. Disponible en: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/edicion/santos/Capitulo%20I.pdf

OECD & World Bank. (2011). Revisión de políticas nacionales de educación. Programa Becas Chile (Google eBook). 135 pp.

Pasterkamp, P., Rotmans, J., Kleijn, D. & Borst, C. (2007). Citation frequency: A biased measure of research impact significantly influenced by the geographical origin of research articles. Scientometrics, 70, 153-165.

Rau, J.R., (1997). Factores de impacto de la Revista Chilena de Historia Natural: 1991-1995. Revista Chilena de Historia Natural, 70, 453-457.

Reig, O.A. (1992). Excelencia y Atraso. Una Mirada de Frente a ienciaArgentinaContemporánea. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.

Seglen P.O. (1997).Why the impact factor of journals should not be used for evaluating research. British Medical Journal, 314, 498–502.

Skutnabb-Kangas T. (2000). Linguistic genocide in education – or worldwide diversity and human rights? Mahwah, New Jersey & London: Lawrence Erlbaum Associates.

Thompson-Reuters . (2012). Respuestas a la Declaración de San Francisco disponibles en: http://researchanalytics.thomsonreuters.com/statement_re_sfdra/ y http://thomsonreuters.com/products_services/science/academic/impact_factor/.

Vanclay, J.K. (2009). Bias in the Journal Impact Factor. Scientometrics, 78, 3-12.

Van Noorden J., (2010). A profusion of metrics. Nature, 465, 864-866.

Wallerstein, I. (1974). The Modern World System: Capitalist Agriculture and the Origins of the European World Economy in the Sixteenth Century. New York: Academic Press.

Welljams-Dorof, A. (1994). Biological sciences in Chile and South America, 1981-1991: A citationist perspective. Output data and specialty area impact trends. Biological Research, 27, 91-103.

Wilson, E.O. (1989). Threats to biodiversity. Scientific American, 261, 108-116.

 

 

 

 

Resumen

El índice de factor de impacto es utilizado erróneamente como un indicador de la calidad científica de los individuos en instituciones académicas y científicas de América Latina. Para los países que estamos construyendo un sistema científico y tecnológico capaz de resolver los problemas propios, la imposición de esta métrica actúa de manera perniciosa en el crecimiento de las revistas locales, en la dilución de la identidad y de la originalidad, en la homogeneización del pensamiento alrededor de un paradigma dominante, en la cooperación entre pares y en la construcción de conocimientos interdisciplinarios. Estos efectos van en desmedro de la creatividad que pueda surgir de una interacción multicultural. El factor de impacto actúa como una multinacional devastadora que absorbe los esfuerzos de los científicos de todo el mundo para alimentar el crecimiento de los sistemas científicos y tecnológicos de los países líderes, a costa del debilitamiento de los sistemas locales. ¿Hasta cuándo vamos a estar a merced de este disparate?

Palabras clave: conocimiento científico, factor de impacto, creatividad, circulación global, liberación

 

Abstract

The impact factor index is wrongly used as an indicator of the scientific quality of individuals in academic and scientific institutions in Latin America. For countries that are building their own scientific and technological capacity to solve their own problems, the imposition of this metrics acts in a pernicious way impeding the growth of local magazines, it dilutes the identity and originality, it homogenizes the though in one dominant paradigm, it crushes the cooperation among peers and it obstructs the construction of interdisciplinary knowledge. These effects are detrimental to the creativity that can emerge from a multicultural interaction. The impact factor acts as a devastating multinational that conveys scientific efforts worldwide to fuel the growth of scientific and technological systems of the leading countries at the expense of the weakening our local systems. How long we will be at the mercy of this nonsense?

Keywords: scientific knowledge, impact factor, creativity, global circulation, release



** arau@telsur.cl

*** dr.c.b.anderson@gmail.com

[1] En The Academic Publishing Industry: A Story of Merger and Acquisition, Mary H. Monroe demuestra como en décadas recientes 40 empresas editorials se han fusionado en 6 megaempresas: Reed-Elsevier (Holanda/U.K.) con ~1,800 journals; Taylor & Francis Informa (U.K.) con ~1,000 journals; Wolters Kluwer (Holanda) con ~ 275 journals; Candover & Cinven (Alemania/U.K./Francia) con ~1,350 journals; Wiley-Blackwell (U.S.A.) con ~1,250 journals; y Verlagsgruppen George von Holtzbrinck (Alemania) con ~70 journals. Fuente: http://www.ulib.niu.edu/publishers/index.htm.

[3] The Guardian, 6 December 2013.

[4] http://www.nature.com/news/global-reach-1.11592

Refbacks

  • No hay Refbacks actualmente.


CUADERNOS DE ETICA es una publicación anual de la Asociación Argentina de Investigaciones Éticas.